Fuegos de mayo

PALABRAS CLAVE


autoconciencia – revolución – Mariano Moreno

INTRODUCCIÓN


El presente ensayo es un intento de dar cuenta de los principales lineamientos ideológicos de Mariano Moreno. Primeramente haremos una descripción de la Historia en tanto unicidad de las acciones humanas dando cuenta que el carácter de acontecimiento irrepetible que tiene toda acción, la praxis como exteriorización de la libertad y la reflexión sobre ella, precisamente, como práctica libre; nos darán, con suerte, una definición más o menos homogénea de qué es la Historia y cuáles son los elementos para valorar la pasión del prócer.
En segundo lugar, se pretenderá reconstruir la atmósfera política de 1810 y la irrupción del Plan de Operaciones como documento de la facción minoritaria y republicana, que rápidamente es desmembrada tras los acontecimientos emancipatorios. Hablo de Belgrano, Artigas, Castelli, Larrea, Azcuénaga, French, Berutti, y el genio ideológico de Mariano Moreno.
En tercer término, profundizando en el texto describo las cuatro habilidades políticas que debe desarrollar un gobierno constituyente como lo fue la Junta, intentando dejar entrever el ‘toque Maquiavelo’ de las reflexiones, para concluir con el compromiso del prócer y la causa patriótica al predicar que el pacto social entre hombres libres es lo que funda una sociedad, y no el derecho de conquista, y que el acto fundacional es quien embebe de legitimidad al principio de autodeterminación de los pueblos, y que habilita cualquier disputa para recuperar los dominios originales de la comunidad.

1. LA CONSTRUCCIÓN DEL PERSONAJE HISTÓRICO


Si acordamos que existe una sobredeterminación de la praxis histórica en la constitución psíquica del sujeto cognoscente, daremos una importancia capital al estudio de la Historia de las sociedades. En el estudio de la Historia nos encontramos con este conjunto de elementos ideales, pues ellos conforman la visión que los protagonistas de la época investigada tienen sobre sus situaciones personales y colectivas, sobre la manera como van conformando sus propia cosmogonía, finita pero totalizante en la medida en que se inunde en el individuo el ímpetu de intervención en el devenir público de las sociedades.
La utilidad que prestan las ideas es ser indicios del material con el que está construida la base de la estructura gnoseológica. El paso decisivo es examinar si las ideas guardan o no conformidad con la realidad, con el referente que sostiene el análisis histórico. La conclusión estándar es que “hay que tenerlas en cuenta, mas sin exagerar su trascendencia” (Dotti, 2011: 4). Lo histórico, así entendido, es la prueba de fuego para dilucidar la validez de esa peculiar identidad espiritual de las ideas. Ellas son útiles, sí, pero hay que saber cuáles tienen referente material, y cuáles son estériles.
Central es entender que, respecto de esa realidad, las representaciones ideales valen como testimonio de la conciencia que los actores históricos tienen de lo que están realizando, de lo que quieren que acontezca, de sus alusiones a lo que ha pasado y de sus anuncios de lo que vendrá y, fundamentalmente, de la legitimidad de sus acciones.
La representación primera y fundacional es la que “la subjetividad moderna se hace de sí misma” (Dotti: 5), el modo como se piensa, sea en la figura del sujeto yoico autosuficiente, sea en la de la sociedad entendida como adición de individualidades, sea en la de la comunidad cohesionada por una universalidad no formalista. La identidad consecuente es el resultado de este desdoblamiento o duplicación del sujeto que, al objetivarse para sí mismo, deviene consciente de su identidad: se reconoce. Reconocerse es proyectarse a sí mismo como objeto de sí mismo y saberse como uno que es dos, o sea, como tres, las tres dimensiones de la identidad.
La subjetividad moderna consiste en ser el fundamento de su actividad universal mediadora, que es la que genera a partir de sí misma los dualismos propios de esa actividad misma: reproducirse, representarse, reflejarse, con la conciencia de ser el sujeto y el objeto a la vez, y como sujeto-objeto, ser el fundamento de todas las representaciones, quien construye su propia historia. De toda representación no se sale más que hacia otra representación; el dualismo entre idea y hecho por ella representado es deudor de este dinamismo de lo ideal, fuerza generadora de toda dualidad entre las ideas y las cosas, hechos, acontecimientos, datos objetivos, lo fáctico en general. Para los humanos, tanto en su individualidad como en sus relaciones de todo tipo, esta mediación triádica es indefectible.
El desdoblamiento o reflexión identitaria propia de la autoconciencia es saberse inmerso en una alteridad u otredad objetiva en y ante la cual nos reconocemos: los otros humanos son nuestro espejo, tal como lo somos de ellos, pero también lo son la naturaleza y el conjunto de productos generados por las actividades de todo tipo, cuya significación es ser medios para una mediación identitaria menos directa que la de mirar al otro ser humano y recíprocamente. Pero la relación con lo natural y con lo artificial no es menos identificatoria de lo que somos. En breve, el logos de la representación reflexiva es el de la especulación: el de identificarse al reflejarse en ese espejo constituido por los otros humanos y por los productos de mi/nuestra capacidad productiva consciente.
Asumir que “la autoconciencia es la representación fundacional de todas las demás” (Dotti: 6), por serlo de la identidad consigo mismo de quien las genera, y que también necesariamente lo es de lo que nos representamos como lo otro de nosotros mismos que nos confirma, conlleva que no tenemos ninguna otra manera de acceder a la objetividad más que el de esta mediación representativa.
Soportamos la carga de ser personas autoconscientes, libres e iguales, actores de la mediación que generamos en nuestras actividades políticas, cognoscitivas, laborales, religiosas, artísticas y así sumando. La inmediatez nos está vedada y todo lo que hacemos es una prolongación de nuestra autoconciencia, esa mediación consigo mismo que es necesariamente relación con la alteridad que construimos como representación a la luz de las ideas, que expresan la vitalidad representativa que nos define. La distinción entre idea y realidad es una mediación tan necesaria como interna a la conciencia y sus representaciones. Prescindir de ella y llegar a la cosa/acontecimiento sin mediación a través de las ideas, es una aspiración ingenua. La idea es la idea de la idea y de lo llamado realidad.
De lo anterior se sigue que la Historia es una producción de la actividad subjetiva de producción o construcción representativa de la objetividad, en general, y más específicamente, de la interpretación que historiza lo que, desde otra perspectiva como la gnoseológica, es un dato, una objetividad dada, con su autonomía ontológica y, como tal, cognoscible. Lo específico del historiador “no es el conocimiento científico en el sentido de los criterios epistemológicos tradicionales, sino la tarea hermenéutica” (Dotti: 8).
Por lo tanto, debemos entender a la historia como “la secuencia de decisiones y acciones que emprendemos, y ninguna de las cuales está asentada en un condicionamiento férreo y determinante” (Dotti: 8). Menuda encrucijada tenemos al interrogarnos sobre cómo se accede a lo que se considera exterior a la conciencia, sin prescindir de la conciencia, sin la cual no hay testimonio de tal acceso; si prescindiésemos de la autoconciencia, ¿qué se invoca como puente por el cual acceder a la realidad real, eludiendo la aduana de la mediación como reflexión representativa? Postular la existencia de algo exterior a la conciencia es un gesto que demuestra que “la subjetividad es la fuerza productiva de la misma diferencia que la confirma como la fuerza operativa en ambos casos, en ambos lados de la correlación especular” (Dotti: 8).
La realidad es el resultado del juicio que la construye reflexivamente; la reflexión es esta autoproyección del sujeto que opera con una condición de posibilidad no específicamente histórica (la objetividad la aportan las ciencias) y las exigencias de la especificidad de la Historia como interpretación constructiva de su tema: la metafísica y la fenomenología de la libertad. Esto conlleva, por último, la absoluta unicidad de las acciones humanas, el carácter de evento o acontecimiento irrepetible que tiene toda acción, no las conductas, la praxis como exteriorización de la libertad y la reflexión sobre ella, precisamente, como práctica libre.
Traer nuevamente a escena el pensamiento de Mariano Moreno es refrescar la discusión política original sobre el buen gobierno y la elevación cultural de la sociedad. Dado que somos el resultado de nuestras acciones, nuestra sociedad es producto de su Historia, y nuestros próceres han vivido con pasión la acción política en todas las épocas, pasión que se hace tinta en el escrito en el cual está basado este ensayo. Se afirma así que toda lectura como reflexión y meditación sobre el texto produce su objeto, el texto mismo, y de este modo le impregna una siempre efímera y renovada contemporaneidad. De aquí que toda reflexión filosófica, inclusive aquellas que luzcan como temáticas políticas descentradas respectos de sus climas epocales, tengan un destino de actualidad: siempre hablan del presente de quien las hace hablar, de quienes las leen y las vuelven actuales. Consecuentemente, la constante presentificación les confiere su validez apelativa y su proyección en las decisiones y acciones, puesto que el pensamiento legitima o deslegitima una práctica, entrona o demoniza un prócer. Hay que ser conscientes de que los leemos desde y para nuestro presente, les damos vida en el hoy, que es la única vida que le cabe a todo pensador. De allí la actualidad de la figura de Mariano Moreno y su verba iracunda.

2. EL LLAMADO A LA ACCIÓN


“Cualquier príncipe ambicioso de la gloria del mundo debe desear la posesión de una ciudad corrompida, no para aniquilar por completo en ella las buenas costumbres, como César, sino para reorganizarla, como Rómulo, porque ni el cielo puede dar a los hombres mejor ocasión de gloria, ni los hombres desearla. Y si para constituir bien una ciudad fuera indispensable abdicar la soberanía, quien por no renunciar a esta dejara de hacerlo, merecería alguna excusa, pero no así el que pueda hacer las reformas sin dejar de ser príncipe. En suma: consideren aquellos a quienes el cielo ha puesto en condiciones de realizar tales obras, que ante sí tienen dos vías: una les ofrece seguridad en esta vida y fama y gloria después de la muerte; otra les hará vivir en continua angustia y, muertos, los cubrirá de sempiterna infamia”

Nicolás Maquiavelo (2004: 87)

Gloria o infamia, esos son los premios de quitar a una ciudad de la corrupción o sumergirla. Cuando nos aproximamos a este texto fechado el 30 de agosto de 1810 escrito bajo las garantías secretas del Gobierno Provisorio de la Junta de Buenos Aires, nos hacemos siempre la misma pregunta: ¿para qué fue confeccionada la escritura del Plan? ¿Para qué esgrimir el obrar del autogobierno? Una de las posibles respuestas podría ser: para mandar en el corazón de los hombres. Para residir y presidir allí dirigiendo sus pasiones y para grabar la novedad, porque ésa pretende ser la aventura y ambición del nuevo orden político en Buenos Aires. Luchar por el corazón de los hombres, ¿para qué? para constituir el amor al mando, pues “el amor al mando es tan fuerte en el corazón del hombre que muchos no sólo sucumben a él, sino que anhelan sus peligros, fatigas y desvelos del gobierno; y una vez elevados a tal condición, aunque a menudo por el acicate de su pasión personales, suelen encontrar un visible interés en la administración imparcial de justicia” (Hume, 2011: 28). Ante el desafío de entender qué corazón encuadra con el plan que había proyectado el Secretario, nos dirá sin vacilaciones que “un corazón endurecido en la libertad republicana” (Moreno, 2007: 18), conciente que la confraternización y el pacto fundante dan potestad de autodeterminación a las sociedades.
El corazón de un patriota virtuoso que constituye el cuerpo y el alma del nuevo sistema. Corazón que debe ser conducido por la sabiduría del Estado, por aquella razón que decide cuándo intervenir en la historia y cuándo es oportuno iluminar u oscurecer las luces del hombre.
La libertad tiene una doble temporalidad: la de su enunciación teórica y la de su práctica. La traducción de uno a otro tiempo, es decir, el pasaje de los contenidos discursivos a los hechos conlleva una dificultad que es inherente a todo plan político. El tiempo del discurso y el tiempo de la Revolución no son traducibles punto por punto sin establecer precisamente cuáles son las condiciones de posibilidad que exige dicho pasaje. En este sentido, la insurrección sin un esquema teórico es ciega, y la pura teoría política sin una acción que la lleve adelante, es vacía.
Propongo un experimento mental de suponer que la acción revolucionaria tal como la esta pensando en el Plan, se asemeja mucho a las cualidades cuasi mesiánica del legislador en Maquiavelo (fiel reflejo del rey filósofo de Platón), que lleve al orden a una organización política, para lo que “puede llamarse feliz una república donde aparece un hombre tan sabio que le da un conjunto de leyes, bajo las cuales cabe vivir seguramente sin necesidad de corregirlas.(…) Por el contrario, es desdichada la república que, no sometiéndose a un legislador hábil, necesita reorganizarse por sí misma, y más infeliz cuanto más distante está de una buena constitución, en cuyo caso se encuentran aquellas cuyas viciosas instituciones las separan del camino recto que las llevaría a la perfección, siendo casi imposible que por accidente alguno la consigan” (Maquiavelo: 56). Se cuela aquí el tema de la felicidad de una unidad política, entiéndase ésta a aquella donde los humores sociales se han institucionalizado de modo tal que el conflicto de intereses forje una dinámica cuyo resultante sea un código legal en la cual la libertad se encuentre a resguardo de los vicios de la corrupción.
Mariano Moreno escribe el plan de operaciones sabiendo que va a hablar de un tiempo diferente al tiempo presente en el arte se encuentre la causa iniciada el 25 de mayo de 1810. Es decir, hay una temporalidad de la revolución que es necesario enunciar, un esquema teórico que no sólo establezca los valores debajo de los cuales ha de albergarse el nuevo gobierno, sino que además defina los procedimientos de aplicación de dichos valores a la práctica. Esto significa que el plan de operaciones escribe un tiempo que aún no es presente pero que, a los fines revolucionarios, exige que lo sea. Moreno está prefigurando lo que todavía no es, ve hacia adelante; es decir, redacta un proyecto político que permita conjugar los principios con la acción futura, delineando los trazos reales para una libertad denunciada en palabra.
Moreno manejaba el francés y el latín, y llegó a tener bastante conocimiento del inglés. No solo había traducido El contrato social, sino también textos de Montesquieu, Diderot y Voltaire, y venía pregonando desde La gaceta la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley y el Estado. La gaceta representó un hito en la historia local. Fue un periódico que, al difundir información, generó cultura política, discusión y conciencia. Pero a la vez, era el órgano oficial de un gobierno. Moreno ejercía la censura en los artículos que pudieran ofender los principios y postulados de la religión católica, o en aquellas noticias inconvenientes a las tácticas políticas de la Junta.
El plan de operaciones fue presentado por Mariano Moreno a los integrantes de la junta de gobierno, como ya dijimos el 30 de agosto de 1810. Su necesidad de redacción surge a consecuencia de una nota elevada por Manuel Belgrano el 18 de julio en la que, luego de describir el estado de ruina y destrucción en el que se encontraba el Virreinato del Río de la Plata bajo el poder de la monarquía, define la necesidad de que el nuevo gobierno se vea precisado no sólo de dar una respuesta directa a los acontecimientos diarios, sino también la necesidad de que una comisión secreta presente un plan de proposiciones especulativas, que dirijan en parte con arreglo a sus instrucciones políticas, las operaciones de su conato y deseos.
En la introducción precisa a la redacción de los artículos que componen el plan, Moreno advierte de los riesgos que puede sufrir la patria si no se lleva adelante una acción programada. Porque no sólo es necesario pensar, hablar o prevenir, sino que también se requiere de una estructura que defina los cimientos sobre los cuales deberá levantarse el edificio de la revolución. Moreno oficia aquí cómo un arquitecto que descubre la debilidad interna de la construcción detrás de una apariencia majestuosa. La argamasa con que une las acciones de una nueva república son “el rigor y el castigo, mezclado con la sangre derramada de todos aquellos miembros que pudieran impedir sus progresos” (Moreno: 276). En el destino que elija cada hombre va comprometido el destino del Estado y en cada construcción, la totalidad de la libertad política. Es todo o nada: llevar la trama política al extremo y actuar en consecuencia o declararse impotente y aguardar el fin “de nuestra gloriosa insurrección” (Moreno: 270).
Los nueve artículos del Plan tienen como fin consolidar la revolución y extenderla territorialmente; es decir, generar las condiciones para que el destino de Sudamérica sea conducido a la libertad. Para ello, la forma de conducir la fortuna, de evitar todo azar y garantizar la eficacia de la práctica, tiene un doble aspecto: por un lado, la definición clara de los enemigos de la revolución y a partir de allí, la planificación de acciones concretas; por otro, el manejo político de la opinión pública. Doble ya, una material y otra formal, contenido y estructura para la prefiguración de la acción revolucionaria.
Mandar es una práctica que exige, en el caso de la revolución, rigor y astucia, de la crueldad y el engaño, de la ocupación violenta y el disfraz. Moreno nos invita a entender que gobernar es encadenar la fortuna y forzar al destino. Tanto las medidas económicas como las militares o políticas definidas en el plan obligan a un manejo discrecional y político de la información pública emitida por el gobierno. Esto significa que toda acción material debe necesariamente ir acompañada de papeles públicos que orienten si lectura en dirección a lo conveniente a la causa.
Todo cambio es problemático y los primeros pasos dados en una nueva situación conlleva el peligro y la incertidumbre; ese es el presupuesto, que el pueblo es menor de edad para aceptar lo que debes de la revolución. Es necesario distraer los tiempos, esperar que los vicios de la esclavitud desaparezcan. La publicidad de la acción de gobierno y la libertad de prensa exigen madurez para su comprensión; el tiempo de la revolución no es el tiempo de los hechos. Es necesario una máscara que permita ocultar las razones verdaderas y así evitar la oposición. El Plan define conductas y en este sentido, expresa una ética propia de la revolución.
El Plan de operaciones escrito por Mariano Moreno resulta especialmente problemático porque hace de la destitución del virrey un hecho revolucionario, lo que significa otro tiempo y otras acciones; porque define el carácter rebelde de cada uno de aquellos que participaron en su aprobación; porque abre una lectura de la historia política argentina escrita en otro tono, no el de la asepsia religiosa y de los principios morales, sino más cerca de la tensión y de la guerra que supone todo cambio violento. El Plan no sólo es una declaración de guerra anticipada, sino que además sus artículos ofrecen los contenidos de una guerra todavía solapada pero que ya está puesta en marcha, su contenido es una radiografía de intenciones que prefiguran una práctica necesaria, que elaboran una cartografía de acciones precisas para mantener a flote una revolución que exige la toma de decisiones estratégicas, es decir, fatales para muchos pero vitales para hacerla más profunda y, entonces, definitiva.

3. LA PUESTA EN MARCHA


Sabiéndose conocedor de la Historia e intérprete del presente político de una colonia en emancipación, la conducción de los destinos de la revolución debe comprender que, tal como se ilustra en Maquiavelo primeramente, la moral del político poco tiene que ver con el ascetismo religioso, sino que en vez de justo medio, mansedumbre, verdad y deber religioso; el éxito de la revolución dependerá de la actuación con astucia, la aplicación del rigor, el manejo de la intriga y la promesa de la tan ansiada felicidad. Serán éstas sus figuras del obrar político del Plan que darán la dinámica necesaria para que la revolución llegue lo más lejos posible, todo ello a través del método de operaciones craneado por Moreno.
Desde un principio los revolucionarios habían tratado de resolver cuál era el fundamento de la legitimidad del nuevo orden. Moreno tomó precisamente de Rousseau las nociones de soberanía popular y contrato social. Hizo existir al pueblo americano con independencia de toda legitimidad venida del exterior, y compartió con él la idea de que es el contrato el que une a los ciudadanos libres y posibilita el surgimiento de las instituciones republicanas. Esto sirvió de inspiración a la gestación de la nación argentina, al romper con la tradición hispano-feudal en 1810; por su composición étnica y su estructura jurídica igualitaria, fue el resultado de la superación del régimen social de la colonia española y de la puesta en marcha de un sistema republicano como el llevado adelante en Francia y Estados Unidos en el siglo anterior.
Moreno supone que un gobierno autoinstituyente es, por vacío jerárquico y por aplicación del principio primus inter pares, también autolegitimante, en este caso esta moral política es correcto que se rija por esos principios puesto que se encuentra vigilado por la astucia y el rigor de la Razón “patriótica”. Pero a su vez, dicha práctica es parte de una moral estatal que pretende ser una moral de los fines orientada por un proyecto que recree la sociedad y la vida política en otros términos.
La Junta presentaba su legitimación de origen en la llamada ‘tesis de la hermana mayor’ que requiere, para su supervivencia y el resguardo de sus hermanas menores, de un manejo con astucia de los tiempos políticos. Así planteada, la astucia es una virtud estatal necesaria para combinar las pasiones, humores y deseos políticos. Para ello, debe ineludiblemente estar acompañada del saber de la condición moral del hombre y de la lectura de los tiempos.
Conocer al hombre, su complejo espíritu, es la clave para la astucia, para combinar sus circunstancias. Ella debe propiciar los caminos de la virtud patriótica, debe conducirse sigilosamente, ya que en el “momento de la emancipación todas las pasiones conspiran enfurecidas a sofocar en su cuna una obra, a que sólo las virtudes pueden dar consistencia; y en una carrera enteramente nueva cada paso es un precipicio para hombres que en trescientos años no han disfrutado otro bien que la quieta molicie de una esclavitud, que aunque pesada había extinguido hasta el deseo de romper sus cadenas”. (Moreno: 24)
La virtud del bien común, propiciada por la astucia estatal, está orientada a moralizar las pasiones y a suscitar en ella los sentimientos una libertad realizada en el bien general. La astucia así queda ligada no sólo a la virtud de la patria sino a la conducción y transformación de las voluntades.La razón astuta sopesa los medios y los fines decidiendo cuándo promover el rigor, las intrigas y la felicidad.
La aplicación de la Ley de Talión es fundamental para disciplinar a los elementos díscolos. El rigor se convierte así en la clave de esa pasión violenta que reclama la transformación de un nuevo orden. Además es la clave de una lectura de la condición moral del hombre constituida desde el núcleo del vínculo político: el mando y la obediencia.
El Estado debe reformular el ethos nacional, ya que los vicios del antiguo régimen y el recuerdo de los viejos príncipes, como plantea Maquiavelo, fragilizan el poder del nuevo. En consonancia, el rigor es una clave del mando a utilizar especialmente en tiempos de guerra y de constitución de un nuevo orden. No debemos confundirlo con el terror despótico, propiedad de la realeza, el cual generó a lo largo de su dominación la corrupción de las virtudes y la extenuación del cuerpo social. Moreno sabe perfectamente que “si todos los hombres profesasen un respeto tan inflexible por la justicia que se abstuvieran por propia voluntad de atentar contra los bienes ajenos, habrían permanecido en absoluta libertad, sin sujeción a ningún magistrado o sociedad política; pero éste es un estado de perfección del que acertadamente se considera incapaz a la naturaleza humana” (Hume, 2011: 97), por tal motivo el llamado a la acción tiene como premio la inscripción en la Historia, por lo tanto la pragmática es una premisa no sólo válida, sino indispensable.
Jamás se podrá trazar un plan de operaciones de una revolución que tenga como fin la emancipación política de una colonia sin tener en claro la siguiente pregunta: ¿con qué bueyes estamos arando? Maquiavelo no se aparta del realismo pesimista al sostener que “según demuestran cuantos escritores se han ocupado de la vida civil y prueba la historia con multitud de ejemplos, quien funda un Estado y le da leyes debe suponer a todos los hombres malos y dispuestos a emplear su malignidad natural siempre que la ocasión se lo permita. Si dicha propensión está oculta algún tiempo, es por razón desconocida y por falta de motivo para mostrarse; pero el tiempo, maestro de todas las verdades, la pone pronto de manifiesto” (Maquiavelo: 62). Es decir, un poder político instituido en bases sólidas debe presuponer que el temor al castigo es el elemento disciplinador.
No contento con ello, recomienda entender al género humano como una especie que obra con un egoísmo innato, que en algunos es atenuado por la empatía altruista que desarrolla comunidad, pero ontológicamente tendemos a la autopreservación por sobre otra pulsión instintiva. Por lo tanto el obrar estatal en ciertos casos debe reclamar la obediencia del hombre, así como su amor a la patria, a partir del rigor. Esa idea supone una vinculación mucho más estrecha con una perspectiva de reformulación moral de las voluntades que la de Terror. Éste paraliza, debilita y corrompe, mientras que el rigor domina y al mismo tiempo libera voluntades con una mentalidad orden virreinal, casi medievales. Pero esa dualidad dinámica, que da vida a las relaciones políticas, entre dominio y libertad se realiza siempre y cuando el rigor esté asociado a una práctica estatal virtuosa.
Por último, este rigorismo supone un horizonte vinculado al establecimiento de una subjetividad obediente, a un acceso inmediato a lo universal y fundamentalmente a la pretensión de recrear voluntades bondadosas. El rigor, cercano a una concepción cristiana y estoico-jacobina, en última instancia, puede aspirar a constituir hombres buenos. Para ello, posee la arrogancia de pretender vincular cuerpo y alma, cuerpo y voluntad.
Ante una mirada que escinde al hombre entre cuerpo social y voluntad, si efectivamente la libertad es una deidad moral que se presenta como ciega y armada de un puñal es, por lo tanto, el rigor quien pretende reunificar esa aparente escisión, conectar las partes para una transformación moral, fundándose en una concepción de libertad que exige la sangre de sus enemigos y el sacrificio patriota.
Una tercera habilidad ha de ser crucial para la Junta, la de la práctica de las intrigas, las cuales al ser realizadas por el Estado, se convierten en un elemento más de gobernabilidad del movimiento emancipatorio en contexto de disputa abierta de poder. Ella logra redefinir el turbio campo de la disputa política a partir de la reunión de voluntades que se conjuran contra los enemigos del ‘nuevo orden’. La vitalidad de la Patria puede resguardarse a sí misma a partir de sus intrigas ya que el gobierno revolucionario debe apuntar a la unidireccionalidad discursiva dada la escasa masa crítica de la sociedad virreinal.
Sólo el Estado puede intrigar porque él posee secretamente el fin de la virtuosidad patriótica, su mirada se identifica directamente con el bien general. A diferencia del Estado, que podrá intrigar para componer su unicidad, para vincular al individuo con el todo, los grupos enemigos lo harán para destruir dicha unión. Esta concepción moreniana retoma aquellos planteos platónicos que sostenían que la unidad del Estado es el primer bien, ya que de las discordias nace el peor de los males: la anarquía, que representa ineludiblemente el fin del Estado.
Se destaca en el escrito la presencia y exigencia imperativa de un cuarto elemento fundamental del cual la revolución debe hacerse cargo: velar por la felicidad del pueblo. El axioma básico es que hombre sólo es feliz en libertad, de otro modo es imposible autodeterminarse en tanto sujeto histórico dotado de las potencias dispuestas por el Absoluto para nuestra experiencia vital. Como acto delegativo constituyente del nuevo gobierno, éste asume la otrora responsabilidad real de velar por felicidad social, y lo hace a partir de una vanguardia de hombres ilustrados en la razón y autodidactas en las artes del gobierno.
Va de suyo que un orden político puede aspirar a la felicidad si aquellos hombres empeñados en el surgimiento de éste pueden vencer y forzar el destino, y destruir la profecía del orden virreinal. En la concepción de Moreno gobernar es forzar el destino, es el protagonismo del acontecimiento, es que es posible obtener esa legitimidad de origen que subsuma las élites regionales para darle preponderancia a la vanguardia porteña a la hora de sostener las riendas del pronto a extinguirse virreinato. Ésta es una primera mirada de una militancia estatal que asume una teoría de la conducción y el mando como acto republicano-sacrificial, ya que quienes aciertan a gobernarse, gobiernan a los demás cuando lo intentan, vencen las pasiones, rigen los propios ímpetus.
Por último, un lenguaje estatal que apela a la virtud patriótica también supone un pensamiento acerca de los deberes de Estado. Este nuevo funcionariado, que debe conjurar su ambición personal, debe estar provisto de una voluntad de transformación que requiere todos los elementos esenciales del ser, su condición humana que se expresa en su sensibilidad y razón, y su fuerza vital, ya que son para Moreno los elementos más grandes de la naturaleza y los más propios para realizar una obra como la gesta de una nueva nación.
Estas cuatro figuras del obrar estatal suscitan articulaciones y diferenciaciones entre ellas, pero indudablemente están selladas a un destino propuesto por Mariano Moreno. Si la astucia establecía un diálogo con las voluntades, con el tiempo y con las mediaciones de la historia política, el rigor pretendía no considerarlo, ya que éste es enemigo de ese tiempo que reclama el compás de las mediaciones y del recuerdo. Sólo pretende atenerse a recrear virtudes patrióticas. Pero esos diálogos que la astucia se proponía debían desarrollarse al amparo de las intrigas, de la asociación de voluntades que pugnen por la felicidad.

4. ILUMINISMO Y PRAXIS REVOLUCIONARIA


“Ningún hombre sabio censurará el empleo de algún procedimiento extraordinario para fundar un reino u organizar una república; pero conviene al fundador que, cuando el hecho le acuse, el resultado le excuse; y si este es bueno, como sucedió en el caso de Rómulo, siempre se le absolverá. Digna de censura es la violencia que destruye, no la violencia que reconstruye. Debe, sin embargo, el legislador ser prudente y virtuoso para no dejar como herencia a otro la autoridad de que se apoderó, porque, siendo los hombres más inclinados al mal que al bien, podría el sucesor emplear por ambición los medios a que él apeló por virtud. Además, si basta un solo hombre para fundar y organizar un Estado, no duraría este mucho si el régimen establecido dependiera de un hombre solo, en vez de confiarlo al cuidado de muchos interesados en mantenerlo. Porque así como una reunión de hombres no es apropiada para organizar un régimen de gobierno, porque la diversidad de opiniones impide conocer lo más útil, establecido y aceptado el régimen, tampoco se ponen todos de acuerdo para derribarlo”

(Maquiavelo: 82)

En el texto de Mariano Moreno, la Junta de Gobierno actúa como príncipe colectivo y poder revolucionario, como príncipe nuevo y como mudanza de soberanías. Y ello, entre otras cosas, o sea la actuación política, fue consecuencia de la aplicación del principio vacatio regis, vacatio legis. El final de esta experiencia no podía terminar sino en guerra.
El poder del autogobierno de Buenos Aires tiene una amenaza muy presente: el despotismo. Mientras éste es el absolutismo de la corrupción del alma y de las energías del cuerpo, el republicanismo de Mariano Moreno se convertiría en ese absolutismo de la virtud que regeneraría la vida política, inclusive en sus términos constitucionales. Entonces, este republicanismo patriota carga con el germen de lo absoluto: el absolutismo de la virtud patriótica. Aquel que puede suscitar una redención moral y cívica de esos hombres mancillados por el mundo despótico tal como sostiene Maquiavelo en la cita inicial del apartado. Así, la patria ha quedado del lado de los revolucionarios, de la república y de las formas constitucionales, mientras que la monarquía ha quedado del lado de los déspotas y los tiranos.
El individuo, en ese proceso de autonomización y guerra, es empujado a una ciudadanización que lo vincula inmediatamente con los valores universales de la patria. Por lo tanto, esto supone una concepción del poder como algo no intrínsecamente malo ya que se encuentra sujeto al tipo de Estado que lo utiliza. Si una moral patriótica dirige dicho poder, no sólo será tomado por bueno sino también como regenerativo. Sólo la bondad del poder puede redimir los espíritus y establecer un vínculo entre el Estado y los integrantes del pueblo de Buenos Aires. Únicamente en la fusión entre estos últimos puede componerse el bien general. Pues el primero en soledad se torna despótico y opresor arbitrario de los hombres, mientras que el segundo deriva en un ser corrupto y licencioso despreocupado por la felicidad social.
El poder del gobierno supremo es un poder que interviene forzando los destinos propuestos para las colonias españolas a sus súbditos, trocando las desigualdades y reparando en felicidad. No es descabellado pensar entonces, que las hipótesis de envenenamiento de Moreno en la misión diplomática a Londres son altamente probables si, desde lo teórico sostenía que gran peligro a la revolución le generaban los grandes terratenientes de todo el virreinato, que las cenizas del antiguo régimen serán el abono ideal a una nueva sociedad de libres, iguales y felices.

Bibliografía


– Moreno, Mariano Plan de Operaciones. – 1a ed. – Buenos Aires : Biblioteca Nacional, 2007.
– Maquiavelo, Nicolás. Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio. Ed. Losada. Buenos Aires, 2004.
– Rousseau, Jean Jacques: El Contrato Social, Ed. Espasa Calpe, 12ma edición, Madrid, 2007.
– Hume, David: Ensayos políticos, Ed. Claridad, 1ra edición, Buenos Aires, 2011.
– Dotti, Jorge Eugenio en Carozzi, Silvana : Filosofías de la Revolución, postfacio, 2da edición, Ed. Prometeo, Buenos Aires, 2011.

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