La bienaventuranza del justo

PALABRAS CLAVE
JUSTICIA – JOHN RAWLS – PROPÓSITO

“Tao es eterno y no tiene apariencia humana.
Aunque Tao es un ser tierno, nadie en el mundo puede someterlo.
Si la nobleza y los gobernantes del país viviesen en armonía con Tao, las demás personas se volverían tranquilas por sí mismas. ¡Entonces el cielo y la tierra se unirían en armonía; llegarían la prosperidad y el bienestar; el pueblo se calmaría aún sin órdenes!
Para establecer el orden en el país, se crean las leyes. Pero éstas no deben ser demasiado rigurosas.

Tao es parecido a un océano. El océano se encuentra en la posición más baja que todos los ríos; por lo tanto, todos los ríos fluyen hacia éste.”

Tao Te Ching, poema XXXII

“4to. Dios tiene un derecho y un dominio supremo sobre todas las cosas y no hace nada coaccionado por un derecho, sino por su absoluto beneplácito y por su gracia singular, ya que todos sin excepción están obligados a obedecerle, pero él a nadie.”

B. Spinoza (TTP: 185)

Introducción

La tesis fundamental del presente trabajo es demostrar que sin presencia no hay contacto, sin contacto no hay conocimiento, sin conocimiento no hay justicia. Este razonamiento es de secuencia armónica, dialéctica e imposible de comprender en su totalidad por la Razón humana en bruto. El refinamiento del aspecto filosófico del entendimiento posibilitan el pensar los límites de la experiencia cognoscible, es decir lo que Platón ha establecido en la idea de Bien. Entonces la justicia no es más que una de las formas que adopta esa idea, lo justo es lo bueno en sí en tanto finalidad última de la razón.
En primer término, indago sobre qué es lo que considero justo y sostengo que justo es defender el derecho a la vida. Sabiendo también que justo puede ser sólo quien renuncia voluntariamente al libre albedrío para el cumplimiento del propósito en tanto especie, es decir proteger la creación.
En 1971 publica John Rawls en EEUU Teoría De La Justicia donde la define como imparcialidad. Describiré los principales aspectos de su planteo e intentaré esbozar paralelismos con las hipótesis presentadas como propias.
Si el Gran Tiempo nos determina qué debemos esperar de la política, entonces un estudio de la cultura política debe focalizar en los aspectos polémicos del debate público. Sosteniendo que no hay elemento viviente sin finalidad trascendente intentaré dar una definición satisfactoria de sistema político en tanto dirección ideológica del cuerpo social; y, sabiendo que las desigualdades son intrínsecas a cualquier competencia permanente como la que plantea el mercado de bienes y servicios en materia económica; el que es planteado en materia política en las democracias en el plano público; y, en tercer lugar, el que percibimos en la circulación de mensajes en lo que respecta a lo ideológico; diremos que una concepción de justicia como fomento del cumplimiento del propósito social entendido como autoafirmación de una especie cuyo fin es la preservación y desarrollo de la vida es difícilmente pensable en un contexto capitalista.
En última instancia, intentaré aproximarme a la posibilidad de establecer un propósito último de la praxis humana basado en el concepto de justicia como armonía, en tanto fomento del equilibrio de las pasiones sociales, utilizando la transpolación directa de las individuales. Utilizaré dicho atajo conceptual que lo uno y lo múltiple se rigen bajo un mismo patrón de comportamiento, por ello son simétricas las variables experimentables.

I.¿Qué es la justicia?

Dimensionar lo que es Platón para la filosofía política de Occidente sería redundante, por eso creo acertado traer la siguiente afirmación a debate. En República 519d afirma que la tarea del legislador es hacer lo tendiente a “obligar a las mejores naturalezas a que alcancen ese conocimiento que reconocimos como el más sublime de todos, contemplen el bien y realicen esa ascensión de la que hemos hablado, pero una vez que se hayan elevado hasta él y lo hayan contemplado por bastante tiempo guardémonos de permitirles permanecer allí, negándose a bajar de nuevo al lado de los cautivos”. Es evidente que, si entendemos como bien nos explica Poratti que “las ideas son instancias objetivas donde se da la plenitud de lo que en el mundo sensible aparece como imperfecto, no es un mero más allá ya que no están afuera de la realidad, sino que pueden ser pensadas como una tensión hacia la perfección que funda el ser de lo que es” (Poratti, 2000: 4). La justicia se materializa en un estado del sujeto en donde las falsas representaciones de lo útil y necesario se despoja de la apariencia de la banalidad y los bajos instintos, dónde lo justo es lo que permite el crecimiento espiritual del ser humano a fin de comprenderse sobre cuál es su obligación frente a sus semejantes, entiéndase en el más amplio sentido del término, es decir todo lo que abunda de parecido a él, todo lo creado por la fuente primera.
Si de algo tenemos certeza es que lo creado es producto de una fuente que se expresó por amor infinito a su creación, así que la primera afirmación es que justo es respetar el derecho a la Vida en el plano individual y que, en su correspondencia social, justa es la sociedad que garantiza el derecho a la Vida del individuo. Si anteponemos el deber ético y “si justicia es una areté humana, dañar al hombre es hacerlo menos justo. (…) Lo bueno no puede hacer mal, como lo caliente no puede enfriar o lo seco mojar. Por lo tanto dañar es propio de lo injusto” (Poratti: 7). Garantizar el derecho a la Vida es entonces, para el Estado, brindar los elementos materiales para permitir el desarrollo del potencial del sujeto garantizando para ello, un modelo social que tienda a promover las prácticas de la conciencia alimentaria; de un hábitat saludable y del libre pensamiento y expresión.
El conocimiento evidente es aquel que no se discute. Toda semilla se desarrolla mejor en condiciones ideales, hay abonos que le hacen bien y otros que la pueden dañar, es decir, el ser humano aparece como agente potenciador o destructor, al forzar por medio de una voluntad destrucción sobre una creación de la naturaleza. El ser humano no puede desconocerse como fruto de la naturaleza, la genética ha demostrado que hay un patrón común de creación y en su diversificación se encuentran explicadas las diferentes formas de expresión de esa Vida. Todo ser vivo es ese impulso vital codificado en la tercera dimensión, la de la forma.

II.¿Qué es la Vida?

Podemos definirla de forma amplia como el libre albedrío de un alma en un cuerpo, es decir la unión del elemento trascendente del Ser (alma) e intrascendente (cuerpo) para experimentar en un ambiente específico (naturaleza), en interacción las múltiples formas de vida (reinos) que se producen y reproducen por la interacción de los elementos.
El elemento intersubjetivo de la justicia es el derecho entendido como el reconocimiento de mi prójimo (de quien está próximo a mí), debiéndose correctamente expresar reconocimiento como respetar y hacer respetar. Por lo tanto, si la justicia remite al respeto del orden natural a través del principio de lo bueno en sí, vale entender interpretar, reproducir y resguardar el principio por el que fuimos creados, eso dota de propósito a la especie. Por lo tanto, la defensa de la creación y la purificación de lo contaminado pueden ser interpretados como el propósito del género humano en la actualidad, siendo justicia en consecuencia la renuncia voluntaria del libre albedrío para el cumplimiento del mismo. A través de la técnica se logra la purificación de los sentidos y en el trabajo formativo se produce el desvelo de los misterios de la creación al comprender la dinámica de los reinos animal, vegetal y mineral, lo cual conlleva a una unidad con el Espíritu. En suma, Justicia es estar en armonía con un Absoluto que opera más allá del Gran Tiempo, utilizaré un segundo atajo conceptual al presentarlo tal como lo define Hegel en Filosofía del Espíritu.
¿Qué significa la renuncia del libre albedrío? Lo que se conoce como pecado original es la potestad de experimentar la dualidad del Absoluto, el bien y el mal, a través de la geometría, es decir la forma de la materia. Este Absoluto es la naturaleza naturante (natura naturans) de Spinoza, quien nos dirá que si tenemos por objetivo hacer filosofía, es impropio atribuirle a esta entidad los atributos que hacen al hombre perfecto, ya que eso es terreno de la religión puesto que su misión es hacer a los hombres obedientes y no sabios; por lo tanto debemos definir al Absoluto como causa inmanente y no transitiva, como lo que es en sí y se concibe por sí, y como los atributos de la sustancia que expresan una esencia eterna e infinita.
Mientras tanto naturaleza naturada será “lo que se sigue de la necesidad de la naturaleza de Dios; todos los modos de los atributos de Dios” (Spinoza, Ética: 29). Nos es imposible por la finitud de nuestro entendimiento comprender la finalidad última de la existencia, el propósito del Absoluto, por lo tanto debemos limitarnos a entenderlo en sus diversas manifestaciones, en la mecánica de su desarrollo.
“Nadie es fiel más que por obediencia; por lo tanto quien muestra la mejor fe no es quien demuestre las mejores razones sino quien muestra las mejores obras de justicia y caridad” (Spinoza, TTP: 183) por lo tanto la unidad es práctica y debe realizarse en el plano de la existencia común ya que una lámpara no se enciende para ser guardada en un cajón y un altar no es tal sin la ofrenda que lo consagra, por lo tanto imperativamente hablar sobre la idea de bien es obrar de forma justa, es movilizarse a través de la fe para hacer manifiesto el propósito de la especie humana en la dualidad antagónica producida por la actividad política al habilitarse múltiples caminos de experiencia de lo bueno, lo bello y lo justo.
Trataré de encontrar en el voluntarismo de Rawls elementos para polemizar sobre si la justicia como imparcialidad es simétrica a la noción de justicia como armonía.

III. Justicia como imparcialidad

Para comprender los lineamientos fundamentales de la teoría de la justicia de John Rawls, partimos desde el fundamento que por sociedad humana debemos entender a una asociación más o menos autosuficiente de personas que en sus relaciones reconocen ciertas reglas de conducta como obligatorias y que en su mayoría actúan de acuerdo con ellas. Supongamos que en esta sociedad hipotética complementariamente dichas reglas especifican un sistema de cooperación planeado para promover el bien de aquellos que toman parte en él, ya que, aun cuando la sociedad es una empresa cooperativa para obtener ventajas comunes, se caracteriza típicamente tanto por un conflicto como por una identidad de intereses. Debemos presuponer necesariamente que existe una identidad de intereses puesto que la cooperación social hace posible para todos una vida mejor de la que pudiera tener cada uno si viviera únicamente de sus propios esfuerzos.
Evidentemente Rawls no desconoce las consecuencias conflictivas que muchas veces producen las relaciones políticas, puesto que las personas no son indiferentes respecto a cómo han de distribuirse los mayores beneficios producidos por su colaboración, ya que con objeto de perseguir sus fines cada una de ellas prefiere una participación mayor a una menor. Se requiere entonces un conjunto de principios para escoger entre las diferentes disposiciones sociales que determinan esta división de ventajas y para suscribir un convenio sobre las participaciones distributivas correctas. Estos principios son los principios de la justicia social: proporcionan un modo para asignar derechos y deberes en las instituciones básicas de la sociedad y definen la distribución apropiada de los beneficios y las cargas de la cooperación social.
Dos cosas son necesarias para calificar a una sociedad como bien ordenada: cuando promueve el bien de sus miembros, y cuando también está eficazmente regulada por una concepción pública de la justicia. Debemos suponer como tal, por lo tanto, a una sociedad en la que cada cual acepta y sabe que los demás aceptan los mismos principios de justicia, y las instituciones sociales básicas por su parte, satisfacen generalmente estos principios y se sabe generalmente que lo hacen. De hecho, aun cuando los hombres puedan hacer demandas excesivas entre ellos, reconocerán, ineludiblemente, un punto de vista común conforme al cual sus pretensiones pueden resolverse. Si, en suma, la propensión de los hombres al egoísmo hace necesaria una mutua vigilancia, su sentido público de la justicia hace posible que se asocien conjuntamente. Esta tensión es inherente al fenómeno de socialización entre extraños, por lo que entre individuos con objetivos y propósitos diferentes, es necesaria una concepción compartida de la justicia establece los vínculos de la amistad cívica porque el deseo general de justicia limita la búsqueda de otros fines. Dirá Rawls que entonces puede pensarse que “una concepción pública de la justicia constituye el rasgo fundamental de una asociación humana bien ordenada” (Rawls: 19).
En una sociedad justa es una sociedad liberal para Rawls, siendo condición sine qua non para lograr la misma que las libertades de la igualdad de ciudadanía se dan por establecidas definitivamente. Consecuentemente, las instituciones son justas cuando no se hacen distinciones arbitrarias entre las personas al asignarles derechos y deberes básicos, y cuando las reglas determinan un equilibrio debido entre pretensiones competitivas a las ventajas de la vida social. Una variable que esboza para catalogar sociedades donde no son evidentes esta serie de núcleo de coincidencias básicas fundante, es cuando hace mella en la ligazón de las sociedades la desconfianza y el resentimiento. Ellos, dirá, tienen la letal consecuencia de corroer los vínculos del civismo y, por si fuera poco, la sospecha y la hostilidad tientan al hombre a actuar en formas que de otro modo evitaría. Así, mientras que el papel distintivo de las concepciones de la justicia es especificar los derechos y deberes básicos, así como determinar las porciones distributivas apropiadas, la manera en que una concepción lo hace, tiene que afectar los problemas de eficiencia, coordinación y estabilidad del poder político.
Es, por lo tanto, el objeto primario de la justicia el modo en que las grandes instituciones sociales distribuyen los derechos y deberes fundamentales y determinan la división de las ventajas provenientes de la cooperación social. Por grandes instituciones Rawls comprende la constitución política y las principales disposiciones económicas y sociales. Así, enumera ejemplos de grandes instituciones sociales como la protección jurídica de la libertad de pensamiento y de conciencia, la competencia mercantil, la propiedad privada de los medios de producción y la familia monógama. La estructura básica es el tema primario de la justicia porque sus efectos son muy profundos y están presentes desde el principio.
Si existe desigualdad estructural entre un sector históricamente privilegiado y el vulgo, es evidente que la situación de igualdad inicial debe buscarse en otro plano, ya que las condiciones materiales determinan la conciencia y experiencia del individuo. La justicia de un esquema social depende esencialmente de cómo se asignan los derechos y deberes fundamentales, y de las oportunidades económicas y las condiciones sociales en los diversos sectores de la sociedad. Reconoce Rawls la existencia de los que él denomina ‘posiciones sociales’ que determinan el horizonte de expectativas del individuo, siendo los factores determinantes el sistema político y las circunstancias económicas y sociales. De este modo las instituciones de una sociedad favorecen ciertas posiciones iniciales frente a otras. Estas son desigualdades especialmente profundas. No son sólo omnipresentes, sino que afectan a los hombres en sus oportunidades iniciales en la vida, y sin embargo no pueden ser justificadas apelando a nociones de mérito o demérito. Es a estas desigualdades de la estructura básica de toda sociedad, probablemente inevitables, a las que se deben aplicar en primera instancia los principios de la justicia social. Estos principios regulan, pues, la selección de una constitución política y los elementos principales del sistema económico y social.
Una concepción de la justicia social ha de ser considerada como “aquella que proporciona, en primera instancia, una pauta con la cual evaluar los aspectos distributivos de la estructura básica de la sociedad” (Rawls: 22). Esta pauta no debe ser confundida, sin embargo, con los principios definitorios de las otras virtudes, ya que la estructura básica y los arreglos sociales en general pueden ser eficientes o ineficientes, liberales o no, y muchas otras cosas, además de justos o injustos. Una concepción completa que defina los principios para todas las virtudes de la estructura básica, así como su respectivo peso cuando entran en conflicto, es más que una concepción de la justicia: es un ideal social. Los principios de justicia no son sino una parte, aunque quizá la más importante de tal concepción. A su vez el ideal social se conecta con una concepción de la sociedad, una visión del modo según el cual han de entenderse los fines y propósitos de la cooperación social. Las diversas concepciones de la justicia son el producto de diferentes nociones de sociedad ante el trasfondo de opiniones opuestas acerca de las necesidades y oportunidades naturales de la vida humana. Por lo tanto, para comprender en su totalidad una concepción de la justicia tenemos que hacer explícita la concepción de cooperación social de la cual se deriva. Sin embargo, al hacerlo, no debemos perder de vista ni el papel especial de los principios de justicia, ni el tema principal al que se aplican.
Rawls no duda en afirmar que justo es el equilibrio adecuado entre pretensiones enfrentadas, a partir de una idea de la justicia concebida como un conjunto de principios relacionados entre sí, para identificar las consideraciones pertinentes que hacen posible ese equilibrio. También debe comprenderse a la justicia como parte de un ideal social. Ha de considerar el autor en cuestión entonces que tal concepto debe ser definido por el papel de sus principios al asignar derechos y deberes, y al definir la división correcta de las ventajas sociales. Ahora bien, ¿Toda sociedad tiende hacia el justo equilibrio de las pasiones sociales? Si la política entre Estados-Nación es un complejo sistema de lealtades y sojuzgamientos ¿Es posible que la desigualdad natural entre, supongamos, Puerto Rico y los demás Estados de la confederación no sea un obstáculo para, llegado el caso, aceptar de forma voluntaria y no violenta el principio de autodeterminación de los pueblos y la independencia del Estado libre asociado? Para Rawls, intuyo, la racionalidad al ser una facultad innata en las sociedades en tanto instancia colectiva de un individuo social, transpolo que a una racionalidad de los pueblos libres es el fenómeno al cual debemos apelar, puesto que racional es la sociabilidad, así como el principio de autodeterminación de los pueblos. En los casos de Muammar Gadafi, Patrice Lumumba, Salvador Allende forzosamente de podría argumentar como astucias de la Historia en el devenir inexorable de la realización del Espíritu universal.
Él se define como un contractualista de vieja escuela. Los principios de la justicia para la estructura básica de la sociedad son el objeto de un acuerdo original, es una noción que opera como un abstracto pensable pero no histórico, como situación hipotética inicial. Rawls define su doctrina de justicia como imparcialidad bajo los principios que las personas libres y racionales interesadas en promover sus propios intereses aceptarían en una posición inicial de igualdad como definitorios de los términos fundamentales de su asociación. Estos principios han de regular todos los acuerdos posteriores; especifican los tipos de cooperación social que se pueden llevar a cabo y las formas de gobierno que pueden establecerse.
La situación inicial del pacto es el sometimiento voluntario a la autoridad social, si bien se considera como una situación puramente hipotética caracterizada de tal modo que conduce a cierta concepción de la justicia. Entre los rasgos esenciales de esta situación, está el de que los principios de la justicia se escogen tras un velo de ignorancia, lo que asegura que los resultados del azar natural o de las contingencias de las circunstancias sociales no darán a nadie ventajas ni desventajas al escoger los principios. Dado que todos están situados de manera semejante y que ninguno es capaz de delinear principios que favorezcan su condición particular, los principios de la justicia serán el resultado de un acuerdo o de un convenio justo, pues dadas las circunstancias de la posición original y la simetría de las relaciones entre las partes, esta situación inicial es equitativa entre las personas en tanto que seres morales, esto es, en tanto que seres racionales con sus propios fines, a quienes deben suponerse como capaces de un sentido de la justicia. Es decir, que ante una situación de conflicto ambas partes encuentren el justo medio de negociación, y el mecanismo judicial se autolegitime ante la sociedad. Por lo tanto, una sociedad que satisfaga los principios de justicia como imparcialidad se acerca en lo posible a un esquema voluntario, ya que cumple con los principios que consentirían personas libres e iguales en condiciones que son imparciales. En este sentido, sus miembros son autónomos y las obligaciones que reconocen son autoimpuestas. Ahora bien, ¿Qué sucede en situaciones históricas donde la desigualdad es estructural y el temor, la pobreza y la ignorancia son elementos de dominación social? Quizás sea el proceso de maduración política a través de la conquista de las libertades individuales el camino que dichas sociedades deban atravesar para autocomprenderse como unidad capaz de ordenarse de modo tal a como Rawls concibe la justicia.
Advierte Rawls que el concepto de racionalidad tiene que ser interpretado, en lo posible, en el sentido estrictamente tradicional de la teoría económica, según la cual se emplean los medios más efectivos para fines dados. Las personas en la situación inicial escogerían dos principios bastante diferentes: el primero exige igualdad en la repartición de derechos y deberes básicos, mientras que el segundo mantiene que las desigualdades sociales y económicas, por ejemplo las desigualdades de riqueza y autoridad, sólo son justas si producen beneficios compensadores para todos y, en particular, para los miembros menos aventajados de la sociedad. Estos principios excluyen aquellas instituciones justificantes por motivo de que las privaciones de algunos se compensan mediante un mayor bien para todos en general. Que algunos deban tener menos con objeto de que otros prosperen puede ser ventajoso pero no es justo. Sin embargo, no hay injusticia en que unos pocos obtengan mayores beneficios, con tal de que con ello se mejore la situación de las personas menos afortunadas. La idea intuitiva es que, puesto que el bienestar de todos depende de un esquema de cooperación sin el cual ninguno podría llevar una vida satisfactoria, la división de ventajas debería ser tal que suscite la cooperación voluntaria de todos los que toman parte en ella, incluyendo a aquellos peor situados. Pero esto sólo puede esperarse si se proponen unas condiciones razonables.
La pregunta subsiguiente es si todo interés contrario es reconciliable con su opuesto, aún si en una posición inicial quien debiera ceder parte de sus privilegios tuviese recursos suficientes para transformar la dominación en obediencia voluntaria, so pena de transformar un equilibrio armónico en tanto situación ideal, en una situación real de sometimiento y pauperización de las condiciones necesarias para una buena vida. Si pensamos en China luego de las guerras del opio quizás nos viéramos tentados a sostener que gracias a esa dominación el gigante asiático dos siglos después puede erigirse como hegemón regional (superando a Japón y Rusia) quien, lejos de presentarse como superación de ese modo de concebir la política, replica esas prácticas de invasión y sometimiento en otras regiones interiores anexadas a la fuerza, por lo tanto ¿Puede seguirse hablando de una racionalización ascendente de la humanidad cuando la lógica de dominación, lejos de aparecer suavizada en el siglo XXI, se ve potenciada por las ventajas que la vanguardia tecnológica habilita? ¿Es pensable una paz perpetua al mejor estilo kantiano mientras existan los Estados-Nación?

IV. ¿Qué debemos esperar de la política?

La política es el sistema social que tiene como función la dirección ideológica de la sociedad, así como la conciencia dirige al cuerpo, la política dirige a la sociedad. La forma de lo político debe ser en una relación 70/30 fluido-sólido, siendo la atmósfera la voluntad política puesto que provoca movimiento, el movimiento será centrífugo en las democracias y centrípeto en los totalitarismos.
Si la política es el arte de darle forma concreta a la visión de sociedad que queremos, debemos tener en cuenta a las partes, siendo lo total no inmediato. Si se nos presenta en lo inmediato como pugna de intereses particulares ¿cómo se orienta el debate político? Con el refinamiento del mensaje (el arte de la persuasión) y la práctica del arrepentimiento, el perdón, la misericordia y la austeridad (el arte de la materialización) siendo el contrato moral resultante no robar, no mentir, y no utilizar la pobreza como elemento de dominación. Si el Ser humano dedica su existencia meramente a la subsistencia, habría una tendencia generalizada a priorizar la economía personal por sobre lo social y/o existencial. Por lo tanto, la mentalidad capitalista es innata en quienes vivimos en sociedades así ordenadas a través del poder político.
Cada parte es filosofía y praxis, y de la dinámica de los opuestos resulta todo lo experimentable para el alma, forma sutil de la materia y vehículo de conexión con el Absoluto. Existe la parte porque hay socialización, hay socialización porque hay similaridad (cultura). Decimos que la política es filosofía porque existe una búsqueda del conocimiento cierto, si hay episteme hay doxa. Si hay conocimiento hay praxis, y la praxis debe seguir el axioma natural de ser 70% fluido y 30% sólido. Lo sólido sólo puede ser que justicia es armonía, es reconocer la dualidad de intereses, es igualdad ontológica, es permitir que la Vida prolifere en plenitud. La matriz epistémica de la política consta, por lo tanto, de tener la habilidad de proyectar mentalmente nuestro mejor mundo posible, predominando ciertos aspectos de la voluntad sobre otros. Preguntas subsiguientes: ¿Es posible entonces una praxis antisistema?¿Quiénes son los marginados y qué buscan?.
El sistema es dinámico por la interacción de las partes, y al menos una de ellas debe aspirar a ser una fuerza progresiva tal como la describe Gramsci, es decir, debe tener como su fin elevar culturalmente a las masas, allí es cuando se obtiene el bronce de la Historia pues es un acto de justicia política elevarlas. He ahí la definición que más cómoda le sienta a esta exposición del deber de lo correcto. Hilando más fino diremos que por elevación cultural de las masas entendemos a la tranquilidad del individuo frente al devenir, en este punto no seré estricto sobre la definición de Gramsci. Debemos entender tres niveles de bienestar, el colectivo inmediato, en el cual el sujeto se encuentra a la pobreza como la insatisfacción más grave; a nivel social, donde la política debe vehiculizar las garantías de libre albedrío; y a nivel espiritual, en el librepensamiento y el cultivo de las artes sublimes que develen el misterio inicial del propósito ontológico del individuo.
El concepto de justicia como vitalidad es el desarrollo armónico de todas las potencias creativas, es proyección del hogar como aporte particular a una visión total de paz perpetua, es conciencia alimenticia para armonizar cuerpo y mente, es arte para la libre expresión de las potencialidades humanas para el autoconocimiento y develo del propósito.
Decimos entonces que antisistema es la desjerarquización, la no violencia y la misericordia. Sistémica es la lógica del pater árkhein, el ver al Estado como padre que establece el orden so pena de castigo y que determina los parámetros de lo correcto, lo normal y lo posible. Para poder ser paternalista es necesario un patrimonium, el cual se obtiene por usufructo o usura, depende la esencia de la acción; elevar culturalmente a las masas es entonces abolir la herencia ya que ésta corrompe, pues es fruto de la ambición de jerarquía. Sin embargo, debemos entender que el patrón social define el propósito, y que hay quienes han deseado y desean el goce de los bienes materiales, es uno de los aspectos que comprende la experiencia humana, es decir, debemos comprender que es indefectible la coexistencia de diversos propósitos. ¿Justicia es entonces cumplir los pactos? Hobbes habla de socialización política, del momento posterior a la afirmación fundante ya que las leyes naturales no prescriben en foro externo.
Sostengo que la justicia refiere al propósito. El propósito entendido como la autoafirmación consciente de la propia existencia del individuo, por lo tanto el tipo de experiencia que alguien desee para cumplir ese propósito debe encontrar un ordenamiento social que lo habilite y lo facilite, que le de los elementos necesarios para desarrollarse sea desde la ambición de la riqueza. Recuerdo la cita “donde estuviere vuestro tesoro, allí estará vuestro corazón. La lámpara del cuerpo es el ojo; por eso, si tu ojo está sano, todo tu cuerpo estará lleno de luz”(Mt 6:21-22), y pienso que la claridad de conciencia se logra con la pureza de mi conexión con el mundo, en el plano de la figuración. En el plano mental se lleva a cabo la interpretación, es el plano de la Libertad abstracta. Nos encontramos en la interacción entre la parte mortal e inmortal del individuo; su naturaleza material y su esencia espiritual. En este plano estará posicionada el alma de la persona, cuyo propósito es la trascendencia metafísica a través del conocimiento de los misterios de la Obra por medio de los sentidos, percepciones concientes de la Naturaleza Naturada. Si se quiere, de eso habla Jesús, de eso habla Platón, de la trascendencia metafísica del ser, de la afirmación ontológica del ser humano, la cual es totalmente opuesta a la afirmación mundana, aquellos que buscan el lucro, la prodigalidad, el desenfreno, es la satisfacción de las más variadas manifestaciones del libre albedrío.
Por lo tanto, ¿cuál es la función política de la organización humana cristalizada en el Estado? Deberíamos establecer un indicador que mida el nivel de conciencia de la sociedad, cuya variable fundamental sería la cantidad de gente que necesita que exista un orden externo que obligue en forma práctica la instancia del mutuo reconocimiento. Tal como expresa el marxismo, cada tipo de sociedad se condice con un nivel específico de desarrollo de sus fuerzas productivas, y el capitalismo global refiere a una sociedad del conocimiento donde el nacionalismo se encuentra en un estado crítico, éste no interpela con la fuerza de antaño a las nuevas generaciones, a pesar de la sofisticación cuasi surrealista de los métodos de inducción del temor, y la amenaza de quienes promueven conflictos bélicos y Estados policiales. El fascismo sólo puede hacerse carne en una sociedad que ha construido un alter ego que lo único que merece es odio y desprecio, aún a pesar de despojarme de lo más preciado: mi derecho a experimentar libremente los misterios de la Vida.
No existe causa evidente sin finalidad trascendente ya que cada alma, al estar relacionadas al Absoluto, se encuentra en plano de igualdad ontológica, a tal punto que, en tanto expresión específica de lo inespecífico, total, anterior y trascendente, nos está permitido experimentar todo lo naturado por la fuente naturante en la medida que nuestra especificidad (vale entender la conciencia finita) nos lo habilite. Tal como sostiene Rawls, una sociedad justa es una sociedad donde las libertades de la igualdad de ciudadanía se dan por establecidas definitivamente.
En un plano global, las especies en tanto conciencia colectiva deben establecer, internalizar, patrones de consistencia; por instinto sobrevivo, por lógica me organizo, por inspiración actúo. El conflicto ocurre cuando mi propósito interfiere con el de mi prójimo, derivándose de allí la lucha por el reconocimiento político, algo que Hegel ha representado en la dialéctica del amo y el esclavo. Por lo tanto, la sociedad no parte de un mutuo entendimiento cristalizado en un pacto abstracto sino en el conflicto inherente del reconocimiento de mi derecho a la existencia, aún en el punto que éste colisione con el orden social. Es asunto de la teología determinar un fin del conflicto.
Por lo tanto ese patrón, esa conciencia común en la tendencia hacia la socialización, es también ese camino a entender que no solamente el patrón biológico es evidente, sino que el ejercicio del conocimiento de la Vida debe englobar una finalidad trascendente, porque como hemos dicho no existe elemento viviente sin finalidad trascendente. Todo evoluciona porque todo es movimiento. La naturaleza fenoménica de la experiencia se desprende la primer premisa del presente apartado, que no hay contacto sin presencia, se debe traer al presente el concepto de justicia para experimentarlo, la justicia tiene que ser evidente, y si es evidente por sí es común a todas las almas que interactúan en este plano de existencia común a un nosotros que englobe a la totalidad de la creación.
¿Existe pues en efecto un plano en donde se pueda igualar a los miembros de una comunidad en, precisamente, algo común? De existir debe ser evidente no en un ordenamiento formal, sino en la internalización de un propósito común acorde a las contingencias geopolíticas de la sociedad y del papel que la región se encuentre llamada a cumplir, sea el periodo hegemónico europeo, norteamericano, el despertar de Asia o el empobrecimiento de América del Sur. Cada sociedad tiene una función específica para con el fin de elevar la conciencia de la especie. Ahora bien ¿qué queremos decir con ésto? Que existe una sociedad específica, jóven, que debe demostrar a la humanidad la necesidad de identificar que su propósito de eudaimonía es imposible realizarlo bajo amenaza de mis semejantes y disociado de una potenciación consciente de los elementos naturales, ya que específicamente del humano depende el uso, usufructo y preservación del espacio vital común de todas las especies coexistentes.
Entonces si el alma es trascendente debemos permitirnos pensar que pasado y futuro son instancias de un presente más vasto que nos engloba en tanto especie, por lo tanto el plano de igualdad ontológica es un plano sustancial, metafísico, en tanto lo suficientemente sutil como para ser aprehensible a través de la razón, en dónde se construyen e hilvanan los microsentidos y, a través del Tiempo (maestro de todas las verdades, que no son más que semiverdades dada la finitud del entendimiento), se hace evidente una consecuencia necesaria en donde la idea límite del ‘fin de los Tiempos’ opera como articulador de un plano mental colectivo donde todos estamos conectados con la fuente, a saber el Absoluto. En este punto fundamental es en donde el ser humano tiene que posibilitarse los elementos por el bien de lo que continúa, ya que es la misma experiencia del alma, a través de otras encarnaciones, la que se manifiesta de forma cíclica hasta tanto no se pueda trascender el plano de la materia o la prometida ‘vida eterna’. De allí pues el vínculo que imprime de modo indeleble la obligación que tiene el ser humano con lo colectivo, con lo que lo rodea, con la conexión con el planeta también.
El ser humano está entendiendo que el universo es uno, entonces él no está desligado y desconectado del Absoluto quien, como todo lo abarca y nada puede detenerlo, no es más que lo evidente, lo oculto y lo divino.

V. CONCLUSIÓN. Lo correcto e incorrecto

Las pasiones son motivadas por la experiencia misma de todas las naturalezas humanas, sin embargo la asimilación de las ideas más elevadas como Bien y Justicia son fruto de aquellos que, a base de instrucción, disciplina y renunciamiento han elegido dedicar su vida a ser faros de una civilización en penumbras, para ello el cantar del bienaventurado sentencia que quien ha superado las tentaciones del mundo sensible (entendido como multiplicación de copias infieles de las Ideas del mundo inteligible), deberá permanecer en el yoga (o método para conducir la inteligencia a un saber estable en donde no tiene cabida en el Yo ni la pasión ni la tristeza), consagrado por completo al Yo, sabiendo pues que la inteligencia del que ha vencido los sentidos está bien afirmada. Es la renuncia al libre albedrío en pos de una sociedad lo más justa posible.
Por el contrario y recordando la naturaleza dual de la creación, aquellas quienes tienen su mente continuamente dirigida hacia los objetos de los sentidos son encadenadas por ellos; “de este lazo nace el deseo, y del deseo la cólera. La cólera origina el error, el error la pérdida de la memoria, ésta la destrucción de la inteligencia y, en consecuencia, la muerte del hombre (…) quién no ha alcanzado el yoga no puede tener inteligencia ni concentración del pensamiento; quien no alcanza la concentración del pensamiento no puede tener paz y, ¿Cómo podría ser feliz quien no tiene paz?” (Bhagavad Gita; Libro II :61-66). Reconoce este texto la existencia de una naturaleza opuesta a la idea de bien pero complementaria, pues si una construye una inteligencia capaz de absorber los elementos las sutiles del Gran Orden, la otra genera los efectos opuestos ya que “para los cegados por el error su actividad, su conocimiento, su esperanza, son inútiles; la naturaleza demoníaca que destruye la voluntad y la inteligencia, les destruirá para siempre”(Bhagavad Gita; Libro IX :12). Aunque debemos recordar que entre los cegados encontramos, sin distinción de clase, a quien no ha alcanzado el refinamiento del entendimiento de la idea de Bien. Deseo y capitalismo son conceptos que no nos requeriría mucho esfuerzo vincularlos, aunque excede el presente discurso, por ello me voy a privar de hacerlo en la presente ocasión.
Hay un fragmento que deseo rescatar fielmente pues versará sobre el valor del renunciamiento a la acción como el camino correcto a la idea de Bien, y describe tal obrar como la vía en la cual se llega a la paz necesaria para interpretar la esencia misma de lo bueno en sí. Será por tanto digno portavoz de esta idea-frontera “quien no es egoísta ni conoce el “yo” y “lo mio”, quien es piadoso y amigo de todos los seres, quien no odia a ningún ser, quien mantiene tranquilo su ánimo en la prosperidad y en la desgracia, quien es paciente y lleno de misericordia, quién está satisfecho, quien ha dominado su Yo, su voluntad y tiene la firme resolución del yogui, quien me entrega su mente y su razón por su gran amor y piedad, quien no causa ninguna pena ni temor en el mundo, quien no es entristecido ni turbado por él, quien no tiene agitación producida por las malas pasiones, que se ha liberado de la alegría, del temor, del odio y de la ansiedad, quien no desea nada, quien es puro, hábil, indiferente, quien no se entristece por ningún acontecimiento, quien renuncia a la acción, quien no está ansioso de placeres y no se regocija con ellos, quien no rehuye al dolor ni se aflige con él, quien no distingue entre sucesos felices y desgraciados, aquel que es igual con amigos y enemigos, que mantiene la ecuanimidad en medio del honor y el deshonor, el calor y el frío, la felicidad y la aflicción, la fama y la infamia, que siempre está libre de relaciones contaminantes, que siempre es callado y se satisface con cualquier cosa, que no lo preocupa ninguna residencia, que está fijo en el plano del conocimiento y que está dedicado al servicio devocional” (Bhagavad Gita; Libro XI :12-19). Quizás por la excepcionalidad de las cualidades de nuestro humano ideal es que Maquiavelo apelaba a que su legado sea un ordenamiento justo para su comunidad y no hable de un método pedagógico holístico de formación de legisladores justos.
En este fragmento, si se hace una correlación con lo que son las agitaciones del poder, resulta complicado que quien ejerza el poder soberano de decisión sobre lo correcto e incorrecto, el de coacción sobre las actitudes injustas a expensas de una ley hecha a imagen y semejanza del ser humano, es decir de esencia divina y materia corruptible, sea ecuánime con los preceptos anteriormente descritos, he allí la analogía con el plan platónico de una academia de gobierno que aproxime lo más posible a los destinados a gobernar a lo bueno en sí como conocimiento que existe, que no es evidente y que no es potestad de una persona sino de una casta pues la prescripción del renunciamiento puede tomarse como un argumento en favor de la alternancia en las altas esferas del poder, ya que el mismo tiene una dinámica corruptora al fomentar la exaltación del Ego y la autopreservación, por lo tanto, de los privilegios obtenidos. Por lo dicho es que rescato en el argumento de Rawls (entre otros) el hecho que dos cosas son necesarias para calificar a una sociedad como bien ordenada: cuando promueve el bien de sus miembros, y cuando también está eficazmente regulada por una concepción pública de la justicia. Esa es la parte sólida, mientras que lo líquido es qué es lo urgente para esa sociedad.
El sabio sabe retirarse a tiempo para contemplar la obra del Tiempo en tanto manifestación experimentable de la voluntad del Absoluto, la suerte de una sociedad debe comprenderse en su impacto para la civilización, que luego de seis milenios finalmente podemos decir que es global. Nadie puede gobernar lo que no tiene límite, por ello, ser consciente de la finitud de nuestra existencia es comprender que nuestro propósito es contribuir a generar una humanidad de necesidades básicas satisfechas, de fronteras seguras y promoviendo soberanía alimentaria para la paz mundial.

BIBLIOGRAFÍA

Poratti, Armando R.: Teoría política y práctica política en Platón. En La filosofía política clásica. De la antigüedad al Renacimiento, Comp. Atilio Borón para CLACSO, EUDEBA, Buenos Aires, 2000.
Platón. República.- 24ta ed. 6ta reimp.- Buenos Aires : Eudeba, 2007.
Spinoza, Baruch. Ética demostrada según el orden geométrico. Editora Nacional, 1980, Madrid.
Tratado teológico político (TTP). Alianza Editorial, 1986, Madrid.
Prabhupada, A.C. Bhaktivedanta Swami. El Bhagavad-Gita Tal Como Es, – Brasil : Fondo Editorial Bhaktivedanta, 1991.
Rawls, John. Teoría De La Justicia – trad. de María Dolores González. Primera edición en inglés, 1971 Primera edición en español, 1979 Segunda edición en español, 1995 Sexta reimpresión, 2006. Título original: A Theory of Justice © 1971, The President and Fellows of Harvard College Publicado por The Belknap Press of Harvard University Press, Cambridge, Mass. ISBN 674-88014-5

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