El Tiempo Político

PALABRAS CLAVE

Ciclo político – Cronos/Aión – Corrupción

 

Yo soy el espíritu del Tiempo, destructor del Universo, poseedor de enorme estatura para destruir los pueblos. Aún sin tí, los guerreros de ambos ejércitos no existirán más. Levántate, sé glorioso, vence a tus enemigos y sé rey de un reino rico. Ellos son muertos por Mí y no por ninguna otra persona; ¡Oh Savyasachin! sé pues la ocasión de mi obra. A Drona, Vishma, Jayadratha, Karna y otros muchos guerreros, todos ellos heróicos, extermínales, pues ya han sido exterminados por Mí; no dudes ni te entristezcas. Combate y vencerás en la batalla.

(Bhagavad-Gita, Libro XI: 32-34)

Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin. Porque se levantará nación contra nación, y reino contra reino; y habrá pestes, y hambres, y terremotos en diferentes lugares.  Y todo esto será principio de dolores. Entonces os entregarán a tribulación, y os matarán, y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre. Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán. Y muchos falsos profetas se levantarán, y engañarán a muchos; y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará.”

(Mateo, 24: 6-12)

INTRODUCCIÓN

Toda acción política se hace con miras a trascender la inmediatez y a direccionar la Historia hacia un cierto rumbo. Corroe cualquier sistema teórico saber efectivamente “¿cuál es el factor más poderoso y, en última instancia, decisivo, en la incesante lucha vital por la existencia y por el éxito: el valor personal o el simple y fatal curso del tiempo?” (Zimmer [HZ] ,2011: 116). Esta será la incógnita central del presente trabajo.

En la Historia hay diversos tiempos y mareas. Hay periodos de ascenso, en los que todo apoya al héroe conquistador, a punto tal que “éste parece cabalgar sobre la gran ola. Hasta sus faltas y defectos lo favorecen. Ningún revés puede quebrar su carrera. Y sus enemigos, aunque muy valientes y apoyados por recursos superiores, luchan en vano por detener su marcha triunfal. El tiempo (khala), poder supremo, lo favorece, eso es todo. Pero el tiempo marcha en ciclos, ora expandiéndose, ora contrayéndose. La carrera del héroe coincide con un periodo de crecimiento”.(HZ: 117)

El presente artículo gira alrededor de si es posible pensar al tiempo como algo unívoco o bien debe ser entendido como una tensión de dos, para ello me valdré de la paradoja planteada por Deleuze en Lógica del Sentido. También deseo profundizar en el concepto de ciclo en la experiencia política utilizando como referente a Maquiavelo en Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio. Colateralmente a ello, y utilizando la línea argumental del libro publicado por primera vez en 1531 (luego de la muerte de su autor), es mi objetivo dejar planteada qué características ontológicas presenta el sujeto político, un debate tan simple como cuál es la naturaleza de la acción humana; cuáles son  las características en la actualidad del ciclo político; y sobre si en el pueblo o una vanguardia iluminada reposa más segura la libertad; para concluir intentando dar una definición a la pregunta central.

  1. EL TIEMPO COMO PARADOJA

Deleuze nos dice que todo fenómeno se nos presenta de modo dual, incluso el tiempo, que si bien el devenir de la Humanidad es relatado de forma cronológica, ésta no es suficiente para comprender las manifestaciones que afloran en los acontecimientos puros, levaduras que correctamente fermentadas provocan los cambios de ciclo. El tiempo como infinito y el tiempo en tanto ilimitado responden a dos manifestaciones antagónicas y complementarias, el autor que utilizaré en este apartado rescatará la alegoría griega de Cronos frente a Aión para plantear la concepción paradojal del Tiempo.

Lo que aparece como el camino de la especie es el tiempo cronológico, aquel del eterno presente, donde pasado y el futuro son dos dimensiones relativas al ahora ya que siempre hay un presente más vasto que reabsorbe pasado y futuro, mientras que la relatividad del tiempo no-presente es explicado por la simultaneidad de las interacciones incesantes y coexistentes de los presentes mismos unos respecto de otros en un espacio-tiempo que los engloba. Bajo este argumento el ciclo de Cronos (vale entender el tiempo en tanto Humanidad) vive como presente lo que es futuro o pasado para el individuo,  que vive en presentes más limitados. En suma, este tiempo presenta la morfología de “un encajonamiento, un enrollamiento de presentes relativos, con Dios como círculo extremo o envoltura exterior, éste es Cronos” (Deleuze [GD], 2005: 170).

El presente cronológico es el tiempo de las mezclas o las incorporaciones, es el proceso de la incorporación misma, mide la acción de los cuerpos o de las causas, siendo futuro y pasado más bien lo que queda de pasión en un cuerpo, es decir, remite a la acción de un cuerpo más potente.

El presente divino es la gran mezcla, la unidad de las causas corporales entre sí, él mide la actividad del período cósmico en el que todo es simultáneo, sin embargo no es ilimitado en absoluto: es propio del presente delimitar, ser el límite o la medida de la acción de los cuerpos, qué será Historia y qué no, aunque sea el mayor de los cuerpos o la unidad de todas las causas (Cronos). Sin embargo es importante destacar que si bien puede perfectamente ser infinito, eso no lo hace ilimitado dado que su geometría es circular y su dinámica la de englobar todo presente, volver a comenzar y medir un nuevo período cósmico según el precedente. Al movimiento relativo por el cual cada presente remite a un presente relativamente más vasto, hay que añadir un movimiento absoluto propio al más vasto presente, que se contrae y se dilata en profundidad para absorber o restituir en el juego de los períodos cósmicos los presentes relativos que abarca, es la dinámica de abrazar-abrasar.

Cronos es por lo tanto el movimiento reglado de los presentes vastos y profundos que adopta la forma de una circularidad infinita pero limitada, es el ciclo, la expresión de la acción de los cuerpos y la creación de las cualidades de los mismos, un presente siempre limitado que mide la acción de los cuerpos como causas y el estado de sus mezclas en profundidad. El propósito que alimenta al tiempo cíclico es animar un eterno retorno físico como retorno de lo Mismo y una eterna sabiduría moral como sabiduría de la Causa.

Hemos dicho al principio que el tiempo infinito tiene como némesis al tiempo ilimitado, que tal como Cronos con su descendencia, devora todo lo que pondría en peligro su salud hasta que  emerge de él el elemento que lo hace implosionar total e indefectiblemente, ésta crisis existencial dentro de sí, dado que los elementos que lo hacen vivo presentan una dinámica caótica, un ‘devenir-loco de la profundidad’ que genera una herida sin sutura. Este movimiento puro y desmesurado de las cualidades amenaza desde el interior el orden de los cuerpos cualificados: “Los cuerpos han perdido su medida y no son sino simulacros. El pasado y el futuro como fuerzas desencadenadas se toman la revancha, en un solo y mismo abismo que amenaza al presente, y a todo lo que existe” (GD: 171).

La subversión interna del presente en el tiempo, el tiempo sólo puede expresarla a través del presente, precisamente porque es interna y profunda. Esta revancha del futuro y del pasado sobre el presente Cronos debe también expresarla en términos de presente, los únicos términos que comprende y que le afectan, es su modo propio de querer morir. Así, Cronos ha pasado de mezcla corporal a corte profundo.

Entre los dos presentes de Cronos, el de la subversión por el fondo y el de la efectuación en las formas debe haber un tercero que pertenezca al Aión, éste representa el instante, no es en absoluto como el presente vasto y profundo de Cronos: “es el presente sin espesor, el presente del actor, del bailarín o del mimo, puro «momento» perverso. Es el presente de la operación pura, y no de la incorporación”(GD: 175). No estamos en presencia pues del presente de la subversión ni el de la efectuación, sino el de la contra-efectuación, que impide que aquella derroque a ésta, que impide que ésta se confunda con aquélla, y que viene a redoblar la doblez. El tiempo eónico es aquel donde el ahora es intrascendente, ya que si en Cronos pasado y futuro se desdibujan en un eterno presente, en Aión “el pasado y el futuro son esencialmente ilimitados que recogen en la superficie los acontecimientos incorporales en tanto que ajustes. Dentro de Aión sólo existe el presente que reabsorbe o contrae en él al pasado y al futuro, y, de contracción en contracción cada vez más profundas, alcanza los límites del Universo entero para convertirse en un vivo presente cósmico” (GD: 81); si Cronos absorbe todo lo que la Humanidad camina, Aión engloba toda la potencialidad del Ser Humano.

A diferencia del ciclo crónico, el eónico nunca vuelve sobre sí por lo que no es infinito mas sí ilimitado, en tanto que pura línea recta cuyas dos extremidades dejan de alejarse en el pasado y en el porvenir. Así como Cronos ordena un eterno retorno a un saber de la Causa, el tiempo eónico nos permite visualizar la lógica de los efectos, en él transcurren los acontecimientos puros ya que es la forma vacía y desenrollada del Tiempo, es el momento de la trascendencia y el destino autoimpuesto que obliga a intervenir en la Historia, un instante sin espesor que se subdivide ad infinitum en pasado y futuro y con la dinámica incontrolable de emerger de las profundidades a la superficie, sabiendo que nada toca superficie sin cambiar de naturaleza. Reconoce Deleuze al tiempo eónico como la Verdad eterna del Tiempo que rompe el ciclo y funda el sentido en la  intersubjetividad, interpela cuestiones fundamentales como la existencia, sea colectiva o individual. El lenguaje es la propiedad metafísica adquirida por los sonidos de tener un sentido y de significar, manifestar y designar en lugar de pertenecer a los cuerpos como cualidades físicas. El plano eónico es el espacio-tiempo donde cobran sentido las interacciones; el mensaje se internaliza, madura y se hace intención y cosmogonía; donde se materializan las identidades y las expectativas que darán forma a la agencia humana. El lenguaje es posible gracias a la frontera que lo separa de las cosas, de los cuerpos y de quienes hablan. Aión en tanto medio donde transcurren los efectos de superficie o acontecimientos traza una frontera entre las cosas y las proposiciones, hace de articulador entre intención y acción, es la herramienta de poder de una conciencia sobre otra. Por lo tanto del vientre del tiempo eónico es parido el sentido, en otras palabras, “es lo expresado, en su independencia, lo que funda el lenguaje o la expresión, es decir, la propiedad metafísica adquirida por los sonidos de tener un sentido y, secundariamente, de significar, manifestar y designar, en lugar de pertenecer a los cuerpos como cualidades físicas. Esta es la operación más general del sentido: es el sentido quien hace existir lo que expresa y, pura insistencia, comienza a existir entonces en lo que lo expresa”(GD: 173).

Quien está llamado a intervenir en la Historia debe inscribir su acción en la infinitud de lo que se regenera y absorve las realidades para conformar una gran Realidad; ahora bien, para hacerlo debe irrumpir desde la formación misma del sentido, desde la manifestación primera de la agencia, el mensaje. De la universalidad del mensaje no discutiremos ahora (aunque todo gran pensador presente su teoría como total) sin embargo, ¿Determina el ciclo político la receptividad del mensaje? De ser afirmativo ¿Es una variable determinante a la hora de explicar la suerte de cada uno?

  1. EL CONCEPTO DE CICLO EN LA EXPERIENCIA POLÍTICA

Lo que hemos dado en llamar Historia nos es próximo en la medida en que tenga la capacidad de reaparecer incesantemente en el presente a modo de herencia que condiciona. El mayor testimonio de los devenires de una sociedad es la cultura, y el segundo el derecho, conviviendo y retroalimentándose en relación dialéctica uno con otro. De la brillantez de la individualidad y como reflejo de un momento irrepetible (el concepto de ciclo crónico que hemos hablado en el primer apartado) es la atmósfera que da las condiciones suficientes para la agencia política de los miembros de una comunidad.

Cuando hablamos de momento irrepetible debemos hacer ciertas especificaciones, ya que hablamos de protagonistas únicos y particulares, han discutido con interlocutores activos y demás cuestiones obvias. Ahora bien, ¿qué tan originales somos en las cosas que nos acontecen? Maquiavelo dirá respecto a las leyes civiles que “no son otra cosa que sentencias dadas por los antiguos jurisconsultos y que, recogidas en códigos, les enseñan a nuestros actuales jurisconsultos cómo deben juzgar.” Hasta acá ninguna revelación extraordinaria, no contento continuará:  “Sin embargo, no se encuentra príncipe o república  que recurra a los ejemplos de los antiguos. Y creo que ello no se debe tanto a la debilidad a la que la religión actual ha llevado al mundo, o a ese mal que un ambicioso ocio ha hecho a muchas provincias y ciudades cristianas, cuanto al hecho de no tener verdadero conocimiento de las historias, por no saber extraer de ellas al leerlas ese sentido, ni gustar de ellas ese sabor que tienen en sí mismas. De donde nace que infinitas personas que las leen, experimentan el placer de oír esa variedad de sucesos que ellas contienen, sin pensar para en imitarlas, juzgando que la imitación no sólo es difícil sino imposible, como si el cielo, el sol, los elementos, los hombres, hubieran variado de movimiento, de orden y de potencia respecto de lo que eran antiguamente” (Maquiavelo [NM], 2004: 50-51).

Hace referencia a la necesidad de comprender los ciclos en política, parece decirnos que sabiduría y éxito remiten a la capacidad de comprender el tiempo político. Para comprender el sentido del devenir de las civilizaciones es imprescindible adherir a la premisa que las leyes de la naturaleza rigen los ritmos de la Historia, si bien como dice Hobbes estas solo prescriben en foro interno, debemos comprender al ser humano como el resultado de un proceso donde la carga hereditaria hace de límite de expectativas, y a nivel social refiere a lo que la genética es al humano, a comprender: elementos petrificados en instituciones e imágenes del poder  económico, político e ideológico que determinan horizontes de acción, y una Historia en la cual quedarán inscriptos héroes, villanos, obras, pero sobre todo derecho. Es entonces el derecho a nivel político el hijo pródigo de Cronos.

Es muy fuerte en Maquiavelo la impronta cuasi mesiánica del legislador (fiel reflejo del rey filósofo de Platón) que lleve al orden a una organización política, orden el cual se infiere debe armonizar con el tiempo político, por lo tanto “puede llamarse feliz una república donde aparece un hombre tan sabio que le da un conjunto de leyes, bajo las cuales cabe vivir seguramente sin necesidad de corregirlas.(…) Por el contrario, es desdichada la república que, no sometiéndose a un legislador hábil, necesita reorganizarse por sí misma, y más infeliz cuanto más distante está de una buena constitución, en cuyo caso se encuentran aquellas cuyas viciosas instituciones las separan del camino recto que las llevaría a la perfección, siendo casi imposible que por accidente alguno la consigan” (NM: 56). Se cuela aquí el tema de la felicidad de una unidad política, entiéndase ésta a aquella donde los humores sociales se han institucionalizado de modo tal que el conflicto de intereses forje una dinámica cuyo resultante sea un código legal en la cual la libertad se encuentre a resguardo de los vicios de la corrupción.

El concepto de ciclo se encuentra íntimamente ligado a la forma, ya que la morfología de la autoridad pública depende de lo antes mencionado de la cultura política, el ordenamiento legal, y las imágenes sociales del poder.   

Maquiavelo no considera que la modernidad haya irrumpido de forma cataclísmica entre sus contemporáneos, sino que la ceguera antes descrita del órgano gobernante del cuerpo social refiere a una constante del ciclo crónico de su época: “algunos de los que han escrito de las repúblicas distinguen tres clases de gobierno que llaman monárquico, aristocrático y democrático, y sostienen que los legisladores de un Estado deben preferir el que juzguen más a propósito. Otros autores, que en opinión de muchos son más sabios, clasifican las formas de gobierno en seis, tres de ellas pésimas y otras tres buenas en sí mismas; pero tan expuestas a corrupción, que llegan a ser perniciosas. Las tres buenas son las antes citadas; las tres malas son degradaciones de ellas, y cada cual es de tal modo semejante a aquella de que procede que fácilmente se pasa de una a otra, porque la monarquía con facilidad se convierte en tiranía; el régimen aristocrático en oligarquía, y el democrático en licencia. De manera que un legislador que organiza en el Estado una de estas tres formas de gobierno, la establece por poco tiempo, porque no hay precaución bastante en impedir que degenere en la que es consecuencia de ella. ¡Tal es la semejanza del bien y el mal en tales casos! Estas diferentes formas de gobierno nacieron por acaso en la humanidad, porque al principio del mundo, siendo pocos los habitantes, vivieron largo tiempo dispersos, a semejanza de los animales; después, multiplicándose las generaciones, se concentraron, y para su mejor defensa escogían al que era más robusto y valeroso, nombrándolo jefe y obedeciéndole. Entonces se conoció la diferencia entre lo bueno y honrado, y lo malo y vicioso, viendo que, cuando uno dañaba a su bienhechor, producíanse en los hombres dos sentimientos, el odio y la compasión, censurando al ingrato y honrando al bueno. Como estas ofensas podían repetirse, a fin de evitar dicho mal, acudieron a hacer leyes y ordenar castigos para quienes las infringieran, naciendo el conocimiento de la justicia, y con él que en la elección de jefe no se escogiera ya al más fuerte, sino al más justo y sensato. Cuando, después, la monarquía de electiva se convirtió en hereditaria, inmediatamente comenzaron los herederos a degenerar de sus antepasados y, prescindiendo de las obras virtuosas, creían que los príncipes sólo estaban obligados a superar a los demás en lujo, lascivia y toda clase de placeres. Comenzó, pues, el odio contra los monarcas, empezaron éstos a tenerlo y, pasando pronto del temor a la ofensa, surgió la tiranía. Esta dio origen a los desórdenes, conspiraciones y atentados contra los soberanos, tramados no por los humildes y débiles, sino por los que sobrepujaban a los demás en riqueza, generosidad, nobleza y ánimo valeroso, que no podían sufrir la desarreglada vida de los monarcas” (NM: 57-58). De allí el axioma que un legislador para ser sabio, no debe ser solo ingenioso, sino también saber comprender los ritmos del devenir de las sociedades interpretarla y orientarla,  y que la suerte de un gobernante depende no tanto de los humores de los humildes, sino de las rispideces y conspiraciones surgidas en el seno del núcleo de influencia política más próxima es la lo que debe estar atento el gobernante. Éste tema será abordado más adelante en el apartado 4.

Sabiendo que la agencia política es susceptible de todos los tipos de expresiones del ser humano, sea de los bajos instintos como así de los más sublimes, Maquiavelo bien entiende que un justo medio de controles es la mejor medicina contra los vicios del poder. Indefectiblemente esta receta debe ser aplicada a cualquier circunstancia ya que un sabio legislador es una rareza, algunos una probabilidad aún más escasa, y varios de ellos una quimera. “Tal es el círculo en que giran todas las naciones, ya sean gobernadas, ya se gobiernen por sí; pero rara vez restablecen la misma organización gubernativa, porque casi ningún Estado tiene tan larga vida que sufra muchas de estas mutaciones sin arruinarse, siendo frecuente que por tantos trabajos y por la falta de consejo y de fuerza quede sometido a otro Estado vecino, cuya organización sea mejor. Si esto no sucede, girará infinitamente por estas formas de gobierno. Digo, pues, que todas estas formas de gobierno son perjudiciales; las tres que calificamos de buenas [monarquía, aristocracia, democracia], por su escasa duración, y las otras tres [tiranía, oligarquía, demagogia], por la malignidad de su índole. Un legislador prudente que conozca estos defectos, huirá de ellas, estableciendo un régimen mixto que de todas participe, el cual será más firme y estable; porque en una constitución donde coexistan la monarquía, la aristocracia y la democracia, cada uno de estos poderes vigila y contrarresta los abusos de los otros” (NM: 59-60).

Hablar de la malignidad de su índole refiere a un tipo de accionar que necesariamente engendra el elemento de su destrucción. Por lo tanto sean los muchos, los pocos o tan solo uno, es una diferencia de número ya que la exacerbación de pasiones negativas trae consigo el colapso de cualquier estructura, sea una pequeña ciudad licenciosa, sea el imperio de los mil años. Maquiavelo afirma que necesariamente la política predispone al gobernante a la malignidad, por eso en la habilidad del justo se encuentra cimentar la organización política con un ordenamiento de equilibrios y controles en los cuales, a través del conflicto, puedan interactuar las partes.

  1. ANTROPOMORFISMO DEL SUJETO POLÍTICO

La constitución ontológica fundamental del Dasein, a partir del cual resulta posible aprehender ontológicamente la historicidad, es la temporalidad. De esta manera, la tarea de comprender la historicidad nos conduce a la explicación fenomenológica del tiempo.” (Heidegger, 2009: 13)

Un elemento a considerar es la naturaleza de la acción humana, y sobre ello Maquiavelo no se aparta del realismo pesimista, claramente visible cuando sostiene que “según demuestran cuantos escritores se han ocupado de la vida civil y prueba la historia con multitud de ejemplos, quien funda un Estado y le da leyes debe suponer a todos los hombres malos y dispuestos a emplear su malignidad natural siempre que la ocasión se lo permita. Si dicha propensión está oculta algún tiempo, es por razón desconocida y por falta de motivo para mostrarse; pero el tiempo, maestro de todas las verdades, la pone pronto de manifiesto” (NM: 62). Es decir, un poder político instituido en bases sólidas debe presuponer que el temor al castigo es el elemento disciplinador. No contento con ello, recomienda entender al género humano como una especie que obra con un egoísmo innato, que en algunos es atenuado por la empatía altruista que desarrolla comunidad, pero ontológicamente tendemos a la autopreservación por sobre otra pulsión instintiva.

Dícese que el hambre y la pobreza hacen a los hombres industriosos, y las leyes, buenos. Siempre que sin obligación legal se obra bien, no son necesarias las leyes, pero cuando falta esta buena costumbre, son indispensables” (NM: 62). Aquí no da posibilidad a entender a un hombre prepolítico, o que requiera de la política bienes específicos para su vida particular, el ser humano es una especie que necesita desarrollarse en comunidades y expresar una visión ideal de organización, de allí la necesidad de educar el intelecto para refinar los talentos políticos, y de que en efecto se cumpla aquello que Hobbes sentenciará más adelante en la Historia, que justicia es cumplir los pactos.

¿Cuál es entonces la naturaleza de esos pactos? Ya que en su origen se fundará su legitimidad, y ésta es la consumación de un conflicto político, el cual al ser producto de productos sociales, determina que la intención del sistema político define la calidad del sujeto político. En palabras de Maquiavelo “los buenos ejemplos nacen de la buena educación, la buena educación, de las buenas leyes, y estas de aquellos desórdenes que muchos inconsideradamente condenan. Fijando bien la atención en ellos, se observará que no produjeron destierro o violencia en perjuicio del bien común, sino leyes y reglamentos en beneficio de la pública libertad” (NM: 64).

Una república es el mejor sistema posible porque dinamiza de forma dialéctica el poder del Estado, la institucionalización del poder político. De acuerdo a una comprensión de una naturaleza humana corruptible se da que el control sobre la autoridad es de vital importancia para  la supervivencia de las buenas leyes que perfeccionan al humano. Ahora bien, encomendar la observancia de las buenas leyes y costumbres a una élite es tentador, ya que solo restaría la cómoda tarea de obedecer y desarrollarme en el ámbito privado, sin embargo “las aspiraciones de los pueblos libres rara vez son nocivas a la libertad, porque nacen de la opresión o de la sospecha de ser oprimido y cuando este temor carece de fundamento hay el recurso de las asambleas, donde algún hombre honrado demuestra en un discurso el error de la opinión popular. Los pueblos, dice Cicerón, aunque ignorantes, son capaces de comprender la verdad, y fácilmente ceden cuando la demuestra un hombre digno de fe” (NM: 64-65). Que el principio de legitimación de la política sea popular es una definición muy importante porque seculariza algo que es muy terrenal, lo político es una dinámica entre conciencias, colectivas y particulares. El fenómeno de consenso es vital para una fuerza organizada que desea impulsar una dirección política, mientras que el conflicto (que se da entre fuerzas cohesionadas por el consenso interno) y el cumplimiento de pactos preestablecidos dotan de vitalidad al sistema.

Advierte que el mandato de la preservación de la comunidad política es correctamente ejercido por las corporaciones históricamente privilegiadas cuando el antagonismo de fuerzas es tal que corre riesgo la integridad del régimen político, sin embargo indefectiblemente perecerá ante su opuesto interno mientras no sea invadida por una potencia exterior. A decir pues, “quienes entregan la guardia de la libertad a los nobles hacen dos cosas buenas: una, satisfacer la ambición de los que, teniendo mayor parte en el gobierno del Estado, al poseer esta guardia se encuentran más satisfechos; y otra, privar al ánimo inquieto de la plebe de una autoridad que es causa de infinitas perturbaciones y escándalos en las repúblicas, y motivó a propósito para que la nobleza ejecute algún acto de desesperación, ocasionando en lo porvenir funestos resultados” (NM: 66).

Aquí hace referencia al cesarismo de Gramsci, ya que el autor expresa una situación en la cual las fuerzas en lucha se equilibran de una manera catastrófica, o sea de una manera tal que la continuación de la lucha no puede menos que concluir con la destrucción recíproca. Cuando la fuerza progresiva A lucha con la fuerza regresiva B, no sólo puede ocurrir que A venza a B o viceversa, puede ocurrir también que no venzan ninguna de las dos, que se debiliten recíprocamente y que una tercera fuerza C intervenga desde el exterior dominando a lo que resta de A y de B. En Italia, luego de la muerte de Lorenzo el Magnífico en 1492, ha ocurrido precisamente esto.

Pero si bien el cesarismo expresa siempre la solución “arbitraria”, confiada a una gran personalidad, de una situación histórico-política caracterizada por un equilibrio de fuerzas de perspectiva catastrófica, no siempre tiene el mismo significado histórico. Puede existir un cesarismo progresista y uno regresivo; y el significado exacto de cada forma de cesarismo puede ser reconstruido en última instancia por medio de la historia concreta y no a través de un esquema sociológico. Hablamos de una fuerza progresista cuando su intervención ayuda a las fuerzas emancipatorias a triunfar aunque sea con ciertos compromisos y temperamentos limitativos de la victoria; mientras que es regresivo cuando su intervención ayuda a triunfar a las fuerzas conservadoras, también en este caso con ciertos compromisos y limitaciones, los cuales, sin embargo, tienen un valor, una importancia y un significado diferente que en el caso anterior. Por lo tanto, se trata de ver si en la dialéctica revolución-restauración es uno u otro quien prevalece, ya que es cierto que en el movimiento histórico jamás se vuelve atrás y no existen restauraciones completas.

A pesar de caer en la duda de “(…) a quién conviene entregar la guardia de la libertad, no sabiendo quiénes son más nocivos en una república, si los que desean conquistar lo que no tienen o los que aspiran a conservar los honores adquiridos” rápidamente argumentará que “las más de las veces [los disturbios] los ocasionan quienes poseen, porque el miedo a perder agita tanto los ánimos como el deseo de adquirir, no creyendo los hombres seguro lo que tienen si no adquieren de nuevo. Además, cuanto más poderoso, mayor es la influencia y mayores los medios de abusar. Y lo peor es que los modales altivos e insolentes de los nobles excitan en el ánimo de los que nada tienen, no solo el deseo de adquirir, sino también el de vengarse de ellos, despojándoles de riquezas y honores que ven mal usados” (NM: 67-68). Por lo tanto es la dinámica de antagonismos entre los nobles y el pueblo lo que obliga, conflicto mediante, el auto-reconocimiento mutuo como agentes fundamentales, partícipes excluyentes del juego político.

  1. LA ACTUALIDAD DEL TIEMPO POLÍTICO

Toda actividad tiene su gloria, toda competencia sus próceres, la Historia fabrica héroes para la cristalización del Ser Nacional, en la política el bien máximo no es económico sino honorífico, el premio se encuentra en la inscripción indeleble en el corazón de una sociedad.

Cualquier príncipe ambicioso de la gloria del mundo debe desear la posesión de una ciudad corrompida, no para aniquilar por completo en ella las buenas costumbres, como César, sino para reorganizarla, como Rómulo, porque ni el cielo puede dar a los hombres mejor ocasión de gloria, ni los hombres desearla. Y si para constituir bien una ciudad fuera indispensable abdicar la soberanía, quien por no renunciar a esta dejara de hacerlo, merecería alguna excusa, pero no así el que pueda hacer las reformas sin dejar de ser príncipe. En suma: consideren aquellos a quienes el cielo ha puesto en condiciones de realizar tales obras, que ante sí tienen dos vías: una les ofrece seguridad en esta vida y fama y gloria después de la muerte; otra les hará vivir en continua angustia y, muertos, los cubrirá de sempiterna infamia” (NM: 87). Gloria o infamia, esos son los premios de quitar a una ciudad de la corrupción o sumergirla.

La estrategia del cuerpo gobernante debe ser absolutamente pragmática, dado que no puede haber lazo tradicional, alianza cordial, unión futura basada en experiencias, peligros y victorias del pasado. A través de la incesante lucha de los poderes políticos (que es como la de las bestias en el desierto, donde se devoran entre sí y cada una se apodera de todo lo que se puede), las amistades y las alianzas son sólo actitudes y expedientes temporales, forzados por los intereses comunes y sugeridos por la necesidad y el deseo. Pasada la ocasión de ayuda mutua, ha pasado también la razón que daba seguridad a la compañía, pues “la política no está nunca gobernada por la amistad sino por la colaboración y el auxilio momentáneos, inspirados por amenazas comunes o por afines esperanzas de lucro y apoyadas por el natural egoísmo de cada uno de los aliados. No hay nunca una alianza altruista. Las lealtades no existen. Y cuando se confiesa amistad, es sólo una máscara. No puede haber proyectos de unión duradera.” (HZ: 108)

Creo Maquiavelo también adhiere a lo antedicho pues él afirma que “como las cosas humanas están en perpetuo movimiento y no pueden permanecer inmutables, su inestabilidad las lleva a subir o bajar, y a muchos actos induce, no la razón, sino la necesidad; así sucede que una república organizada para vivir sin conquistas, por necesidad tiene que hacerlas, perdiendo con ello los fundamentos de su organización y caminando más rápidamente a su ruina. Por el contrario, si el cielo la favorece hasta el punto de no necesitar la guerra, ocurrirá que del ocio nacerán, o la afeminación de las costumbres, o las divisiones, y ambas cosas, juntas o aisladas, pueden acabar con ella. No siendo posible en mi opinión, el equilibrio en tales cosas, ni seguir la apropiada vía del medio, es indispensable, al constituir una república, pensar en el partido más honroso y ordenarla de modo que, si la necesidad le obliga a hacer conquistas, pueda conservar lo conquistado.” (NM: 72-73) En términos modernos podemos reconocer tal impulso político en la emancipación de las minorías y en la disputa por el dominio de los bloques regionales, donde la primacía de una burguesía industrial competitiva y ávida de mercados impulsa al Estado a obtener mejores acuerdos de cooperación internacional, o la invasión de territorios para asegurar un commoditie a bajo costo y una posición militar estratégica. La dinámica nobleza-pueblo impulsa o el sometimiento o la imposición hegemónica dentro de un sistema de relaciones internacionales.

Si nuestras inquietudes a terreno de la geopolítica nos transporta, creo atinado traer a escena que “la principal fórmula hindú para concretar alianzas y coaliciones extranjeras se basa en un diagrama de anillos concéntricos que representan a los enemigos y aliados naturales. Cada rey debe considerar a su reino como el centro de una especie de blanco rodeado de anillos (mandalas) que representan alternadamente a sus enemigos y aliados naturales. Los enemigos están representados en el primer anillo que lo rodea; son sus vecinos inmediatos, todos ellos listos a dar el zarpazo. El segundo anillo es el de sus amigos naturales, es decir, los reyes que están a la espalda de sus vecinos y que, por el hecho mismo de ser vecinos, los amenazan. Más allá hay un anillo de peligro más remoto, que interesa porque puede reforzar a los enemigos inmediatos. Además, dentro de cada anillo hay divisiones que representan naturales rencores recíprocos; pues como cada reino tiene su propio mandala, se entiende que existe un complicado conjunto de tensiones en todo sentido. Este plan de recíprocos encierros debe ser proyectado, considerado cuidadosamente, y luego utilizado como base de la acción. En él se dibuja y expresas cierto equilibrio y tensión de potencias naturales, y también se prefiguran los terribles estallidos periódicos de conflictos que se generalizan ampliamente. Como principio social de carácter universal se da por supuesto que los vecinos son propensos a la enemistad, la envidia y la agresión, y que cada uno de ellos aguarda el momento de atacar traidoramente por sorpresa” (HZ: 132/133).

Dicho lo anteriormente citado, podemos imaginar el complejo entramado de poder que debe enfrentar nuestro legislador deseoso de la gloria que provocare para sí, luego de su muerte, el justo ordenamiento de una ciudad corrompida. Debemos sospechar también que parte de esa corrupción puede ser inducida por los vecinos, de tendencia natural a la desconfianza, para debilitar las potencias progresivas de una comunidad política. Por ello, volviendo a lo dicho, el sistema de controles se hace fundamental para llevar adelante la elevación cultural de la comunidad.

Propondrá Maquiavelo que es indispensable que quienes bajo su responsabilidad se encuentra el resguardo de la libertad, tengan la facultad de acusar ante el pueblo o ante un magistrado o consejo a los ciudadanos que de algún modo infringen las libertades públicas. Dirá que esta organización tiene dos resultados utilísimos para la república: “consiste el primero en que los ciudadanos, por miedo a que los acusen, nada intentan contra el Estado; y si lo intentan, sufren inmediato e inevitable castigo; y el segundo en abrir camino para el desahogo de la animadversión que por cualquier causa llega a inspirar algún ciudadano; porque cuando estas antipatías no tienen medios ordinarios de manifestación, se apela a los extraordinarios, arruinando la república. Nada contribuye más a la estabilidad y firmeza de una república como el organizarla de manera que las opiniones que agitan los ánimos tengan vías legales de manifestación” (NM: 73-74). El principio rector de una organización política es el derecho, es su Cronos, lo que un sistema no puede cerrar es el devenir loco de las fuerzas interiores, que son Aión.

CONCLUSIÓN

Un Sistema es exitoso, por lo tanto, mientras sobreviva a los vaivenes geopolíticos y permita que en el desarrollo de sus fuerzas, éstas aprehendan elementos de cultura política universalizables tales como libertad, justicia, belleza. Maquiavelo sabe que la definición de libre, justo y bello se da en la dinámica de  los opuestos que conforman el fenómeno de organización política y que, al ser un sistema generalizado, hay un sinfín de unidades interactuando entre sí.

Una unidad soberana lo es, entre otros elementos, por el reconocimiento de las demás potencias y porque puede disciplinar bajo su órbita a los demás subelementos políticos. La gravitación de dicha unidad soberana depende del peso de sus decisiones a nivel internacional, del grado de autosuficiencia que pueda generar respecto del comercio internacional y la capacidad de innovación tecnológica que logre desarrollar, para ello debe haber un sistema al interior del Estado orientado a potenciar sus fuerzas productivas en pos de una definición más o menos homogénea de libertad, belleza y justicia.

Libertad en torno a determinar cuál es la frontera del libertinaje, en qué momento se desarticula la autoridad que ordena, qué me está permitido hacer en mi intimidad y en mi vida pública, cómo lograr la universalidad del acceso a los servicios sociales básicos, cómo hacer para que todo servicio sea digno. Belleza en lo que respecta al nivel de expresividad de  las pasiones humanas, la creatividad y la pureza son bellas, la creatividad es la base de la innovación, la innovación hace a la técnica más eficiente en su resultado final. Lo justo como lo igual, como la dignificación de las labores comunitarias, donde quien la desempeña guarde por un interés que no es el particular, por lo cual no es un interés aprehensible por los particulares, sino por quien ha internalizado su politicidad innata. Éstos deben observar por el correcto funcionamiento del sistema político y permitir la adecuación a cada devenir de Cronos  de como Aión se manifieste, velando siempre por el resguardo de la libertad.

Ningún hombre sabio censurará el empleo de algún procedimiento extraordinario para fundar un reino u organizar una república; pero conviene al fundador que, cuando el hecho le acuse, el resultado le excuse; y si este es bueno, como sucedió en el caso de Rómulo, siempre se le absolverá. Digna de censura es la violencia que destruye, no la violencia que reconstruye. Debe, sin embargo, el legislador ser prudente y virtuoso para no dejar como herencia a otro la autoridad de que se apoderó, porque, siendo los hombres más inclinados al mal que al bien, podría el sucesor emplear por ambición los medios a que él apeló por virtud. Además, si basta un solo hombre para fundar y organizar un Estado, no duraría este mucho si el régimen establecido dependiera de un hombre solo, en vez de confiarlo al cuidado de muchos interesados en mantenerlo. Porque así como una reunión de hombres no es apropiada para organizar un régimen de gobierno, porque la diversidad de opiniones impide conocer lo más útil, establecido y aceptado el régimen, tampoco se ponen todos de acuerdo para derribarlo.” (NM: 82)

Cronos es sucesión, Aión ruptura. Cronos consuma la destrucción, y toda destrucción es violenta, sea abrupta o un colapso paulatino. La violencia que reconstruye es la primacía en un contexto de guerra civil de una fuerza sobre otra, agotadas las instancias políticas, la contienda se traslada a otras arenas donde el ganador toma todo y reordena los patrones nuevamente; mientras que el perdedor o se repliega o es aniquilado, pero se mantiene al margen. A punto tal que el vencedor se transforma en poder constituyente y, dados los elevados costos de consenso sobre los fundamentos de un ordenamiento social, insta a que una voluntad se imponga antes que una asamblea de ellas dada la natural inclinación del ser humano ante el interés privado por sobre otros, de hecho resalta que el mejor escenario posible es el resguardo del régimen en manos de los muchos, por la dificultad de consensuar su abolición.

En suma, ¿cuál es el factor más poderoso y, en última instancia, decisivo, en la incesante lucha vital por la existencia y por el éxito: el valor personal o el simple y fatal curso del tiempo? Indefectiblemente el valor personal de trascender en la medida en que la Historia lo llame a protagonizar, pero, la inmensa mayoría de los mortales nos encontramos en la laboriosa prioridad de irrumpir sobre la infinitud de Cronos con la potencia de lo ilimitado, con la hidalguía del legislador que, en busca de la gloria post mortem, ordene el sistema de forma tal que éste se purgue por la dinámica propia del conflicto de seres pasionales.

BIBLIOGRAFÍA

  • Deleuze, Gilles. Lógica del sentido. Ed. Paidós, Buenos Aires, 2005.
  • Maquiavelo, Nicolás. Discursos sobre la Primera Década de Tito Livio. Ed. Losada. Buenos Aires, 2004.
  • Zimmer, Heinrich. Filosofías de la India. Ed. Sexto Piso, Madrid, 2011.
  • Heidegger, Martin. El concepto de Tiempo. Ed. Herder, Barcelona, 2009.
  • Prabhupada, A.C. Bhaktivedanta Swami. El Bhagavad-Gita Tal Como Es, – Brasil : Fondo Editorial Bhaktivedanta, 1991.
  • El Nuevo Testamento. Ed. Sociedades Bíblicas Unidas, 4ta ed, 1983.

1 Comment

  1. Excelente artículo. Serio y científico. Un tema del que no tengo mucho conocimiento (son sincero) pero gracias a ti me has dado mucha información. Gracias 🙏🏾 Un placer leerte y seguirte

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