La restauración Meiji

Según Barrington Moore, la historia política del Japón moderno a partir de la Restauración Meiji (1868-1912) puede dividirse en tres grandes fases, la primera de las cuales es caracterizada por el fracaso del liberalismo agrario y concluye en 1889, al adoptarse una Constitución formal y algunos de los arreos de la democracia parlamentaria. La segunda se cierra con la impotencia de las fuerzas democráticas para derribar las barreras impuestas por aquel sistema, resultado que se manifiesta de par en par en los primeros años treinta tras el estallido de la Gran Depresión.

La crisis de los años treinta inaugura la tercera fase, en la que se desarrolla una economía de guerra y la versión japonesa de un régimen totalitario de derechas.

El problema japonés, desde el punto de vista de los gobernantes Meiji (según sostiene el autor), se cifraba en lograr que las clases altas de las zonas rurales aceptasen el nuevo orden. Los Meiji se habían propuesto dotar al país de flota, pertrechos militares e industria pesada, y ello requería imponer cargas más onerosas sobre la tierra. Para ello “su estrategia gubernamental fue la amalgama de represión policiaca, medidas económicas para mitigar algunos de los motivos de descontento sin poner en peligro la hegemonía del grupo dominante, y decapitación de los grupos opositores ofreciendo a sus líderes puestos atrayentes dentro de la burocracia.”

El tejido social japonés, a su vez, estaba compuesto por una clase obrera industrial muy rudimentaria; los campesinos, que si bien constituían una fuente de oposición, eran relativamente débiles y estaban divididos; las clases mercantiles aún dependían en alto grado de la aristocracia feudal. Por ello sostiene el autor que la Constitución, sancionada sobre consenso aristocrático, reflejó ese equilibrio de las fuerzas sociales y, poniéndole el sello de legitimidad imperial, ayudó a estabilizarlo y perpetuarlo.

En términos estadísticos William Beasley grafica el progreso japonés durante el proceso de Restauración afirmando que “La población total de Japón en 1873 era de 35 millones de personas, mientras que en 1925 era de 60 millones, la mayor parte vivía en ciudades y pueblos. El periodo Meiji comenzó con algo más de noventa pueblos de 10.000 habitantes o más, y unas cinco ciudades de por lo menos 100.000. Para comienzos de la década de 1920 aproximadamente un 30% vivía en comunidades de ese tamaño, mientras que las seis ciudades más grandes albergaban, en promedio, a más de medio millón de habitantes cada una.”

La modernización de la agricultura hizo mayor diferencia en la cantidad producida que en el estilo de vida rural. La gran incidencia del arriendo en esos años (un promedio nacional de 45% del total de las tierras disponibles) puede explicarse en parte como el resultado de que los agricultores existentes tomaban más tierras porque ello provocaría mayores ganancias. En tanto los campesinos-arrendatarios eran los pobres del campo, lo cual implicó una sustancial diferenciación de los estándares de vida; además las mejoras agropecuarias de la Restauración no se habían extendido a todo el territorio del país pues el noreste, en particular, se mantuvo atrasado y pobre.

La competencia del arroz importado después de 1920 tornó muy difícil la vida para los campesinos; los productores de las áreas más fértiles y accesibles pudieron responder a los tiempos duros diversificando las plantaciones o dedicando mayor esfuerzo a trabajos no agrícolas, aunque en ciertas partes todavía perduraban casos de pobreza extrema.

A niveles generales el poder adquisitivo creció en promedio un 30%, aunque no fue uniforme para todas las ramas, ni para el género femenino. En el campo industrial, la fuerza laboral activa japonesa para 1920 era de 27 millones de personas, de los cuales 1.6 millones lo hacían en fábricas y una sexta parte en labores de manufactura. Los salarios eran mantenidos lo más bajo posible por los empleadores sobre la base de que ésta era la única manera en que Japón podría competir con las industrias tecnológicamente avanzadas y de capital intensivo de Occidente. A pesar de ello los salarios aumentaron más que los costos de vida afirma el autor.

Los trabajadores comenzaron a organizarse a comienzos del último decenio del siglo XIX y “para 1919 ya existían 187 sindicatos en el país que protagonizaron alrededor de 500 disputas” . Para 1925 el Sodomei (Federación del Trabajo) englobaba a 250.000 voluntades bajo su influencia; la política del gobierno de represión de las manifestaciones laborales y el fomento de actividades de rompe-huelgas por parte de los propietarios inclinó progresivamente al Sodomei cada vez más hacia la izquierda.

Con respecto al empresariado, en 1917 se funda el Club Industrial para representar a cerca de 200 zaibatsu (grandes grupos económicos) y otros grandes intereses, con un total de mil miembros para 1928, y en acción mancomunada con la Nissho (Cámara de Comercio de Japón), que englobaba a empresas más pequeñas, conformaron la voz empresaria en materia de política nacional.

En materia ideológica, las altas capas del poder japonés optaron por una ideología conservadora nacionalista que consideraba a la tradición como la mejor garante contra la revolución y constaba de un discurso que enfatizaba en la preservación de la unidad nacional, mayormente manifiesto luego de la victoria en la guerra con Rusia en 1905.

La figura del Emperador siguió siendo predominante, sobre todo luego del prestigio obtenido por el triunfo antes mencionado y por el éxito de la campaña contra China, iniciada en 1931 y que devino en la colonización del territorio continental. Una consecuencia práctica de esto es que se comenzaron a dictar cursos de ética en las escuelas para 1910, cuyos objetivos eran proveer a Japón de una ciudadanía disciplinada que la guerra moderna necesitaba, mientras que le brindase al ejército una base firme para la probación popular a su rol en los asuntos nacionales; mientras que otro era el de contrarrestar la influencia “inmoral” del capitalismo criticando fuertemente el principio del individualismo egoísta. Las acciones de hegemonización ideológica también abarcaron una política de hostilidad hacia las diversas manifestaciones de agrupaciones simpatizantes con ideas vinculadas al marxismo, que iban desde la desfinanciación de sus actividades, las trabas legales para la contienda política institucional, la represión directa por parte de las fuerzas de seguridad hasta legislaciones punitivas hacia expresiones consideradas extremistas de militantes de las izquierdas.

En el campo político institucional fue complicada la normalización de las funciones de la Dieta pues desde su primera elección en 1890 hasta 1905 siempre fue reacia a ser funcional a los intereses de la casa Meiji. Recién luego de la guerra con los rusos se logró la aceptación de parte de los partidos de que, con excepción de la revolución, la posición del establishment era inexpugnable; mientras que también asimilaron el gabinete y los Genro (figuras líderes dominantes de Meiji) que sin el apoyo de la Dieta era imposible el correcto funcionamiento del andamiaje institucional que instituía la Constitución dictada en 1889.

Lapso de tensiones entre los Seiyukai (Asociación de Amigos Políticos), funcionales a los intereses del poder dominante, y los sectores excluidos devino en la sanción, en mayo de 1925, del Acta de Sufragio Universal que otorgó el derecho a voto a todos los hombres mayores de 25 años, aumentando el padrón electoral de 3 a 13 millones de sufragantes; mientras que la Ley de Preservación de la Paz habilitaba la condena a quienes participasen en las formas más extremas de militancia de izquierda.

Dentro de la vida parlamentaria las diferencias políticas resultaban secundarias puesto que el éxito de una iniciativa dependía, fundamentalmente, de los arreglos interpersonales antes que del debate. Ello explicado en parte porque “las familias zaibatsu poseían un número de vínculos por casamiento con importantes funcionarios.

Para la década del 30 uno de cada ocho miembros de la Cámara Baja de la Dieta, distribuidos de igual forma entre los partidos mayoritarios, y más de uno de cada cuatro miembros de la Cámara de los Nobles, u ocupaban puestos dentro de los zaibatsu o tenían parientes cercanos que lo hacían.”

Fuentes:

– Beasley, William, The rise of Modern Japan, ed. Tuttle, 1995

– Barrington Moore, Jr. Los orígenes sociales de la dictadura y la democracia, ed. Península, 1973

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