Inconciente montonero

Palabras clave

Líder – psicología de las masas – guerrilla

1. Introducción

Un conjunto de creencias colectivas construidas socialmente se van creando y recreando en el curso de nuestras interacciones a partir de un doble proceso de objetivación y anclaje que nos muestra la interdependencia existente entre toda actividad psicológica y su contexto social. Dirá Carlos Sayago que “si en la objetivación asistimos al proceso por el que lo social transforma un conocimiento en representación, haciendo corresponder las palabras con las cosas por medio de un conjunto de significantes que los individuos transforman en significado, el anclaje nos muestra como esta representación transforma lo social, insertándolo dentro de un pensamiento constituido, en un sistema de categorías que lo integra permitiendo su instrumentalización para transformar un fenómeno extraño en un objeto familiar”1.

Por lo pronto, aplicar categorías del psicoanálisis freudiano a un fenómeno tan particular como Montoneros no parece facilitar a priori la empresa de valorar objetivamente un Momento Histórico del que no tengo registro personal alguno, salvo las huellas que ha dejado en varias personas de la generación de mi padre (él incluido), para quienes la “Juventud del 70” resulta ser un significante asociable a valores de pureza ideológica, convicciones sólidas y muchachos de armas tomar. La impronta épica remite a la máxima que la conservación del pasado en la vida anímica es más bien la regla, en mi caso particular, el deber que tuvo y tiene él de transmisor de valores, conductas e interpretaciones de los hechos que en el trabajo se irán relatando (sumado a la vigencia actual del tópico), han sido los disparadores para abordar este hecho en particular y desde el enfoque psicoanalítico como bagaje teórico-interpretativo. Si bien el psicoanálisis nace en el campo de la medicina como técnica para el tratamiento de las llamadas enfermedades nerviosas, buscando la etiología y los mecanismos psíquicos generadores de esos extraños fenómenos que se conocían bajo el nombre de histeria, “existe un capitulo en la obra freudiana tal vez tal vez no suficiente explorado, donde relacionando los procesos culturales y las etapas evolutivas del hombre Freud avanza en su análisis sobre el Ejército, la Iglesia, el militarismo, la propiedad privada, el fascismo, el antisemitismo, la violencia y la guerra como fenómeno atemporal que convierte en vana ilusión a las utopías totalitarias de lograr un orden mundial donde la disputas entre los hombres desaparecerían definitivamente”2.

Si hay algo que a ninguna persona del rango etario de mi padre le despierta indiferencia es la figura del General Perón, amén de los juicios personales es imposible no pormenorizar en su devenir exiliado para entender porqué la moda foquista y el Movimiento gestaron este híbrido marxista- peronista a principios de los 70.

Caben a esta empresa interrogantes como ¿Por qué el mito de Perón era asimilado a un significante tal como “socialismo nacional”? ¿Daba el líder indicios de lo que sería su voluntad una vez en el poder nuevamente? Si En la cima del enamoramiento amenazan desvanecerse los límites entre el yo y el objeto, ¿qué tanto de Montoneros había en la figura que hubieran de construir sobre el General? ¿Qué tan útiles pueden ser los conceptos de conciencia de culpa, identificación, superyó, libido, mimesis y cultura para entender el fenómeno? Si la premisa era imitar del fascismo todo menos sus errores ¿lo hubo de lograr el General?, por lo que ¿puede el proyecto peronista haber tenido aspiraciones totalitarias?

2. Elementos conceptuales del psicoanálisis freudiano

A la hora de comenzar a analizar un fenómeno social de implicancias políticas claves para el devenir de su Tiempo; si se concuerda que para el entendimiento cabal del funcionamiento de un colectivo de acción es menester describir la crisis del sujeto y la solución que representa la masa; y si la solución autoritaria ha sido la tendencia de esta multitud organizada; creo que las categorías descriptas por Sigmund Freud en el malestar en la cultura serán buenas herramientas para arribar a una conclusión final.

a. La escisión del yo y la Cultura

Originariamente el yo lo contiene todo y a medida que valla experimentando segregará de sí un mundo exterior. Por lo tanto nuestro sentimiento yoico del hoy es sólo un comprimido resto de un sentimiento más abarcador que correspondía a una atadura más íntima del yo con el mundo circundante; ergo, queda instaurado el principio de realidad destinado a gobernar el desarrollo posterior. Este distingo sirve al propósito práctico de defenderse de las sensaciones displacenteras registradas y de las que amenazan, por lo que de ese modo se contrapone por primera vez al yo un objeto como algo que se encuentra afuera y solo mediante una acción particular es esforzado a aparecer. Una posterior impulsión a desasir el yo de la masa de sensaciones (vale decir, a reconocer ese afuera -lo exterior a sí-), es lo que proporciona las frecuentes, múltiples e inevitables sensaciones de dolor y displacer, que el principio de placer, amo irrestricto, ordena cancelar y evitar. Nace, por lo antedicho, la tendencia a segregar del yo todo lo que pueda devenir fuente de un tal displacer, a arrojarlo hacia afuera, a formar un puro yo placer, al que se contrapone ese ahí-afuera ajeno, amenazador.

Si ese afuera violento hacia el yo lo amenaza constantemente, lo que interesa entonces es determinar cuánta satisfacción real pueda esperar del mundo exterior, y la medida en que sea movido a independizarse de él, ó la fuerza con que él mismo crea contar para modificarlo según sus deseos. Hay un factor que es decisivo: la constitución psíquica del individuo. Si es predominantemente erótico, antepondrá los vínculos de sentimiento con otras personas; si tiende a la autosuficiencia narcisista, buscará las satisfacciones sustanciales en sus procesos anímicos internos. El hombre de acción no se apartará del mundo exterior, que le ofrece la posibilidad de probar su fuerza. En el caso que tenga una posición intermedia entre estos tipos, la índole de sus dotes y la medida de sublimación de pulsiones que pueda efectuar determinarán dónde haya de situar sus intereses.

El vínculo erótico, además de los componentes sádicos que le son propios, con harta frecuencia lleva acoplado un monto de inclinación a la agresión directa. El prójimo no es solamente un posible auxiliar y objeto sexual, sino una tentación para satisfacer en él la agresión, explotar su fuerza de trabajo sin resarcirlo, usarlo sexualmente sin su consentimiento, desposeerlo de su patrimonio, humillarlo, infringirle dolores, martirizarlo y asesinarlo.

Freud propone el concepto de libido para explicar lo que une los unos con los otros a los individuos que forman parte de una multitud, así también las modificaciones psíquicas que experimentan, y tiene como núcleo el amor sexual. Es también la que actúa en la relación entre el líder y masa, la causa de la sugestión.

La libido es, en primer lugar, la unidad que abarca y retiene juntos a los individuos. Unidad que sería de orden erótico en diversos grados. En segundo lugar, la sumisión de la multitud al conductor, debida al hecho de que aquella renuncia al amor de sí misma y se ve predominar el amor a los demás. Pero esta sumisión es frágil y amenazada, ya que el conductor recibe gratuitamente de la multitud un afecto que rechaza o que es incapaz de devolver a cambio. Con el fin de paliar este inconveniente, se transforma la no-reciprocidad real entre los polos de la jerarquía social en una reciprocidad ilusoria. Los individuos se imaginan entonces que “reciben a cambio el equivalente de lo que ellos dan. (…) En la economía afectiva de la sociedad el intercambio desigual adopta la apariencia de un intercambio igual. La dominación de los conductores incluye una plusvalía”3.

El nombre de libido puede aplicarse nuevamente a las exteriorizaciones de fuerza del Eros, a fin de separarlas de la energía de la pulsión de muerte. Corresponde admitir que cuando esta última no se trasluce a través de la liga con el Eros, resulta muy difícil de aprehender; se la coliga sólo como un saldo tras el Eros, por así decirlo, y se nos escapa. En el sadismo, donde ella tuerce a su favor la meta erótica, aunque satisfaciendo plenamente la aspiración sexual, obtenemos la más clara intelección de su naturaleza y de su vínculo con el Eros. Pero aún donde emerge sin propósito sexual, incluso en la más ciega furia destructiva, es imposible desconocer que “su satisfacción se enlaza con un goce narcisista extraordinariamente elevado, en la medida en que enseña al yo el cumplimiento de sus antiguos deseos de omnipotencia”4. Atemperada y domeñada, inhibida en su meta, la pulsión de destrucción, dirigida a los objetos, se ve forzada a procurar al yo la satisfacción de sus necesidades vitales y el dominio sobre la naturaleza.

El término cultura para Freud designa “toda la suma de operaciones y normas que distancian nuestra vida de la de nuestros antepasados animales, y que sirven a dos fines: la protección del ser humano frente a la naturaleza y la regulación de los vínculos recíprocos entre hombres”5. A su vez, la sublimación de las pulsiones es un rasgo particularmente destacado del desarrollo cultural; ya que que posibilita que actividades psíquicas superiores –científicas, artísticas, ideológicas- desempeñen un papel tan sustantivo en la vida cultural. Dado este contexto, indefectiblemente las pasiones que vienen de lo pulsional serán más fuertes que unos intereses racionales, en tanto la inclinación agresiva es disposición pulsional autónoma, originaria, la cultura encuentra en ella su obstáculo más poderoso.

Esta pulsión de agresión es el retoño y el principal subrogado de la pulsión de Muerte, némesis necesaria y suficiente del Eros, ya que comparte con este el gobierno del universo. La lucha entre la pulsión de vida (Eros) y la pulsión de destrucción (Muerte) es el contenido esencial de la vida en general, y por eso “el desarrollo cultural puede caracterizarse sucintamente como la lucha por la vida de la especie humana”6. La agresión es introyectada, interiorizada, pero en verdad reenviada a su punto de partida, vale decir: vuelta hacia el yo propio. Ahí es recogida por una parte del yo, que se contrapone al resto como superyó y entonces, como conciencia moral, está pronta a ejercer contra el yo la misma severidad agresiva que el yo habría satisfecho de buena gana en otros individuos, ajenos a él. Llamamos conciencia de culpa7 a la tensión entre el superyó que se ha vuelto severo y el yo que le está sometido. Se exterioriza como necesidad de castigo. Por consiguiente, la cultura yugula el peligroso gusto agresivo del individuo debilitándolo, desarmándolo y vigilándolo mediante una instancia situada en su interior. El impedimento de la satisfacción erótica provoca una inclinación agresiva hacia la persona que estorbó aquella, y esta agresión misma debe ser a su vez sofocada. En tal caso, es solo la agresión la que se trasmuda en sentimiento de culpa al ser sofocada y endosada al superyó8.

Bajo este contexto, la cultura tiene que movilizarlo todo para poner límites a las pulsiones agresivas de los seres humanos, para sofrenar mediante formaciones psíquicas reactivas sus exteriorizaciones. De ahí el recurso a métodos destinados a impulsarlos hacia identificaciones y vínculos amorosos de meta inhibida; de ahí la limitación de la vida sexual y de ahí, también, el mandamiento ideal de amar al prójimo como a sí mismo, que en la realidad efectiva sólo se justifica por el hecho de que nada contraría más a la naturaleza humana originaria. Puesto que la cultura obedece a una impulsión erótica interior, que ordena a los seres humanos unirse en una masa estrechamente atada, sólo puede alcanzar esta meta por la vía de un refuerzo siempre creciente del sentimiento de culpa. En suma, lo que había empezado en torno del padre se consuma en torno de la masa.

El superyó de la cultura, en un todo como el del individuo, plantea severas exigencias ideales cuyo incumplimiento es castigado mediante una angustia de la conciencia moral, por lo que los procesos anímicos correspondientes nos resultan más familiares y accesibles a la conciencia visto del lado de la masa que del lado del individuo. En este punto los dos procesos, el de desarrollo cultural de la multitud y el del propio individuo, suelen ir pegados, por así decir. Por eso numerosas exteriorizaciones y propiedades del superyó pueden discernirse con mayor facilidad en su comportamiento dentro de la comunidad cultural que en el individuo.

b. El sacrificio consentido

Las tendencias antisociales por naturaleza son, en primer lugar, el narcicismo, entendido como un amor exclusivo al propio cuerpo y al propio yo que hace al individuo impermeable a los deseos de los demás e intolerante a lo que no es él. Este concepto es rico ya que desprende conclusiones como que allí donde se detiene el amor a sí mismo viene a alojarse el odio al otro. En segundo lugar, la satisfacción inmediata de los deseos y de los instintos, especialmente sexuales, es también obstáculo para la creación de un vínculo social. En efecto, el impulso erótico atrae a los individuos el uno hacia el otro y los une. Pero, satisfecho el deseo, se separan de nuevo y, una vez separados, cambian de pareja. Únicamente una desviación de esas tendencias, la renunciación a su satisfacción, puede reducir la amplitud de las fluctuaciones, y con ello, incitar a los individuos a constituir una multitud duradera que repose sobre una organización y un ideal superior.

Cuando una aspiración pulsional sucumbe a la represión, sus componentes libidinosos son traspuestos en síntomas, y sus componentes agresivos, en sentimiento de culpa; por ello toda neurosis esconde un monto de sentimiento de culpa inconsciente, de ello se desprende que sus síntomas sean, principalmente, satisfacciones sustitutivas de deseos sexuales incumplidos. En el desarrollo del individuo, se establece como meta principal el programa del principio de placer, es decir conseguir una satisfacción dichosa; en cuanto a la integración en una comunidad humana, o la adaptación a ella, aparece como una condición difícilmente evitable y que debe ser cumplida en el camino que lleva al logro de la meta de dicha. En síntesis, “el desarrollo individual se nos aparece como un producto de la interferencia entre dos aspiraciones: el afán por alcanzar dicha, que solemos llamar “egoísta”, y el de reunirse con los demás en la comunidad, que denominamos “altruista””9.

Una vez despierto, el deseo de unirse, la libido erótica vence a la libido narcísica. El amor permite rodear el obstáculo del narcisismo y refrenar las tendencias antisociales de los individuos debido a que por la añadidura de elementos eróticos, las inclinaciones egoístas se transforman en inclinaciones sociales, y no se tarda en comprobar que ser amado es una ventaja a la cual se puede y se debe sacrificar muchas otras. La familia, producto ella misma de las condiciones económicas, por el proceso de educación de los hijos, crea un tipo de estructura del carácter, Freud observa que su resultado es una represión de la sexualidad, una disciplina del cuerpo y la conformidad con las formas del orden. Al término de la infancia, apunta Freud, cada uno de nosotros está dispuesto a plegarse y ya aguarda a ser mandado por un conductor, demostrándose así que la represión sexual debe ser tomada en cuenta como uno de los mecanismos de la dominación política. Al renunciar a la satisfacción del deseo el individuo ha interiorizado un interdicto o una represión externa, y acepta voluntariamente lo que se llevaba a cabo en otro tiempo involuntariamente.

La identificación general es el acto por imitar, de reproducir un modelo. Además, incluye un sentimiento de apego, una comunión con aquel a quien se imita y se reproduce, definiéndola Freud como “la asimilación de un yo a otro, lo que tiene como resultado que el primer yo se comporta como el segundo en ciertos aspectos, lo imita y, en un sentido, lo acoge en sí mismo”10. El sacrificio consentido permite dominarse y dominar la relación con otro. Este mecanismo aleja el peligro de rechazo o agresión por parte del grupo, de nuestros superiores o de nuestros allegados. Ser como los demás, anónimos y sinónimos, es con frecuencia un seguro de vida.

La repetición tiene por función restablecer la armonía perturbada. Tiende al retorno al estado anterior, efectivo o imaginario. La repetición tiene siempre, por lo demás, valor de confirmación de un vínculo y de perfeccionamiento de éste; ella se revela, después, como una maniobra de simulación, y tendrá por objeto conjurar un peligro, la hostilidad de los hombres o de los elementos. El orden, por su parte, es una suerte de compulsión de repetición que, una vez instituida, decide cuándo, dónde y cómo algo debe ser hecho, ahorrando así vacilación y dudas en todos los casos idénticos. Lo mismo ocurre con las masas que imitan a su jefe, que llevan su nombre y que repiten sus gestos. Se doblegan ante él y, simultáneamente y desconociéndolo, lo embaucan hasta que al fin cae en la trampa.

En suma, repetición, simulación y apropiación son mecanismos propios de cada identificación con un individuo, grupo o idea. La identificación nos da la posibilidad de evitar una situación de tensión o disgusto, respaldado por la tendencia general de los hombres a obtener sin cesar nuevos ejemplares de los clichés que llevan consigo, y la repetición una noción de estabilidad; por ello Freud sentencia que el modelo del padre sustituye al padre, objeto de amor y de odio. “La identificación reemplaza los padres reales por los ideales, tales como deben ser en el interior, y no tales como son por fuera. La identificación se convierte así en la atadura más importante con que un individuo se liga en su existencia. Lo impulsa a incorporar la figura que le ha sido impuesta como prototipo. Por ella aprende a asimilar y obedecer a todas las variantes de ese prototipo, a todos cuando hagan las veces de padre (o madre) a quienes encuentre en el transcurso de su vida”11.

Freud considera que en un caso particularmente frecuente y significativo, la identificación se efectúa al margen e independientemente de toda actitud libidinal respecto de la persona copiada. La cual puede ocurrir siempre que una persona descubra en sí un rasgo que le sea común con otra persona sin que ésta constituya para ella un objeto de deseo libidinoso. Cuanto más importantes y numerosos sean los rasgos comunes, más completa será la identificación y corresponderá así al comienzo de una nueva atracción.

c. Regresión: el momento de la masa

El vínculo entre el superyó y el yo es el retorno, desfigurado por el deseo, de vínculos objetivos entre el yo todavía no dividido y un objeto exterior. La diferencia esencial consiste en que la severidad originaria propia del superyó no es –o no es tanto- la que se ha experimentado de parte de ese objeto o la que se le ha atribuido, sino que subroga la agresión propia contra él. Si esto es correcto, es lícito aseverar que efectivamente la conciencia moral ha nacido en el comienzo por la sofocación de una agresión y en su devenir ulterior se refuerza por nuevas sofocaciones de esa índole; posee la función de vigilar y enjuiciar las acciones y los propósitos del yo, por lo que ejerce una actividad censora. El sentimiento de culpa, la dureza del superyó, es entonces lo mismo que la severidad de la conciencia moral; es la percepción, deparada al yo, de ser vigilado de esa manera, la apreciación de la tensión entre sus aspiraciones y los reclamos del superyó. El superyó no se forma a imagen y semejanza de un individuo dominante, el padre, sino de un minigrupo social que comprende por lo menos a las dos figuras paternas. El superyó representa la instancia más elevada de la evolución del hombre, y el fiador de todas sus funciones sociales, de la religión y de la ideología.

En consonancia Reich sostendrá que las instancias morales en el hombre, muy lejos de tener un origen supraterrenal, derivan escencialmente de las medidas educativas de los padres y de sus representantes en la primera infancia. En el centro de estas medidas educativas actúan aquellas que van dirigidas contra la sexualidad del niño. “El conflicto que originariamente se crea entre los deseos del niño y las prohibiciones de los padres, se continúa enseguida como conflicto entre pulsión y moral en el interior de la persona”12. Las instancias morales, que son en sí mismas inconcientes, actúan en el adulto contra el conocimiento de las leyes de la sexualidad y de la vida psíquica inconciente; sostienen la represión sexual y explican la reacción contraria del mundo respecto al descubrimiento de la sexualidad infantil.

Freud se propone zanjar también el abismo que separa a la psicología individual, de la psicología colectiva, cuando diagnostica que “las masas conservan huellas mnémicas transmitidas hereditariamente de los grandes traumatismos de la humanidad y así asediada por un oscuro sentimiento de culpa nacida de aquel parricidio original, en virtud del retorno de lo reprimido – hechos, acontecimientos , episodios, que nunca pueden ser extinguidos por su carácter inconciente- la violencia , los crímenes , las dictaduras , los magnicidios , las revoluciones y las guerras reaparecen cíclicamente bajo la forma de síntomas en la vida de los pueblos”.13

El inconsciente es una noción que explica la vida psíquica de los individuos, cuando no hace sino describir la de las masas. El inconsciente descubierto por el psicoanálisis contiene sobre todo los materiales sofocados, reprimidos por el yo de cada individuo. El individuo regresa hacia la masa, este movimiento de retorno afectivo e intelectual en la multitud, da la pauta de que la sugestionabilidad es una cualidad de todos los seres sociales. Describirá Freud que el hombre masa actúa como autómata desprovisto de voluntad propia bajo la influencia de fuerzas inconscientes, sentenciando que de esta forma desciende varios grados en la escala de la civilización. En cuanto a la masa en si “es impulsiva e irritable. Crédula, carece de espíritu crítico. Dogmática, no experimenta ni la duda ni la incertidumbre. De ahí su actitud intolerante, pero también su confianza ciega en la autoridad. Fundamentalmente conservadora, lo irreal opera sobre ellas con la misma fuerza que lo real, teniendo una visible tendencia a no establecer distinción entre lo uno y lo otro”14.

El conductor es una fuerza a la vez multiforme y enteramente desnuda que se perfila detrás del hipnotizador, su prototipo15. La hipnosis es una seducción violenta ejercida contra el individuo y la regresión de la multitud es su precio. Los verdaderos seductores, que levantan a las multitudes enteras en un ímpetu amoroso para desviarlas en su propia ventaja, “vivos son objeto de una adoración; muertos continúan suscitando pasiones causando estragos en las emociones y la memoria de cada cual”16. El conductor es una persona que no ama y, en el límite, no puede amar más que a uno solo: él mismo. “Incluso en la situación aislada, sus actos intelectuales eran fuertes e independientes, y su voluntad no necesitaba estar reforzada por la de los demás. Parece, por tanto, lógico que su yo no estuviese demasiado limitado por ligaduras libidinales, que no amase a nadie fuera de él y que no estimase a los demás sino en la medida en que servían a la satisfacción de sus necesidades.

En tanto que las multitudes espontáneas, naturales, aparecerán siempre estériles; las artificiales, cuya más destacable característica es la de ser disciplinadas, se revelan en cambio fecundas y productoras de cultura. Allí donde las unas retroceden, las otras progresan. Las multitudes artificiales son dirigidas por un conductor visible y someten a sus miembros a una coacción externa. En una multitud los individuos son sumergidos por la superabundancia de los vínculos afectivos entre ellos con el jefe. Se observa entonces una credulidad excesiva, unos movimientos extremos. Su fluidez materializa el carácter intenso y contagioso de las pulsiones amorosas. Y las multitudes asustan, lo cual apenas si es de asombrar, ya que hacen resurgir ante nosotros un pasado arcaico.

Complementará Sayago que en el lazo que une a cada individuo con Cristo habremos de ver indiscutiblemente la causa del que une a los individuos entre sí, que análogamente sucede esto en el Ejército. El jefe es el padre que ama por igual a todos sus soldados, razón por la cual son éstos camaradas unos de otros. Desde el punto de vista de la estructura, el Ejército se distingue de la Iglesia en el hecho de hallarse compuesto por una jerarquía de masas de este orden. Cada capitán es el general en jefe y el padre de su compañía, y cada suboficial, de su sección. La Iglesia presenta asimismo una tal jerarquía, pero que no desempeña ya en ella el mismo papel económico, pues ha de suponerse que Cristo conoce mejor a sus fieles que el general a sus soldados y se ocupa más de ellos.

Contra esta concepción de la estructura libidinosa del Ejército se objetará, con razón, que “prescinde en absoluto de las ideas de patria, de gloria nacional, etc., tan importantes para la cohesión del Ejército. En respuesta a tal objeción, alegaremos que se trata de un caso distinto y mucho menos sencillo de formación colectiva, y que los ejemplos de grandes capitanes, tales como César, Wallenstein y Napoleón, demuestran que dichas ideas no son indispensables para el mantenimiento de la cohesión de un Ejército”.17

Por este motivo, toda religión, aunque se denomine religión de amor, ha de ser dura y sin amor para con todos aquellos que no pertenezcan a ella. En el fondo, toda religión es una tal religión de amor para sus fieles y en cambio, cruel e intolerante para aquellos que no la reconocen. Por difícil que ello pueda sernos personalmente, no debemos reprochar demasiado al creyente su crueldad y su intolerancia, actitud que los incrédulos y los indiferentes podrán adoptar sin tropezar con obstáculo ninguno psicológico. Si tal intolerancia no se manifiesta hoy de un modo tan cruel y violento como en siglos anteriores, no hemos de ver en ello una dulcificación de las costumbres de los hombres. La causa se halla más bien en la indudable debilitación de los sentimientos religiosos y de los lazos afectivos de ellos dependientes. “Cuando una distinta formación colectiva se sustituye a la religiosa, como ahora parece conseguirlo la socialista, surgirá, contra los que permanezcan fuera de ella, la misma intolerancia que caracterizaba las luchas religiosas, y si las diferencias existentes entre las concepciones científicas pudiesen adquirir a los ojos de las multitudes una igual importancia, veríamos producirse, por las mismas razones, igual resultado”.18

Entendiéndose por amor a la persona que quisiéramos tener; e identificación, aquello que quisiéramos ser [Eros, individuo, y Mimesis, masa] la progresión de los deseos miméticos tiene como contrapartida la regresión de los deseos de enamoramiento. La presión de la conformidad llega a ser tan fuerte, se condena hasta tal punto que el menor esguince o paso a un lado se convierte en una amenaza dirigida contra el grupo. Se trata a fin de cuentas de una hostilidad durante mucho tiempo contenida, ya que toda transgresión constituye un desafío y pone en duda su utilidad.

Finalmente, si la libido al limitar el egoísmo narcísico, y la mimesis al consolidar una relación afectiva, son indispensables ambas para la formación de una masa humana; si toda masa es irracional y todo jefe despótico, y todo aquel que carece de narcisismo carece también de poder; se puede afirmar entonces que la composición psíquica de una multitud es, verticalmente, el impulso amoroso de cada individuo hacia el jefe; y horizontalmente una multitud con objeto común como ideal de yo y, por consiguiente, tiene lugar un fenómeno de identificación reciproca, identificación que reemplaza las ligaduras libidinales.

La verdad oculta tras de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones instintivas también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente “un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo”.19

3. El líder

a. Retórica

A juicio personal el libro Perón o muerte de Eliseo Verón y Silvia Sigal presenta un interesante análisis del fenómeno discursivo de Juan Domingo Perón, el cual permitirá aproximar lo más sintéticamente posible a las implicancias políticas de las definiciones del líder, las formas del enamoramiento y, si el diálogo con la masa es siempre unidireccional, la enunciación es un componente sustantivo para un encuadre sólido.

Hay una constante que es perceptible ya desde sus primeros discursos y es que Perón se coloca en posición de enunciación como alguien que llega. Si ese “exterior” desde el que llega en 1973 es el geográfico a causa del exilio, en 1944 se presenta como un exterior abstracto, extra político, como lo es el cuartel20. “Su llegada (…) es el encuentro de los valores inmutables de la sociedad militar con los valores degradados de la sociedad civil. (…) en este encuentro, no es el ejército quien se “historiza”, sino la sociedad civil será la despojada de su historicidad”.21

El mensaje a su auditorio interactúa entre nociones que dan a entender que, a lo que él refiere como Pueblo, con su llegada no está más solo, en tanto que concibe a éste como un actor social pasivo y le pide confianza, fe y llama a la colaboración de todos los argentinos. Se consuma como consecuencia un modelo especular de la presencia, de mirada y contacto en la distancia entre conductor y multitud. En tanto que los elementos más destacados del contenido de la retórica del General son el aquí contingente, asumido como un deber patriótico su voluntad de hacer; la anulación de la Historia, su relectura y reinterpretación22, y (algo que será una constante) el deterioro por la política y la subvaloración de dicho concepto.

En una primer etapa los significantes clave son: ejército-pueblo-trabajador. Sólo con Perón la ecuación sintetiza. Caracteriza a su propia acción como un servicio, impuesto simplemente por el deber de soldado; el objetivo es la unidad nacional con la justicia social como medio, definiendo que la razón de gobierno descansa en la conciencia de argentinidad y no de clase. Una figura clave a la que apelará recurrentemente es la operación sacrificio donde abandona al ejército y se asume como héroe de la patria, recurso que será recontextualizado en 1973. En tanto que los ejes inalterables del discurso de Perón son su vaciamiento tanto de la historicidad como de la política. Colateralmente define que las ideologías son construcciones artificiales que diferencian y dividen a los argentinos, mientras que su superación se logrará a partir de la doctrina.

“(…) he aceptado la responsabilidad de tomar a mi cargo la defensa de la clase trabajadora. Entiendo esa causa y esa defensa, tal como la entienden los soldados; y la resumo en estas palabras: defenderla hasta morir por ella, si es necesario” (25.6.44)23

Los autores definen a un líder como un “operador extremadamente complejo, por el que pasan los mecanismos de construcción de una serie de relaciones fundamentales: del enunciador con sus destinatarios, del enunciador con sus adversarios, del enunciador con las entidades imaginarias que configuran el espacio propio del discurso político”24.

Una hipótesis epistemológica es sobre el status del Perón enunciador es que por su boca, es la verdad misma la que se expresa. Y del mismo modo que una distinción se establecía entre los políticos que prometen con sus discursos, y Perón que realiza, transformando así sus acciones, situadas más allá de la política, en mensajes cuya veracidad aparece automáticamente a quien las observa, así también el discurso peronista no consiste en otra cosa que decir la verdad misma. El realizar del peronismo consiste en volver real una verdad que está allí. Perón expresa la verdad en su discurso y realiza la verdad en su acción. Él no llega proponiendo un proyecto político; viene simplemente a hacer lo que hay que hacer, lo que desde siempre habría que haber hecho.

El Otro es valorado como un residuo que diferencia argentinos de peronistas; es reducido a un principio abstracto de oposición y se lo despoja de toda pertinencia discursiva. La conversión del adversario en enemigo es correlativa a la conversión de la política en un quehacer militar. Fue esta mentalidad cuartelera la que, en el periodo 46/55 llegó a organizar la vida interna de la Argentina como la de un país en guerra, con el adversario político asimilado a la noción de enemigo y la consiguiente exclusión de toda hipótesis de ordenamiento institucional en el que estuviera previsto tolerarlo o convivir civilizadamente con él.

b. Socialismo Nacional

“Si no tienes la fuerza suficiente para matar a tu enemigo de un golpe, mátalo de un abrazo”, solía decir Perón. Ésa era, en síntesis, la fórmula de su estrategia anticomunista. Frente al enemigo que no puede ser destruido, Occidente debe encontrar cursos de acción que le permitan asimilarlo, incorporarlo y digerirlo en términos compatibles con una consigna de autopreservación. Si nosotros no hacemos la revolución pacífica, el pueblo hará la revolución violenta.

Perón explicó con franco entusiasmo a sus camaradas de armas lo que era a su entender la fórmula ideal encontrada por Mussolini para combatir al comunismo mediante un sistema político que asumía desde el poder la representación uniforme de toda sociedad, superando los gobiernos de clase inaugurados por la burguesía. A juicio de Perón, se extinguía de esta manera la lucha de clase, que respondía a la presencia exclusiva de una sola de ellas en el poder y al estímulo que recibían de esta situación las clases marginadas para buscar el desplazamiento del sector social dominante25.

Son las masas entonces, su organización, la preocupación fundamental del Conductor y es justamente este concepto -introducido por el mariscal Ludendorff en la agenda del Estado Mayor alemán para planificar la guerra de masas- otra de las temáticas castrenses que Perón transfiere al ámbito político, afirmando que es necesario no sólo organizar las masas sino trabajar para la organización social en la sociedad de masas, tarea fundamental para alcanzar el objetivo central de la doctrina justicialista : el rechazo de la lucha de clases y la construcción de una “comunidad organizada”.

Aunque parezca improbable que Perón haya leído a Freud, Sayago dirá que si el vienés diferencia entre masas organizadas con un conductor y masas desorganizadas sin conductor, encontrando que en éstas el individuo, reflexivo y racional, se transforma en un bárbaro instintual en el que desaparece su personalidad consciente, descendiendo varios peldaños en la escala zoológica; Perón define que las masas desorganizadas constituyen un caldo de cultivo para los agitadores profesionales que con su prédica insidiosa pueden llevar a la sociedad a la anarquía , por lo que es necesario estudiar las masas con sentido social y psicológico, “penetrarlas”, educarlas y “crear un alma colectiva que piense congruentemente y actúe congruentemente”, algo que en nuestro país no se habría producido porque “no tuvimos conductores sino caudillos”. Ahora bien; ¿cuál es la diferencia que existe entre estas dos figuras que para Perón simbolizan el abismo que separa al mundo militar y al político? Mientras el caudillo es un hombre que no se subordina a una conducción, es un elemento díscolo que explota la desorganización, no educa, sino que pervierte, engaña y manipula, el conductor aprovecha la organización, ejecuta, enseña y forma , lamentándose que “si hubiéramos tenido conductores, el pueblo estaría educado, organizado y sería fácil conducirlo”; el ejemplo de una masa organizada con un conductor será el 17 de octubre, cuando la masa “aunque eventualmente perdió su conductor”, pudo actuar por su cuenta porque “ya estaba educada” y por el contrario “El 6 de setiembre la gente estaba en la Plaza de Mayo coreando la revolución y poco tiempo después estaba en la calle gritando en contra de revolución; la popularidad de un día había caído al día siguiente”; ¿qué es lo que había pasado? que no hubo una masa organizada y esta desorganización se debió a que se careció de la presencia de un verdadero conductor que supiera orientarla argumenta Sayago en una nación militar.

Sintetizando, el conductor no sólo debe organizar sino uniformar los comportamientos de la masa y así ”siguiendo las enseñanzas del Mariscal Foch, quien exigía para sus brigadas “un mismo modo de mirar, una misma manera de ver para que de esta surja un mismo modo de obrar, que se convertirá en instintivo””27, Perón pide disciplinar el alma de las masas buscando que piensen de la misma manera, educando hasta el último hombre para que “obedezca a nuestra doctrina y nuestra conducción. Cuando lo hayamos obtenido podremos decir: ahora tenemos los elementos básicos de toda conducción”; es precisamente la pretensión de uniformidad y subordinación al Jefe que nos permite ligar nuevamente la concepción freudiana de los comportamientos colectivos y la doctrina de la conducción peronista, ya que si Freud descubre que todo Ejército se sostiene en la ilusión que existe un general, que ama a todos por igual y que es amado por todos y que este lazo amoroso opera neutralizando toda disidencia y conflicto entre la tropa , en el mismo tono Perón confiesa “yo que conduzco desde aquí, no estoy con nadie y estoy con todos: Por esa razón no puedo estar con ningún bando, ni ningún partido ya que cuando se hacen dos bandos peronista, yo hago el “padre eterno”: los  tengo que arreglar a los dos”28.

En lo concerniente al sindicato, no se trataba de promover uno autónomo y “apolítico”. La concepción del tal como “correa de transmisión” de una conducción política era tan válida y vigorosa tanto en el proyecto político de Lenin como de en el de Perón, con la diferencia que el papel de la instancia política rectora quedaba transferida del partido al Estado en el modelo del caudillo criollo. Sin embargo, el peronismo no rehuía la organización de tipo partidario29, pero la asumía como un mero momento táctico, carente de vida propia y subordinada a la inapelable conducción estrategia del movimiento. La mistificación movimentista del peronismo, esa sofisticada elaboración conceptual del movimiento con sus complicadas articulaciones entre conducción estratégica y comandos tácticos, es en realidad un proceso posterior a setiembre de 1955.

Perón repudiaba el basisimo laborista y toda aquella exaltación del pueblo como único protagonista político. Pero el laborismo y el proceso popular que le dio origen se habían convertido de hecho en la única vía disponible para llegar a las elecciones con alguna perspectiva de éxito, y Perón se allanó a recorrerla hasta que su función se agotara. El 13 de junio de 1946 se hizo efectiva la virtual proscripción del laborismo y de todos los demás grupos que lo habían postulado como candidato nace  en rigor como un anti-17 de octubre. Aquel partido peronista se constituye y actúa como una virtual repartición pública dependiente de la Presidencia de la Nación, así como la CGT se convierte en una vicaria del Ministerio de Trabajo y Previsión, que llega incluso a redactar los estatutos de las organizaciones sindicales.

c. El proyecto de Perón y el concepto de totalitarismo

Triunfante Perón en las elecciones de febrero de 1946 comenzará un “proceso de peronización de la sociedad y el estado que alcanzará ribetes casi totalitarios; avanzando hasta zonas vedadas para el ideario liberal, el ámbito de lo privado, de la libre expresión, borrando la distinción entre Estado y Sociedad, insertándose entre los pliegues y repliegues de la vida cotidiana , ocupando sus más recónditos intersticios para cumplir con aquel reclamo apasionado de Eva Perón de “no dejar en pie ni un ladrillo que no sea peronista””30; sus comienzos tal vez puedan detectarse en 1947 con un curioso juicio a la Corte Suprema de Justicia por haber legitimado el derrocamiento del presidente Castillo en 1943, aunque el mismo episodio militar había permitido la instalación del gobierno que el propio Perón integró como Vicepresidente, Ministro de Guerra, y Secretario de trabajo y Previsión.

Dirá Wilhelm Reich que únicamente cuando la estructura de la personalidad de un fuhrer corresponde a las estructuras de los individuos de una masa en grandes estratos de la población, aquel puede hacer historia. Cuando el capitalismo conoce dificultades económicas, “crea movimientos nacionalistas –signo de debilidad en su objetivo de consolidar el poder-; si triunfa en conseguir engrandecer el fascismo y finalmente en llevarlo a la victoria, entonces de un signo de debilidad que era, el movimiento reaccionario de masas se habrá transformado en un signo de fuerza”31.

Sostendrá el autor alemán que “el que exista un movimiento fascista es sin duda alguna la expresión social del miedo que siente la gran burguesía hacia el bolchevismo, e la fase de su hundimiento inminente. Pero que este movimiento pueda convertirse en un movimiento de masas e incluso llegar al poder –lo que permite realizar su función objetiva: mantener el gran capital y aniquilar al movimiento obrero-, no es ya una cuestión de intereses de la gran burguesía, sino del movimiento de masas de las clases medias hacen posible este proceso”32. También argumentará que cuando una ideología repercute a su vez sobre el proceso económico, es necesario que se haya convertido en una fuerza material, la ideología de cada formación social no tiene como única función el reflejar el proceso económico de esta sociedad, sino más bien la de anclarla en las estructuras psíquicas de los hombres de esa sociedad.

Jeane Kirpatrick definirá al totalitarismo como “un tipo de gobierno que usa sus plenos poderes para orientar toda la vida de una sociedad hacia un fin público específico (…) permite comparar a todos los gobiernos según la medida en que los gobiernos controlan la vida de los ciudadanos”; 33 mientras que también argumenta que un régimen totalitario se distingue por “la determinación de sus dirigentes de transformar la sociedad, la cultura y la personalidad mediante el uso del poder coercitivo del Estado” 34

Hannah Arendt, en su estudio sobre este fenómeno político sostendrá que dentro del marco organizador del movimiento, mientras éste se mantenga unido, los miembros fanatizados no pueden ser influidos por ninguna experiencia ni por ningún argumento; la identificación con el movimiento y el conformismo total parecen haber destruido la misma capacidad para la experiencia, aunque éste resulte tan extremada como la tortura o el temor a la muerte, sentenciará que mientras que todos los grupos políticos dependen de una fuerza proporcionada, los movimientos totalitarios dependen de la pura fuerza de número. Mientras que “en todos los países (donde) las dictaduras no totalitarias fueron  precedidas por movimientos totalitarios, de tal forma que pareció como si el totalitarismo fuera un objetivo demasiado ambicioso que, aunque había servido bastante bien para organizar las masas hasta que el movimiento se apoderara del poder, el tamaño absoluto del país había forzado al posible jefe totalitario de las masas a marcos más familiares de dictaduras de clase o de partido”35.

Si algo aleja al peronismo de cualquier aspiración totalitario es aquello que afirma la autora alemana acerca de que “las posibilidades de dominación totalitaria son aterradoramente altas en las tierras del tradicional despotismo oriental donde existe un material casi inagotable para alimentar la maquinaria de la dominación total, acumuladora de poder y destructora de hombres, y donde, además, el típico sentimiento masivo de la superficialidad del hombre ha prevalecido durante siglos en el desprecio por el valor de la vida humana (…) sólo donde existen grandes masas superfluas o donde pueden ser derrochadas sin desastroso resultado de despoblación es posible una dominación totalitaria, diferenciada de un movimiento totalitario. En tanto que los movimientos totalitarios son posibles allí donde existen masas que han adquirido el apetito de la organización política”36.

Siguiendo el razonamiento de Arendt, la característica principal del hombre-masa no es la brutalidad y el atraso, sino su aislamiento y su falta de relaciones sociales normales. Procedentes de la sociedad estructurada en clases del Estado-Nación, cuyas grietas habían sido colmadas por el sentimiento nacionalista, afirmará, también, que “era solo natural que estas masas, en el primer momento de desamparo de su nueva experiencia, tendieran hacia un nacionalismo especialmente violento, por el que los dirigentes de las masas habían clamado contra sus propios instintos y fines por razones estrictamente demagógicas”37.

Complementando lo ya dicho acerca de las particularidades del totalitarismo, éste “nunca se contenta con dominar por medios externos, es decir, a través del Estado y de una maquinaria de violencia; gracias a su ideología particular y al papel asignado a ésta en ese aparato de coacción, el totalitarismo ha descubierto unos medios de dominar y aterrorizar a los seres humanos desde adentro”.38Por lo que la dominación total no permite la libre iniciativa en ningún campo de la vida ni en ninguna actividad que no sea enteramente previsible. En clave hegeliana, también definirá que en el totalitarismo en el poder sustituye invariablemente a todos los talentos de primera fila, sean cuales sean sus simpatías, por aquellos “fanáticos y chiflados cuya falta de inteligencia y creatividad sigue siendo la mejor garantía de fidelidad”. 39

Dirá acertadamente Carlos Sayago a modo de ejemplo que como toda estructura religiosa, el totalitarismo soviético, será religión de amor para sus fieles, pero cruel e intolerante para aquellos que no forman parte de la comunidad de los creyentes, que no aman a Cristo ni son amados por él; y es que toda religión, aunque se denomine de amor, ha de ser dura y sin amor para con todos aquellos que no pertenezcan a ella. Esta presencia del mal en el mundo entonces , “no es la consecuencia de un orden social injusto, la voluntad divina o la codicia de los propietarios, sino el resultado de la interferencia entre el afán egoísta de los hombres por alcanzar la dicha individual y el deseo altruista de integrarse con la comunidad, en última instancia un retoño de la oposición entre Eros y Tanatos”40, una querella domestica de la libido ,que hace que si la cultura es un proceso al servicio de Eros, Eros también puede catectizar a Tanatos buscando su satisfacción en la negación de la vida , en una pulsion de muerte que desenmascara al hombre como una bestia salvaje que no conoce el menor respeto por los seres de su propia especie.

La similitud con las ambiciones del primer y, fundamentalmente, el segundo gobierno peronista radican en la doctrina y la propaganda. Dirá la autora alemana que “(…) la propaganda es un instrumento del totalitarismo, y posiblemente el más importante, en sus relaciones con el mundo no totalitario; el terror, al contrario, constituye la verdadera esencia de su forma de Gobierno”41, mecanismos que el peronismo ha sabido explotar arduamente.

d. El exilio

El peronismo perduraba con explosiva vitalidad como sentimiento popular (post golpe), buscando tesoneramente por su propio impulso de base formas de expresión, agregación y organización política – legal o clandestina – bajo el nuevo orden de cosas implantado por la Revolución Libertadora. En este marco se inicia la mistificación del movimiento y su sofisticada reelaboración conceptual como instancia superior de conducción estratégica en relación con la cual las expresiones políticas de base quedan reducidas a meras piezas tácticas. El movimiento, en esta variante bizantina que es típica de la etapa posterior al golpe de 1955, emerge de hecho para reemplazar al demolido Estado peronista como factor de verticalización.

Rescatar del Estado fascista su papel esencial como organizador político del pueblo. El fascismo, siendo esencialmente un proyecto de contención de la masa, necesita tener fuera de ella su propio sujeto. El de Mussolini lo tuvo, encarnado en aquella aprensiva burguesía italiana de la primera posguerra. El de Perón, en cambio, emprende su proceso de inserción histórica sin encontrar otro soporte que la propia clase obrera. Un empresariado sereno y seguro de sí mismo es un empresariado con el que no se puede contar. En resumidas palabras,”asegurar un consenso obrero no demasiado exigente a partir de un asistencialismo estatal asumido como alternativa a cualquier reforma de fondo”42.

Peronismo tentacular y apto para proyectarse en direcciones divergentes hacia su objetivo de representatividad global. Perón supo facilitar el proceso con una certera percepción de los señuelos necesarios para precipitarlo, acelerarlo y ampliarlo. Conocía los tics de este conglomerado social y sabía que su encuentro con el peronismo dependía de la medida en que el movimiento atinara a ofrecerle estímulos aptos para satisfacer expectativas de “izquierda”. La idea de una equivalencia natural entre el concepto de conducción política y el de estado mayor, con el acompañamiento de una equivalencia paralela entre los conceptos de militancia y tropa, está presente en toda aquella complicada red de articulaciones que establece característicamente el movimiento peronista entre un comando estratégico supremo y comandos táctico-operativos. Un sistema de equivalencias similares es el que promovieron en Latinoamérica durante la década del 60 los teóricos de la “seguridad nacional”.

Los años sesenta fueron ante todo una década en que toda una generación de jóvenes argentinos se vio afectada por la desilusión y el descontento que les generaba el sistema político, tanto en las formas ostensiblemente constitucional, bajo los gobiernos de Illia y Frondizi, como en su forma más espuria bajo Onganía. Para la clase media el golpe de Onganía representó ante todo una pérdida de representación política, ya que significó una violentación a componentes que se habían considerado del coto privado como el mundo de la cultura y la formación académica. Las ocho universidades nacionales fueron intervenidas, al tiempo que se anulaba su autonomía. El ataque de Onganía, que se argumentaba como una “redada contra la infiltración marxista” el objetivo de asaltar a la libertad académica y reformar la educación superior en interés de los grupos económicos dominantes. Ello contribuyó a empujar a la juventud de la clase media al campo de la oposición nacionalpopular. Se prohibió la actividad política de los estudiantes y se anuló su derecho a participar junto con los académicos y los graduados, en el tradicional sistema tripartito de la administración universitaria. Carecían incluso de la representación simbólica que había gozado al principio del gobierno peronista.

Es esta legitimidad plebiscitaria será la “ única especie de justificación estatal que debe reconocerse como válida”, legitimidad que ante “estados de excepción” podrá convocar para sostenerse a una elite  extrademocrática y antiliberal como el Ejército; “tal lo que ocurrirá 1923, cuanto ante el putsch de Hitler y el mariscal Ludendorff, el gobierno recurrirá al el Ejército para salvar al Reich y la Constitución, pero al precio de erosionar las instituciones republicanas ya que cuando el presidente Heber preguntó a su comandante en jefe el general Von Seekt “si la Reichwer –el Ejército estaba con el gobierno, este lanzará una mirada que proyectó su monóculo y respondió: la Reichwer está conmigo, señor presidente… el poder en el estado pertenece a los generales”43. Su consecuencia será la dictadura, – el “Diktak”- que pone fin a la discusión y al debate como principio constitutivo de la democracia y la creencia liberal que el parlamento representa los intereses del pueblo, cuando la verdadera democracia es aquella que surge de la identificación entre gobernantes y gobernados, entre las masas y un führer y una dictadura aunque pueda ser antiliberal, no necesariamente será antidemocrática. Como eco de estas querellas prusianas en nuestro país, “Criterio, publicación emblemática del nacionalismo católico, apelará a la hermenéutica schmittiana pretendiendo encontrar en la dictadura septembrina un símil de la dictadura popular y en el general Uriburu , el Führer que sustituya la legalidad formal de los partidos por una legitimidad plebiscitaria, argumentando que “si la democracia no puede ser directa, si tiene que obrar siempre por delegación, así como el pueblo delega en un gran número de diputados, puede también delegar en unos pocos hombres y en uno solo. En este caso habrá instituido una dictadura, la cual también podrá instaurarse por una especie de aclamación””44.

A partir de estas violaciones constitucionales que serán interpretadas en clave decisionista y plebiscitaria por la justicia y la opinión pública, comienza a crecer entre los militares la convicción que si la legitimidad de un gobierno, más que en el consentimiento de los ciudadanos reside en la posesión de la fuerza, “si legalidad y legitimidad serán simplemente instrumentos tácticos, toda prescripción normativa dependerá de su posibilidad fáctica de realización y por lo tanto serán ellos, “los que tienen los fierros”, quienes podrán formar un partido que pueda y deba actuar en “las cuestiones políticas desde la fuerte presión estamental hasta el golpe de estado militar”; es que en una sociedad carente de tradiciones republicanas y democráticas, donde cada grupo utiliza sus propios recursos, sin respetar normas que regulen procedimientos”.45

Tanto el Uruguay del gobierno colegiado, la Venezuela de Betancourt, la Argentina de Illia y la Italia de Andreotti sin que nuestra experiencia sensorial de las cosas descubriera el menor indicio de un Estado fascista. Y, sin embargo, había en todos esos países centenares o millares de jóvenes consagrados, sacrificada y abnegadamente, a las formas de lucha armada contra el fascismo, bajo el argumento de obligar al régimen a desprenderse de su máscara.

En 1970 las secuelas del Cordobazo habían dejado sin credibilidad al último intento de estabilización institucional con exclusión del peronismo y la izquierda podía invocar muchos más indicios de que Perón había sufrido una revolucionaria metamorfosis en el exilio ya que elogió a los estudiantes rebeldes franceses de mayo del 68, dijo “si hubiera sido chino, sería maoísta”, y afirmó que “la única solución es la de libertar el país tal como Fidel Castro liberó al suyo”.46

Incitaba a los jóvenes activistas a creer que pronto heredarían el liderazgo de su Movimiento mediante un “transvasamiento generacional” de sus estructuras. Fingiendo humildad y ardor revolucionario, el viejo Perón, que tenía sesenta años al ser depuesto, pretendió que aún podía ser útil  a “la maravillosa juventud que tenemos, que tarde o temprano tomará nuestras banderas y, así lo esperamos, las llevará a la victoria”. Perón no solo autorizó la guerra revolucionaria, sino que halagó a sus combatientes de tal modo que muy pocos pudieron resistírsele. Sus elogios a las guerrillas urbanas de las “formaciones especiales” peronistas no conocían reservas. “tenemos una juventud maravillosa, que todos los días está dando muestras inequívocas de su capacidad y su grandeza (…) tengo fe absoluta en nuestros muchachos, que han aprendido a morir por sus ideales”, escribió en su “Mensaje a la juventud” de 1971. Además de las alabanzas, se concedió a los combatientes una total independencia táctica, debido a la imposibilidad de dirigirlos desde Madrid, y se les prometió “una preponderancia paulatina a medida que vallamos acercándonos hacia una lucha violenta”. Al tiempo que conferían una gran legitimidad a las guerrillas peronistas a fines de 1960 y principios de los 70, estas declaraciones eran consideradas por los luchadores como el equivalente de una definición revolucionaria por parte de Perón.

Los giros alternos a la izquierda y derecha de Perón en el exilio eran una juiciosa política destinada a adquirir el más amplio apoyo político y social al amparo de los estandartes de la liberación nacional, pero situando a veces su inmensa autoridad personal detrás del sector del movimiento que más le conviniese para sacar provecho de una situación política determinada. Ocasionalmente podía respaldar a las facciones “rebeldes” cuando un grupo dominante amenazaba alcanzar demasiada independencia o alterar el carácter multiclasista del Movimiento. De hecho, el exiliado líder que pedía a Montoneros golpear al Régimen hasta que cayera, había sido agasajado por Alfredo Stroessner, Marcos Pérez Jiménez, Rafael Trujillo y Francisco Franco.

Esta singular apreciación de la estrategia desarrollada desde Puerta de Hierro los llevó a definirse entre 1970 y 1973 como fanáticos sacerdotes de la verticalidad y a reivindicar para sí en el seno del archipiélago peronista el más alto grado de incondicionalidad en la subordinación a Perón. “(…) librada en nombre de Perón, la guerra montonera ofrecía al viejo líder la posibilidad de vender su propia imagen a todo el espectro político del país como el único hombre que tenía en sus manos la llave de la paz”47. Se trataba en suma de la gran meta que había resultado inalcanzable en 1945: la de involucrar a todo el país en una vasta maquinaria estabilizadora del orden, bajo el apremio de condiciones que sumaran al ya sedimentado consenso de unos la ahora lograda resignación de otros a contratar los servicios de un guardaespaldas.

En unas memorias publicadas en 1977, Lanusse justificaba su comportamiento durante sus veintiséis meses en la presidencia con la razón de que “el totalitarismo de izquierda pudo florecer con naturalidad donde existían dictaduras reaccionarias”. Había que restaurar la democracia para “quitar todo argumento a la subversión”, y era necesario que el envejecido Perón fuera llevado de nuevo a la Argentina si se quería explotar su mito. De otro modo, “Perón, en España, sin alternativa política, habría terminado convirtiéndose en el comandante en jefe de la subversión sin correr riesgo alguno”48.

e. El tercer gobierno

“Yo pienso que todas estas circunstancias han de ser conocidas por el pueblo argentino y, especialmente por nosotros los políticos, tan denigrados durante tantos años, a pesar de todos los sacrificios que hemos realizado para servir de alguna forma a la Patria, de la misma manera en que cada uno de nosotros la entiende” (31.8.73)

Junto al nosotros “los peronistas” y al nosotros “los argentinos”, Perón ha acuñado un nuevo colectivo como “los políticos”, que está necesariamente asociado a la idea de que hay diferentes formas de entender y de servir a la patria. Se trata sin dudas de un cambio sustancial en el contenido ideológico de su discurso – coherente con su estrategia de acuerdos- que tendrá consecuencias importantes en la escena política del 73.

Cuando Perón constituye el “nosotros los políticos” debe renunciar necesariamente a la dicotomía que había marcado la escena política argentina durante 20 años: peronistas y antiperonistas. Esa inexplicable ha desaparecido y, desaparecida también la dictadura militar con las elecciones de marzo, no quedan ya enfrentamientos internos y la unión nacional por la Reconstrucción y la Liberación puede comenzar sin trabas. De hecho nunca como en el 73-74 la operación de vaciamiento fue tan explícita ya que la promoción de los políticos se hace a partir de la descalificación de la política:

“en esto la política interna de nuestro país ha de cambiar como cambian todas las democracias modernas. Hoy es imposible congeniar los partidos políticos de hace un siglo y aún de hace medio, donde las formas falsas de la política habían llegado a conseguir que un argentino pudiera ser mortalmente enemigo de otro argentino. (…) Hoy las formas de lucha política son totalmente diferentes. Se hacen todas orientadas con un solo objetivo: el bien del país en donde cada uno pone su idea, sea de extrema derecha o de extrema izquierda, no interesa de dónde, siempre que sea una idea que pueda ponerse al servicio del destino y la grandeza del país. (…) los grandes valores que la inteligencia pone en los hombres no indican que estos hay que estar en la mayoría o en la minoría; están en todas partes. Es necesario que así sea: juntemos y acopiemos materia gris en la mayor cantidad posible para llevar adelante el país”. (31.8.73)

La política como arena ideológica reconocida no existe en 1973, como no existió nunca en el universo discursivo peronista. Los partidos políticos, dentro del nuevo “sistema”, son solo rótulos –formas externas sin importancia- que reúnen personas capaces de aportar ideas, opiniones diferentes, son amigos que conversan con Perón.

Perón debe limitar la política a las relaciones entre partidos y simultáneamente despojarla de la capacidad de producir decisiones significativas o proyectos alternativos. En 1973 se verifica un “triple vaciamiento de la política: la política legal es irrisoria, la política como bandería es inútil, y quienes intentan perturbar el orden son delincuentes”49.

El dispositivo peronista consistente esencialmente en la oposición entre un “Nosotros” pleno y un “Otro” que ha sido expulsado del campo político, lo cual permite establecer un antagonismo cuyo poder deriva de su carácter formal.

A principios del 73 crea una nueva entidad: los no peronistas, en donde las diferencias son de opinión, de grado y no de oposición, con lo cual produce una devaluación automática de la identidad peronista y una inversión de los requisitos de prueba de la identidad; antes, para ser un verdadero argentino bastaba con ser peronista, ahora, para ser un verdadero peronista hace falta ser un verdadero argentino. En el momento en que los peronistas pierden el privilegio de ser los únicos argentinos, pierden simultáneamente la capacidad de ser el “nosotros” pleno en el cual Perón puede incluirse y que establece la frontera con los “Otros”.

Perón, jefe del Movimiento Justicialista, ha colocado al Movimiento en el mismo plano que los demás partidos, con lo cual se ubica a sí mismo en situación de igualdad respecto de los demás dirigentes políticos, igualdad que se expresa en “nosotros los políticos”. Su discurso recupera así la identidad profunda entre peronistas y argentinos, identidad que es independiente de los “rótulos” políticos, secundarios. Perón constituye así un “nosotros” que está más allá de la política, que puede coexistir con cualquier “primera naturaleza” política, un nosotros que desborda el del movimiento político justicialista. ”Todo argentino es por (segunda) naturaleza peronista”.

“(…) Declaro ya, desde este momento, que el deseo de nuestro gobierno es de que todos seamos hombres de gobierno (…); yo, circunstancialmente, ocupo este cargo, pero esa responsabilidad es compartida con todos los que pueden ayudar y con todos los que pueden colaborar en la tarea de cogobernar el país” (14.11.73).

Cualquiera puede ser presidente, más aún, todos somos presidentes, “nosotros los políticos”, y él no es más que un primus inter pares en un colectivo sin fisuras, el de los argentinos que están por la Reconstrucción Nacional, los verdaderos argentinos. Perón renuncia nuevamente a los más altos honores, como lo hiciera ya el 17 de octubre de 1945. Pero cuando el presidente electo –el verdadero presidente- declara que sólo comparte esa responsabilidad, está operando un nuevo desplazamiento y constituyendo el lugar desde el cual se puede ceder la posición más alta de la República. Sólo quien es más que Presidente puede llama al cogobierno.

Ser un elemento de unión entre los argentinos sólo puede ser llevado a cabo por alguien que es más que un argentino, otra cosa que simplemente un argentino. Perón da un salto atrás –el último- por el cual culmina su identificación individual con la Patria. Presenta la forma más acabada de la distancia, otorgándose los atributos de un prócer, representante y continente individual, irreemplazable, de la Patria. Su don a la Patria es un regalo, ya que esta amortizado, ya dio lo que debía en relación a su valor, y lo de ahora es un plus.

4. Montoneros

Como se había sostenido en el primer punto La renuncia de lo pulsional es la consecuencia de la angustia frente a la autoridad externa. Una angustia frente al superyó significa, primero, renuncia de lo pulsional como resultado de la angustia frente a la agresión de la autoridad externa; después, instauración de la autoridad interna, renuncia de lo pulsional a consecuencia de la angustia frente a ella, angustia de la conciencia moral. En el segundo caso, hay igualación entre la mala acción y el propósito malo; de ahí la conciencia de culpa, la necesidad de castigo. Al comienzo la angustia que más tarde deviene en conciencia moral, es la causa de la renuncia de lo pulsional, pero esa relación se invierte después.

Cada renuncia de lo pulsional deviene en una fuente dinámica de la conciencia moral; cada nueva renuncia aumenta su severidad e intolerancia. La renuncia de lo pulsional (impuesta a nosotros desde afuera) crea la conciencia moral, que después reclama más y más renuncias. El efecto que la renuncia de lo pulsional ejerce sobre la conciencia moral se produce cuando cada fragmento de agresión de cuya satisfacción nos abastecemos es asumido por el superyó y acrecienta su agresión (contra el yo). La agresión originaria poseída por la conciencia moral es continuación de la severidad de la autoridad  externa, es decir que nada tiene que ver con esa renuncia.

a. Combatiendo al Capital

“La tortura es perfectamente soportable; no es un problema de resistencia física sino de seguridad ideológica, ya que ha habido compañeros y compañeras de escasa fortaleza física que han superado totalmente esta situación”50

“Los juicios de valor de los seres humanos derivan enteramente de sus deseos de dicha, y por tanto son un ensayo de apoyar sus ilusiones mediante argumentos”51

Las juventudes fascistas presentaban un ideario que, en términos generales, podrían resumirse en las siguientes características: concepción heroica de la historia; glorificación de la acción directa, necesidad visceral de la violencia como fuente de autoidentificación; asunción festiva de la propia violencia a través de un folklore que la exalta como motivo de placer; militarización del propio estilo de vida; un hipertrofiado voluntarismo que hace residir la posibilidad de una acción, no en presencia de determinadas condiciones exteriores, sino en las excepcionales potencialidades de la propia personalidad; visualización de los grandes cambios históricos como obra de minorías superdotadas, visión utilitaria de la relación entre esta minoría llamada a ser sujeto de la historia y las masas populares.

Ignorar contenidos de izquierda en los momentos embrionarios del fascismo lleva a inhibir la capacidad de reconocer e identificar los gérmenes del fascismo que a veces aparecen alojados en ciertas formas de autoconciencia izquierdista. Asumida como objeto de culto, con aditamentos militares, simbologías guerreras y urgencias por crear o imaginar circunstancias que justifiquen su ejercicio, la violencia es siempre fascista, aún cuando la acompañen envoltorios de fraseología revolucionaria. Encontraríamos incluso un ideario no demasiado distante del que se presentaban en la década del 70 los montoneros: aspiraciones a promover grandes reformas sociales y hasta socialistas, teorizaciones sobre la violencia como la vía más apropiada para imponerlas, y asunción de esta voluntad de cambio en el marco de un frenético nacionalismo que llevaba a detestar toda versión internacionalista del socialismo como una forma que hoy llamaríamos “cipaya” de subordinación a influencias y modelos foráneos.

Montoneros presenta la imagen de un grupo que ha recogido y asimilado del peronismo precisamente lo que había en éste de derecha, es decir, aquel trasfondo ideológico fascista que aportaba a la prédica y a la práctica del peronismo su peculiar filosofía de la conducción política. Por lo tanto es válido asumir que eran todo lo izquierdistas que les permitía el peronismo, y viceversa. Presentaban a su organización como adalid del pueblo porque ellos no pertenecían a la clase obrera; y más que buscar el “Estado de los trabajadores” a que aspiraba la izquierda no peronista, sus principales objetivos eran el desarrollo nacional, la justicia social y el poder popular. Ante la vaguedad de sus ideas sobre el significado del socialismo nacional algunos creían que tal tendencia y el justicialismo eran conceptos equivalentes; que no se trataba de una cuarta bandera sino de la “síntesis más profunda del proyecto político de poder popular que animó al peronismo desde sus orígenes”. El esquema “comando estratégico-movimiento-partido”, ideado por Perón como fórmula de una conducción política verticalizada e instrumentalizadora, fue adoptado íntegra y acríticamente por los montoneros. El fascismo organizativo, en suma, es condición y no consecuencia de la inserción del grupo en el peronismo.

Allí el peronismo consiguió reeditar con enorme éxito una vieja astucia del populismo de derecha consistente en ignorar o dar por inexistentes las contradicciones internas de la cultura liberal. El papel histórico específico del populismo de derecha es precisamente el de diseminar ideologías, imágenes, hábitos mentales, slogans, destinados a bloquear el desenlace lógico de las contradicciones liberales. Es decir, a impedir una apropiación obrera de los valores políticos y morales de la cultura liberal. Pero esta operación sólo puede fundarse en la negación de aquella dialéctica interna liberal que lleva al establecimiento de una relación antagónica entre tales valores y los contenidos económicos del liberalismo.

El peronismo logró crear dentro y también fuera de sí mismo un tipo de cultura política en el que nadie podía acceder al “campo del pueblo” más que a precio de escribir “democracia” entre comillas, de condenar la “partidocracia” y de mirar con sorna a cualquiera que abogara por los derechos civiles52. Es necesario señalar aquí que el peronismo pudo contar con abundante colaboración de izquierda en la confección de esta cultura política. Una colaboración que prestó la lexicografía y el prestigio intelectual del marxismo a la estigmatización populista de los valores liberales y que convirtió el entrecomillamiento de la democracia en un automatismo mental de la clase media, en un título de suficiencia revolucionaria para estudiantes, profesores, literatos y tecnólogos.

b. El Otro

“el individualista (…) no es un héroe sino un traidor en potencia”

Liberal, en la semántica montonera, significaba individualista, poco viril, comodón, desleal, pantuflero, vacilante, adúltero, débil, goloso, doméstico, cobarde…. “Un liberal era, en el ideario de Firmenich y su gente, lo que un “civil” es en el de los generales de la seguridad nacional: un hombre de segunda clase, el mayoritario y pasivo hombre-cosa cuyo destino esencial es el de ser vigilado, manipulado, eventualmente suprimido”53.

En consonancia con lo antedicho, Kirpatrick sostiene que “la política totalitaria empieza con una crítica de la moralidad de las personas e instituciones existentes y promete reformarlas. La crítica rechaza por inmorales los patrones existentes de relaciones sociales y económicas (sociedad); las concepciones existentes de realidad y propósito (cultura); y las modalidades existentes de percepción, necesidad y conducta (personalidad)”54.

Lo que querían realmente los Montoneros era que su componente fuera una réplica del Hombre Nuevo del Che, que su conducta fuese la que seguiría en una sociedad socialista ideal, no afectado por la competencia, el egoísmo e individualismo propio de las condiciones materiales de la vida capitalista. Pero ahora daban la impresión de ser estalinistas: querían desestimar la complejidad del carácter humano en nombre de un torpe híbrido de fantástico idealismo y de crudo determinismo, no acertando a advertir la ampulosidad y el egoísmo argentinos, a reconocer rasgos de su propia clase.

Un revolucionario es, por lo pronto, un individuo política, ideológica y culturalmente independiente.

Tiene sus propios fines, su propia tabla de valores, su propio camino. Y cuando da un paso, lo da arrastrado teleológicamente hacia adelante por aquella objetiva constelación de fines y valores que lo trascienden. Un rebelde, en cambio, vive de rebote. La dirección de sus movimientos no está marcada por metas que lo atraen sino por realidades dadas que lo repelen. Y la repulsión desnuda, la repulsión vivida como un absoluto y no como un momento derivado de una previa percepción de valores y objetivos que califican de rechazable lo rechazado, se resuelve en un puro negativismo. La negación en su variante absoluta es un modo de depender de lo negado. El joven rebelde, carente de una tabla de valores propia, necesita conocer la tabla de valores de sus padres para construir por inversión la suya.

Montoneros fue, en buena medida, un producto y a la vez un canalizador de ambos componentes. Un político revolucionario –que lo es por fundamentalmente por su aptitud para atender a la experiencia acumulada en la historia- sabe que consignas tales como “cinco por uno, no quedará ninguno” ó “llora llora la puta oligarquía, porque se viene la tercera tiranía” no sirven para construir una política. Sirven sí, para presentar como propia una personalidad escandalosa que asuste a doña Rosa.

Sostendrá la autora norteamericana previamente mencionada, en adisión, que “como la “evidencia” también es definida con referencia a la doctrina y no a la observación, nunca es posible reprobar ninguna parte de la ideología del revolucionario. Como invalidan todas las percepciones y preferencias que contradicen las doctrinas prescriptivas, las teorías de falsa conciencia son necesariamente antiempíricas y antidemocráticas (…) la doctrina de la falsa conciencia es percibida a menudo como piadosa con las masas, sin duda porque las define como víctimas y las “excusa” al tiempo que invalida sus puntos de vista y preferencias”. 55

Es el militarismo elitista del extremismo revolucionario56 es lo que hace de la inserción montonera en el peronismo un acto de confluencia con los componentes más caracterizadamente fascistas de la cultura política peronista. La violencia encarada como estímulo de una contraviolencia concientizante, como modo de llevar al plano de la objetividad visible un fascismo que de otro modo no alcanzaba a ser materia de persuasión en un mero intercambio discursivo entre subjetividades. La violencia guerrillera, de esta manera, no se asume a sí misma, en rigor, como una política, como una praxis, como un modo de operar sobre la realidad para producir en ella determinados cambios (se da por supuesto que la realidad es inmutable); sino como una mayéutica, una operación aplicada no a las cosas, sino al saber que se tiene acerca de ellas, un ritual iniciático en el que santones provistos de ametralladoras y bombas de fraccionamiento guían paternalmente a la comunidad hacia el conocimiento de realidades preexistentes.

A los montoneros les tocó vivir una realmente dramática contradicción entre la mayor oportunidad jamás concedida a una agrupación de izquierda en la Argentina para la construcción de un gran movimiento político y la cotidiana urgencia infantil por inmolar esa posibilidad al deleite de ofrecer un testimonio tremebundo de sí mismo. Frente a la necesidad de hacer la revolución, que se resuelve en el universo de la política, la necesidad de dejar diaria constancia de uno mismo como revolucionario queda detenida en el universo de la imagen, reducida a pura iconografía: el birrete guerrillero, la estrella de cinco puntas, los brazos en alto enarbolando ametralladoras. El narcisismo revolucionario necesita, de modo visceral y como componente de su propia identidad, situaciones de violencia. Violencia practicada y violencia padecida, heroísmo y martirio.

c. Praxis

”no hay ninguna diferencia entre la patria peronista y la patria socialista, puesto que el movimiento peronista dirigido por el general Perón sirve a los intereses de los trabajadores y, precisamente por esta razón, se plantea la construcción del socialismo nacional”. Firmenich57

“la guerra no es un fenómeno independiente, sino la continuación de la política por otros medios” Clausewitz58

Los montoneros aprovecharon la oportunidad para extender su influencia política concentrándose en la actividad legal y actuando en múltiples frentes. Adquirieron la capacidad de movilizar decenas de miles de personas, pero seguían careciendo de una fuerza organizativa de base, lo cual, junto con la oposición de las ramas política, sindical y femenina del Movimiento Peronista, impidió que pudieran cubrir su participación del 25% de los cargos políticos que Perón había asignado a la Juventud.

Los montoneros aclararon sus puntos de vista sobre el nuevo proceso político en un documento de julio de 1973, redactado con las FAR y titulado “construir el poder popular”. En él se daba la imagen de una Argentina situada ante el dilema de optar por “la liberación o la dependencia”, lo que obliga a los argentinos a optar entre “el pueblo peronista y sus aliados” y “el imperialismo extranjero y sus aliados”. Los enormes monopolios de propiedad extranjera y “la oligarquía industrial, financiera, comercial y agrícola” eran desafiados por “la clase obrera, incluidos el millón y medio de desocupados y los sectores marginales, los pequeños productores urbanos y rurales medianos y todo lo que se identifican con los objetivos de la liberación”. El FREJULI era presentado como expresión política de aquella “alianza de clases para hacer frente al imperialismo”.

Más que a los méritos intrínsecos de sus documentos programáticos, los espectaculares progresos de Montoneros durante aquellos años se debieron al hecho de que sus fórmulas políticas estaban impregnadas de los mitos populares dominantes y de las ilusiones e ideas erróneas de la época, mientras que para los estudiantes podían el atractivo de cierta coherencia lógica intrínseca. Las grandes multitudes que éstos solían movilizar a través de sus organizaciones de masas no podían equipararse legítimamente con el apoyo numérico para un proyecto político revolucionario. La movilización no se basaba en un análisis coherente de los problemas de la Argentina, en una alternativa socialista definida con claridad o en una teoría que guiase a los movilizados a lo largo de un camino que, surgiendo de la sociedad ya existente, debía llevarlos a otra que los Montoneros querían construir en el futuro. En su mayoría eran movilizados mediante consignas y por la expresión de posturas políticas específicas que, por lo general, no estaban vinculadas con ningún proyecto global de transformación de la sociedad; y también mediante el atractivo emocional de las concentraciones y marchas de los Montoneros con su colorido, sus cantos, su redoble de tambores, su  exuberancia, su sentido de fuerza y de la solidaridad y su extrema arrogancia.

La diferencia entre una comunidad militar y una política radica en que la primera vive en función de un solo fin estratégico, que por su singularidad no está sujeto a discusión, mientras que la segunda tiene delante un amplio abanico de fines posibles que por su pluralidad son en cambio discutibles, opinables, susceptibles de ser encarados como objetos de una elección. Los fines de la estrategia política son una opción; los de la estrategia militar un destino. El militarismo revolucionario32 era, con sus grandes fuentes internacionales de prestigio, como la revolución cubana o el general Diap, la manera más apropiada de resolver la contradicción entre la consigna de inmersión en la masa y el escondido afán pequeño-burgués por retener niveles jerárquicos sobre ella.

Dentro de la organización, Pablo Giussani distingue diferentes esferas ideológicas, cuyo criterio de pertenencia radicaba en la jerarquía castrense dentro de la organización. Había un círculo central que predicaba el marxismo-leninismo, y veía al peronismo como gran potencial humano en disponibilidad. “El peronismo es una emoción ideológicamente vacía”, me dijo en 1975 un miembro de ese círculo. (…) Nuestra tarea es la de inyectar ideología en esa emoción” 59. Un segundo círculo que hablaba de peronismo revolucionario; eran agrupaciones insertadas en distintos frentes de trabajo. Se contenía virtualidades y potencialidades revolucionarias, impedidas hasta entonces de manifestarse por la “traición” de la burocracia o por lo que en una admisión tardía se solía llamar “los errores de Perón”. Y un tercer círculo que era peronismo a secas. El peronismo histórico tenía explícita y no solo potencialmente contenidos liberadores, desvirtuados más tarde por las dirigencias acomodaticias que ignoraban o falsificaban órdenes de Madrid.

Ante una total ausencia de mecanismos para la participación de la base militante en la elaboración de las normas oportunas, y no pudiéndose con medios internos democráticos con los cuales cuestionar a los líderes, los grupos disidentes tendían a convertirse en facciones rebeldes que rompían con la organización o eran de ellas. La discusión era equiparable a la traición, y la crítica, a la hostilidad. Los montoneros utilizaban bastante el concepto de centralismo democrático para justificar la verticalidad de su estructura orgánica, encabezada por un aparato militar en funciones de mando. Las formalidades exteriores del centralismo democrático60 eran observadas mediante documentos de la conducción que descendían a las bases hasta el nivel de agrupaciones, para ser sometidos a supuestas sesiones de discusión política61.

En Montoneros, el trasplante de la verticalidad castrense al ordenamiento interno de un grupo político tendió a inhibir todo mecanismo participativo de decisión. La asunción de las modalidades, los estilos y las prácticas militares como propias de la actividad política por parte de toda la organización generó en cada nivel de la militancia un estado permanente de disponibilidad para recibir orientaciones políticas de arriba con el mismo grado de acatamiento con que un sargento recibe órdenes de un mayor.

En su autocrítica de 1977 Montoneros aclaró que solo un ínfimo porcentaje de sus 500 operaciones de 1975 fueron “de apoyo a los conflictos de masas”, admitiendo que “cada campaña militar paralizaba la actividad política”. (…) La “producción logística se había basado enteramente en el aparato guerrillero, en vez de fundamentarse en los movimientos de masas, y “los compañeros que tenían la posibilidad de moverse legalmente, en lugar de hacerlo invitaban a los que estaban en su sindicato a pasar a la clandestinidad”62.

En “los errores de Perón durante 1973/74, se explicitó la disidencia en el no haber sabido arrebatar el poder a los militares, había usado a la burocracia sindical como base de poder propia, al tiempo que purgaba a la izquierda y facilitaba la subida de López Rega; había mantenido el principio de los nombramientos personales “a dedo”, en vez de permitir que se eligiera democráticamente a los altos cargos; y había optado por una vacilante programa basado en el capital europeo, árabe, e incluso yanqui, en vez de practicar la expropiación contra la oligarquía y los monopolios, de insistir en el ahorro interno y buscar el apoyo comercial y financiero de “los países socialistas”. El fracaso de su última presidencia, seguido de “la traición de Isabel y López Rega” y la oposición a ellos de la masas militantes, movieron a Montoneros a concluir que “el peronismo ha quedado agotado, y el pueblo, huérfano”.

La revolución se convierte en una proeza de personajes homéricos a la que el hombre común, la masa, no puede tener acceso. Asumirse como una élite nibelunga cuya relación con la masa no podía menos que oscilar entre el paternalismo y la instrumentación. Pathos señorial y distante de ciertas aristocracias guerrilleras latinoamericanas. La aparente búsqueda de inmersión en la masa permanecía aferrada a esa relación de sujeto a objeto, en la que hasta los ademanes de generosidad escondían intenciones utilitarias. Pero los montoneros, cultores de una revolución hecha a medida para superhombres, estaban constitutivamente impedidos de actual en este cuadro de protagonismo multitudinario. Sus vías de inserción en la masa eran, a la vez, maneras de distinguirse de ella. De alguna forma había allí una clase media vergonzante, pero aún apegada a sí misma, que utilizaba como inconfesable subterfugio para preservar su diferenciación social aquella heroicidad selecta de las operaciones de comando, en las que el papel reservado a la masa era el de trasfondo o de acompañamiento coral.

d. Cerca de la revolución

La conducta montonera no se define por la elección de un medio “malo” para alcanzar un fin “bueno”, sino por la idolatría del medio elegido. Bajo el culto de la violencia, y por imperio de su terrible lógica, la vida es globalmente negada como portadora de valores intrínsecos y sometida a una operación discriminatoria entre vidas rescatables y vidas desechables. Los montoneros ofrecieron en su momento el ejemplo más acabado y horrible de la manera en que esta discriminación operaba automática y hasta inconscientemente como premisa de determinadas conductas. La violencia sacralizada necesita delimitar en el género humano un ámbito permanente de enemistad, que es anterior a las identidades y calidades de los individuos elegidos para llenarlo. Montoneros había normalizado y automatizado en sus seguidores esta manera de pensar, este estado de disponibilidad mental permanente para el crimen político.

La soberbia revolucionaria se desarrolla en dos momentos críticos. El primero es el de autoglorificación, que produce en la revolución triunfante una versión deformada de su propia génesis histórica a fuerza de depurarla de los componentes impuros, cuestionables o poco decorosos que todo proceso revolucionario incluye. El segundo es el de la postulación de la propia imagen, ya mistificada y adulterada por la autoglorificación, como modelo universal63.

Asunción teórica del heroísmo como virtud básica del revolucionario. Solo el heroísmo, en el combate o en el martirio, preserva la naturaleza del revolucionario, inmunizándolo contra las tentaciones del aburguesamiento, del liberalismo, del individualismo. Se trataba por el contrario de un heroísmo militante y metódico, puesto a prueba cada día y necesitado e circunstancias que le aseguraran cotidianamente oportunidades de exteriorización.

La revolución se vive a sí misma como acto puro y, como tal, ahistórico. Dotado de una factibilidad inmanente y no tributaria de contexto histórico alguno, la revolución termina por ser posible siempre y en cualquier parte, a condición de que haya una voluntad revolucionaria capaz de desearla. La voluntad revolucionaria es como la fe cristiana, que permite mover montañas a quien realmente la tiene. Los titulares de esa fe, capaces de subvertir las leyes físicas en la proeza del milagro, son también unas pocas individualidades superiores, figuras de santoral. Había en los primeros años del guerrillerismo latinoamericano que siguió a la revolución cubana un “estilo Guevara” que excluía el crimen político, el secuestro extorsivo, el asalto de bancos, el bandolerismo revestido de fines revolucionarios. Muerto el Che, en 1967, también murió con él esta guerrilla urbana teorizada por Marighela. Los montoneros fueron quizás la variante más arquetípica y sangrienta de este nuevo estilo.

Un gran número de trabajadores seguía dispuesto a tolerar a los líderes sindicalistas corruptos y enriquecidos mientras, de vez en vez, consiguieran alguna mejora salarial para sus afiliados. Lo que Montoneros solían pasar por alto al presentar a la burocracia como instrumento del imperialismo y como “hija” de la Revolución Libertadora de 1955, era el hecho de que esa misma burocracia había poseído una genuina base, primero de apoyo y después de tolerancia por parte del movimiento obrero. Totalmente aparte de las pretensiones de primogenitura peronista de la burocracia, los cabecillas sindicales de finales de los años sesenta y principios de los setenta fueron, en muchos casos, los militantes de los últimos años cincuenta que habían dirigido la lucha por la recuperación de la CGT; eran ciertamente objeto de presión e influencias externas, pero no podían pasar por alto constantemente las necesidades económicas de sus afiliados y, en efecto, los líderes de los sindicatos vandoristas, muy sólidamente organizados en monopolios con capacidad para remuneraciones relativamente altas, tuvieron éxito a menudo, ateniéndonos solamente a sus logros en el terreno económico. Ninguno de los asesinatos de líderes sindicales –Vandor, Alonso, Kloosterman, Mansilla, Rucci, Coria y Santillán- ocasionó un giro a la izquierda cuando se escogieron sus sucesores.

e. Antes del fin

“primero mataremos a los subversivos; después, a sus colaboradores; después, (…) a sus simpatizantes; después (…) a los que permanezcan indiferentes; y, finalmente, a los tímidos”65

Para finales de septiembre de 1974 se promulga la Ley Antisubversiva dictaba normas contra la propaganda guerrillera, estipulaba penas de prisión de uno a tres años para los líderes de huelgas declaradas ilegales. Las referencias del gobierno a la subversión industrial y a la guerrilla industrial acompañaban con frecuencia, al año siguiente, a la prohibición de huelgas. La aparición de esa nueva amenaza fue muy conveniente para que la burocracia sindical pudiera invocarla con el fin de coaccionar a los sectores sindicales disidentes. La organización en particular y la sociedad en general tardó en percibir la nueva infraestructura represiva y sus métodos, campos de concentración oficialmente autorizados pero clandestinos, centros de tortura y unidades especiales basadas en las tres fuerzas militares y la policía, cuya misión era la de secuestrar, interrogar, torturar y matar. Con el nuevo régimen, no solo la tortura era más cruel, sino que el detenido quedaba en manos de unos hombres sobrados de tiempo, libres de injerencias judiciales, con métodos para aislar totalmente al detenido de la sociedad y que no necesitaban devolver viva a la persona al final de su tarea.

En tanto que hacia principios del 75 se produce la creación del Ejército Montonero conformado por pelotones compuestos de combatientes, especializados en el combate militar y en operaciones técnicamente complejas, sus miembros estaban adiestrados para el uso de armas de diversos tipos; las milicias, formadas por milicianos, empleaban armas de mano y cócteles molotov, y cumplían una función paramilitar. Aunque totalmente ineficientes como respuesta a la violencia derechista, los asesinatos durante aquella época no estaban exentos de legitimidad en el ánimo de no pocos observadores. La Triple A pasaba, en general, por una organización siniestra que hacía una guerra mucho más sucia que los más feroces grupos guerrilleros.

Progresivamente la violencia derechista se hizo cada vez más indiscriminada; sus listas de víctimas incluyeron a decenas de refugiados políticos de los regímenes vecinos y a personas cuyo único delito era el parentesco con la guerrilla. Atendiendo solo al punto de vista práctico, el uso del terror por la derecha era lógico, ya teniendo el control sobre los centros de poder fundamentales, lo que le permitía mantener su dominio mediante los recursos del Estado prescindiendo del apoyo popular. En cambio, la violencia de izquierda contra el Estado tenía que ser selectiva, pues la atracción y la conservación del apoyo popular eran esenciales para la estrategia con vistas a la toma del poder. Los pocos montoneros que sobrevivieron a la pesadilla de la detención dejaron bien claro, en sus subsiguientes testimonios, que la mayoría de los montoneros que cayó en manos del enemigo lo hicieron “con la moral prácticamente destruida”; muchos de ellos hablaron, y sin demorarse demasiado.

En consonancia con lo anterior, se vislumbra en concreto el concepto de miseria psicológica de la masa, entendido como “el peligro amenaza sobre todo donde la ligazón social se establece principalmente por identificación recíproca entre los participantes, al par que individualidades conductoras no alcanzan la significación que les correspondería en la formación de la masa”66.

En tanto que cuando la desidentificación es total el Eros ocupa el lugar vacante. En raros momentos la masa se impone de nuevo. La identificación se reanuda, cada cual se busca un chivo expiatorio sobre el cual descargarse de su miseria. En el lugar del conductor que ha fallado, se pone en la picota a su doble activo y malévolo. La impotencia de todos es sustituida por la omnipotencia del responsable. En tanto que en el pánico, el individuo vuelve su miedo contra la multitud, y la destruye ciegamente. En el terror es la multitud la que vuelve su miedo contra el individuo. La multitud, en su exaltación, inmola a quienes no comparten su fervor, después de haber exterminado a quienes las mantenían a raya hasta entonces. Si la reacción es una violencia, tiene como origen la miseria psicológica de las masas amenazadas, ya sea en su amor, ya sea en su identidad.

5. Conclusión

Lo sustantivo de un fenómeno como Montoneros remite a la especial configuración que adoptó y el papel que decidió jugar en el escenario social argentino. Si en la cima del enamoramiento amenazan desvanecerse los límites entre el yo y el objeto, y la conservación del pasado en la vida anímica es más bien la regla; es oportuno establecer que la canalización de los humores sociales de los 60, la mistificación peronista post Revolución Libertadora, el impulso vanguardista del marxismo, los jóvenes ingresantes a las altas esferas de la vida académica, la legitimación de la violencia como herramienta revolucionaria y la poca salud de los regímenes democráticos, hayan determinado de tal forma al colectivo analizado.

Un sentimiento sólo puede ser una fuente de energía si él mismo constituye la expresión de una intensa necesidad. Y en cuanto a las necesidades de acción de dicho colectivo, me parece irrefutable que derivan del desvalimiento infantil y de la añoranza del padre que Perón supo despertar, tanto más si se piensa que este último sentimiento no se prolonga en forma simple desde la vida infantil, sino que es conservado duraderamente por la angustia frente al hiperpoder del destino.

Tal es así que los desplazamientos libidinales que nuestro aparato anímico consiente significan que no se extraña del mundo exterior, sino que, al contrario, se aferra a sus objetos y obtiene la dicha a partir de un vínculo de sentimiento con ellos. Es preciso trasladar las metas pulsionales de tal suerte que no puedan ser alcanzadas por la denegación del mundo exterior. Para ello, la sublimación de las pulsiones presta su auxilio. Se lo consigue sobre todo cuando uno se las arregla para elevar suficientemente la ganancia de placer que proviene de las fuentes de un trabajo psíquico e intelectual.

Lo incondicional y acrítico de un buen porcentaje de sus bases puede argumentarse desde que si se pierde el amor del otro, de quien dependen, quedan también desprotegidos frente a diversas clases de peligros, y sobre todo frente al peligro de que este ser hiperpotente le muestre su superioridad en la forma del castigo. Por consiguiente, lo malo es, en un comienzo, aquello por lo cual uno es amenazado con la pérdida del amor; y es preciso evitarlo por la angustia frente a esa pérdida. La mala fortuna, vale decir, una frustración exterior, promueve en muy grande medida el poder de la conciencia moral dentro del superyó. Mientras al individuo le va bien, su conciencia moral es clemente y permite al yo emprender toda clase de cosas; cuando lo abruma la desdicha, el individuo se mete dentro de sí, discierne su pecaminosidad, aumenta las exigencias de su conciencia moral, se impone abstinencias y se castiga mediante penitencias. El prototipo montonero ha sido un reflejo de estos elementos conceptuales.

El análisis contrafáctico de la Historia es una pérdida de tiempo a juicio personal. Lo real es que hay un aquí y ahora contingente, el pasado es recogido como herencia y los relatos de aquellos protagonistas llegan a las nuevas generaciones de agentes políticos. Como corolario del trabajo considero que elementos conceptuales como Eros y Mimesis permiten distinguir y analizar de forma rigurosa fenómenos cotidianos y propios de la vida en sociedad como es la formación de grupos y de líderes. El punto de interpretarlo ayuda a pensar de una forma más amplia las posibilidades de acción futura y de “predecir” el devenir de un acontecimiento de magnitudes significativas dada la retórica y la praxis de su líder como del grado de identificación logrado en la multitud; junto a las condiciones sociales que determinaron un escenario específico para su aparición.

Efectivamente el peronismo ha revolucionado la forma de concebir lo político en nuestro país.

Notas

1- Sayago, Carlos. La representación social del nacionalismo. Parábola editorial. 2010 Pág.2

2- Sayago, Carlos. Freud, escritos políticos. Pág.1

3- Freud, Sigmund; El malestar en la cultura en Obras completas, Vol. 21, ed. Amorrortu; pág. 318.

4- Op.cit; pág. 117

5- Op.cit; pág. 88

6- Op.cit; pág. 118

7- La conciencia de culpa existe antes que el superyó, y por tanto antes que la conciencia moral. Es, entonces, la expresión inmediata de la angustia frente a la autoridad externa, el reconocimiento de la tensión entre el yo y esta última, el retoño directo del conflicto entre la necesidad de su amor y el esfuerzo a la satisfacción pulsional, producto de cuya inhibición es la inclinación a agredir. Existen dos diversos orígenes del sentimiento de culpa: la angustia frente a la autoridad y, más tarde, la angustia frente al superyó. “La primera compele a renunciar a satisfacciones pulsionales; la segunda esfuerza, además, a la punición, puesto que no se puede ocultar ante el superyó la persistencia de los deseos prohibidos”.

8- Freud le realiza dos reproches al superyó del individuo: con la severidad de sus mandamientos y prohibiciones se cuida muy poco de la dicha de este, pues no tiene suficientemente en cuenta las resistencias a su obediencia, a saber la intensidad de las pulsiones del ello y las dificultades del mundo circundante objetivo (real). Tampoco se cuida lo bastante de los hechos de la constitución anímica de los seres humanos, proclama un mandamiento y no pregunta si podrán obedecerlo. El mandato es incumplible; una inflación tan grandiosa del amor no puede tener otro efecto que rebajar su valor, no el de eliminar el apremio. La cultura determina que mientras más difícil la obediencia al precepto, más meritorio es obedecerlo.

9- Freud; Op.cit. Pág. 136

10- Freud. Op.cit. Pág. 325

11- Freud Op.cit. Pág. 332

12- Reich, Wilhelm. Psicología de las masas del fascismo. Editorial Latina. Pág.41

13- Sayago, Carlos. Freud escritos políticos Pág. 30

14- Freud Op.cit. Pág. 501

15- El hipnotizador despierta en el sujeto una parte de su herencia arcaica que se ha manifestado ya en la actitud respecto de los padres, y sobre todo en la idea que antaño se hacía del padre, como la de una personalidad todopoderosa y peligrosa, respecto de la cual era imposible comportarse más que de una manera pasiva y masoquista, ante la cual se debía renunciar por completo a la propia voluntad y cuya mirada no se podía abordar sin dar muestras de una culpable audacia.355 La relación hipnótica consiste en un abandono amoroso total, con la exclusión de toda satisfacción sexual, mientras que en un estado amoroso esta satisfacción no se encuentra reprimida sino momentáneamente y figura siempre en segundo plano, a título de objeto posible. La hipnosis puede ser designada como una masa de dos, para la sugestión es superflua la definición de una convicción que no está fundada sobre la percepción y el trabajo mental sino sobre un vínculo erótico.

16- Freud. Op.cit Pág. 294

17- Sayago, Freud escritos políticos Pág. 37

18- Sayago, Op.cit Pág. 39

19- Sayago, Op.cit Pág. 43

20- La figura del cuartel como contra imagen (lo vuelve el significante de una ausencia que el líder viene a asumir) de la sociedad deteriorada, justamente, por la política.

21- Verón, Eliseo; Sigal, Silvia. Perón o muerte, Ed. Legasa, 1985; Pág. 37

22- No mencionará nunca a Irigoyen en sus discursos y jamás hará mención a la ruptura de la legalidad constitucional en 1930.

23- Verón y Sigal; Op.cit. Pág. 30

24- Verón y Sigal, Op.cit. Pág. 47

27- Sayago, Carlos. Una nación militar; Pág. 6

28 – Sayago. Op.cit Pág. 10

25- Aquella fascinación perduraba aún cuando en 1969 Félix Luna al entrevistarlo se topaba con la siguiente frase expuesta ante sus camaradas como resultado de su viaje: “allí (en Italia), está sucediendo una cosa: se estaba haciendo un experimento, dijo. (…) era el primer socialismo nacional que aparecía en el mundo. No entro a juzgar los medios de la ejecución, que podían ser defectuosos. Pero lo importante era eso: un mundo ya dividido en imperialismo (…) y un tercero en discordia que dice: `no, ni con unos ni con otros, nosotros somos socialistas, pero socialistas nacionales´. Era una tercera posición entre el socialismo soviético y el capitalismo yanqui. Para mi ese experimento tenía un gran valor histórico. De alguna manera, uno ya estaba intuitivamente metido en el futuro”. Giussani, Pablo. Montoneros la soberbia armada; ed. Sudamericana, 2011; pág. 203

29- Esta relación instrumental entre los partidos y el Estado aparece invertida en el proyecto de Perón, puesto que consideraba que el Estado aquí ya no es el receptor y vehículo pasivo de una voluntad política que le es esencialmente ajena, sino fuente y sujeto de una voluntad política que le es esencialmente propia y a partir de la cual asume una relación instrumental con el plano de la vida partidaria. El poder en el ámbito del Estado peronista, no es una cosa a la que llega una fuerza partidaria preexistente a su ejercicio, sino una instancia absoluta y primigenia. El ejercicio del poder expresa la autodeterminación activa del Estado y no su sometimiento pasivo a una actividad determinante de fuerzas políticas asentadas en el llano.

30 – Sayago. Op.cit. Pág.10

31- Reich. Op.cit. Pág. 61

32 – Reich. Op.cit. Pág.62

33 Op.cit. Pág. 115

34 – Op.cit. Pág.119

35 – Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Editorial Alianza. Pág. 488

36 – Arendt, Op.cit Pág. 489

37 – Arendt, Op.cit Pág. 497

38 – Op.cit. Pág. 507

39- Op.cit. Pág. 526

40 – Sayago. Freud, escritos políticos. Pág.29

41 – Arendt, Op.cit. Pág. 531

42- Giussani, Pablo. Montoneros la soberbia armada; ed. Sudamericana, 2011; pág. 247

43 – Sayago, Carlos. La representación social del nacionalismo. Pág. 4

44 – Sayago. Op.cit. Pág. 4

45- Op.cit Pág.6

46- Gillespie, Richard. Soldados de Perón; ed. Sudamericana, 2011; pág. 76

47- Giussani, Pablo, op.cit, pág. 287

48- Gillespie, Richard, op.cit, pág. 186

49- Verón y Sigal, op.cit, pág. 83

50 – Gillespie, op.cit, pág. 319

51 – Freud, op.cit., pág. 140

52- Montoneros argumentaba en sus documentos que el peronismo es el movimiento revolucionario del pueblo argentino; como tal, no puede acomodarse dentro de ningún régimen liberal cuasi democrático; cualquier intento de integración dirigido a los peronistas conciliadores estaría principalmente motivado por el deseo de destruir al peronismo como fuerza revolucionaria; al mismo tiempo, los militares no permitiría la celebración de elecciones libres a causa de la segura victoria del Movimiento, acto seguido un asalto de los bastiones del privilegio; por ello, el peronismo seguía un inequívoco camino revolucionario, dirigida hacia la toma violenta del poder, los sectores conciliadores serían atacados, lo mismos que los incitadores de su postura desde afuera; de este modo, aunque el peronismo de base no sucumbiría nunca en sus “engatusamientos”, éstos podrían desorientarlo por algún tiempo y dividirlo con sus maniobras reformistas.

53- Giussani, op.cit, pág. 311

54 – Kirpatrick, J. Dictadura y contradicción. Editorial Sudamericana. Pág. 122

55- Kirpatrick. Op.cit. Pág. 125

56- Convertirse en un guerrillero profesional suponía, a menudo, no solo romper con la familia y los amigos y con los medios de subsistencia no dependientes de la organización, sino también comportarse conforme al fantástico mundo heroico que las publicaciones y comunicados guerrilleros procuraban ofrecer continuamente. La severa respuesta disciplinaria a aquellos cuya conducta no estaba a la altura del código montonero, aunque vital a largo plazo en lo tocante a la seguridad, no contribuía a dar una buena imagen de la organización, sobre todo en un país en el cual, a pesar de la inestabilidad institucional, la pena capital no había sido aplicada en años.

57- Gillespie, op.cit, Pág.209

58- Gillespie, op.cit. pág. 291

59- En teoría, los Montoneros seguían rigiéndose por dos principios: el mantenimiento de “la permanente ligazón con las masas” y “reconocer a las tareas militares como el aspecto principal de nuestra acción, basados en la concepción de que si bien la guerra es la continuación de la política por otros medios, no se pueden alcanzar objetivos políticos mayores si no se posee poder militar suficiente”. En la práctica, las dos cosas eran manifiestamente incompatibles: los criterios políticos y militares chocaban entre sí cuantas veces había que tomar una verdadera decisión táctica. El razonamiento político exigía que Montoneros profundizara su penetración en los movimientos de las masas, mientras que la lógica militar dictaba un alto nivel de aislamiento por meras razones de seguridad. El estímulo al militarismo puede encontrase como resultado del llamado “determinismo tecnológico”: la tendencia de que los recursos técnicos disponibles se convirtieran en un factor determinante al decidir la clase de operaciones que debían realizarse, con lo que las acciones guerrilleras cada vez de mayor envergadura como resultado de los éxitos militares, prescindiendo del buen criterio político de las mismas y de su importancia para los movimientos y progresos de las masas. En segundo lugar, existía la preocupación guerrillera de que, en cuanto no se llevaran a cabo operaciones audaces y espectaculares, el público pronto se cansaría de los reiterados actos de violencia. Y en tercer lugar, el limitado apoyo político de la izquierda peronista también incitaba a intentar la sustitución del apoyo social por el poder militar, al menos como medida provisional.

60- Giussani, op.cit., pág. 74

61- Los cuatro comandantes guerrilleros establecieron las normas a las que debía ajustarse el centralismo democrático: se ordenó la celebración de un referéndum en el que participarían los oficiales superiores, mayores, primeros y segundos, pero con una opción de voto restringido solo a dos mociones, lo que en realidad convertía el asunto en un plebiscito legitimante de la cúpula organizativa, la cual estaba autorizada a “imponer la hegemonía de la línea mayoritaria”. Era imposible, mediante aquel procedimiento, expresar desacuerdo con la conducción sobre las cuestiones políticas en juego sin acusarla de no representar ampliamente a la organización. En la práctica, los líderes del PM y del EM estaban en su mayoría en jefaturas de las ramas del MPM; y Mario Firmenich era ahora primer secretario del PM, comandante en jefe del EM y secretario general del MPM (esto {ultimo a fin de garantizar el dominio de la ideología del partido en el movimiento), y cuya sede central se encontraba en Roma.

62- “nosotros pensamos que el partido revolucionario no tiene que ser un partido de masas” Firmenich a Afrique-Asie. “cuando un partido revolucionario se esfuerza en convertirse en un partido de masas, de dos ocurre una: o bien hace pesar el rigor ideológico antes que la unidad política de las masas, y en ese caso no sería un partido de masas, o bien diluye su ideología para no dividir a las masas. Y entonces, aunque se haga llamar un partido, será de hecho un movimiento” 30/0ct/78. En abril de 1976 se decretó la formación del Partido Montonero, teóricamente un partido de cuadros, basado en el aspecto organizativo en los principios leninistas del centralismo democrático, y regido por una ideología llamada “materialismo histórico y dialéctico”. Finalmente, el documento defendía la necesidad de reemplazar el tradicional liderazgo unipersonal del peronismo por el de un partido revolucionario más duradero, y concluía “puesto que el movimiento revolucionario popular argentino había tomado históricamente el nombre de su liderazgo, era lógico que aquel movimiento fuera rebautizado como Movimiento Montonero.

63 – Gillespie, op.cit, pág. 316. Como señalara la disidente Columna José Sabino Navarro, la práctica de la guerrilla urbana, al principio considerada medio, provocó una total militarización de la organización, la cual había llevado consigo Montoneros en el 73/74 al palenque político. Había retenido su opción a la carta guerrillera durante los dieciséis meses posteriores al 25 de mayo de 1973 y seguían propendiendo a equiparar la lucha revolucionaria con la lucha armada.

37- No pudiendo ya producir asesinatos sensacionales, los montoneros pasaban a padecer asesinatos sensacionales, preservando aquel nivel de espectacularidad que los definía e identificaba como grupo. Era necesario dejar constancia que los montoneros, para matar y para morir, eran grandiosas personalidades fuori serie. Se trataba en realidad de una horrorosa utilización del propio martirio –real y terrible- para asegurar la continuidad de un mismo personaje excelso, sobresaliente como sujeto de violencia y sobresaliente como objeto de violencia.

65- Declaraciones del General ibérico Saint-Jean, gobernador de Buenos Aires. Gillespie, op.cit, pág. 380.

66- Freud, op.cit, pág. 112

Bibliografía

• Freud, Sigmund. El malestar en la cultura en Obras completas, Vol. 21, ed. Amorrortu

• Verón, Eliseo y Sigal, Silvia. Perón o muerte, Ed. Legasa, 1985

• Giussani, Pablo. Montoneros la soberbia armada; ed. Sudamericana, 2011

• Gillespie, Richard. Soldados de Perón; ed. Sudamericana, 2011

• Sayago, Carlos. Freud. Escritos políticos.

• Sayago, Carlos. La representación social del nacionalismo. Parábola editorial. 2010

• Sayago, Carlos. Una nación militar.

• Reich, Wilhelm. Psicología de las masas del fascismo. Editorial Latina

• Arendt, Hannah. Los orígenes del totalitarismo. Editorial Alianza

• Kirpatrick, Jeanne. Dictadura y contradicción. Editorial Sudamericana.

1 Comment

  1. Excelente trabajo, me gustó. Muy completo y científico. He aprendido algunas cosas que no sabía. Bien redactado. Felicitaciones.

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