Autoritarismo y arte. Italia

Palabras clave

Análisis de discurso – Fascismo – Cine

Introducción

La búsqueda de la descripción de un momento histórico de características tan precisas como lo fue la experiencia fascista en Italia como fenómeno de entreguerras, es mi motivación principal para la producción de este trabajo. La atemporalidad y la falta de referencia personal que pueda contar como evidencia científica de rigor, sea entrevistas o investigaciones de campo, fuerza a imaginar alternativas creativas para una argumentación seria de la conclusión. A través de la representación cinematográfica producida en ese país en la filmografía, busco englobar los aspectos psicológicos destacados de personajes puntuales y, de ese modo, comparar con lo relatado en la bibliografía  histórica elegida.

Lo político entendido como relación dialéctica entre sujetos en su búsqueda de reconocimiento mutuo encuentra al poder como su manifestación inmediata, por ello, la conceptualización hecha por Foucault puede ser de utilidad.

A la empresa de aclarar comportamientos, aunque particulares bastante útiles para describir tendencias, el análisis del discurso de ciertas caracterizaciones artísticas permitiría, a priori y como suposición personal, la mejor descripción posible de un fenómeno tan gráfico como lo es la experiencia totalitaria y sus efectos en las capas más capilares de la sociedad. Con el bagaje conceptual que aportan Marc Angenot y Alejandro Raiter al análisis del discurso social aplicado a personajes; sumado a un encuadre histórico basado en Bobbio, Sassoon y Tannembawm; se busca arribar a un juicio de valor personal sobre el Acontecimiento.

1. El poder y el sujeto

En Microfísica del poder, el centro del análisis se basa en qué tipo de poder es susceptible de producir discursos de verdad que están, en una sociedad como la nuestra, dotados de efectos tan poderosos, puesto que estamos sometidos a la producción de la verdad desde el poder y no podemos ejercitar el poder más que a través de la misma. Dirá textualmente que “lo que busco es intentar demostrar cómo las relaciones de poder pueden penetrar materialmente en el espesor mismo de los cuerpos sin tener que ser sustituidos por la representación de los sujetos. Si el poder hace blanco en el cuerpo no es porque haya sido con anterioridad interiorizado en la conciencia de las gentes. Existe una red de bio-poder, de somato-poder que es al mismo tiempo una red a partir de la cual nace la sexualidad como fenómeno histórico y cultural en el interior de la cual nos reconocemos y nos perdemos a la vez”.[Foucault, 1992: 156]

Dirá que la teoría del derecho, desde la Edad Media, tiene esencialmente el papel de fijar la legitimidad del poder; es decir, que el principal problema alrededor del que gira toda dicha teoría es el de la soberanía. En el fondo, el discurso y la técnica del derecho han tenido principalmente la función de “disolver en el interior del poder el hecho de la dominación para hacer aparecer en su lugar los derechos legítimos de la soberanía y la obligación legal de la obediencia”.[Foucault, 1992: 141] Se trata de interpretar al poder en sus extremidades, allí donde se vuelve capilar, sobre todo allí donde, saltando por encima de las reglas de derecho que la organizan y lo delimitan, se extiende más allá de ellas, se inviste en instituciones, adopta la forma de técnicas y proporciona instrumentos de intervención material, eventualmente incluso violento; buscando refinar el objeto de estudio en los límites menos jurídicos de su ejercicio para intentar una explicación al interrogante de cómo  se han, gradual pero constantemente, constituido los sujetos, a partir de la multiplicidad de los cuerpos, de las fuerzas, de las energías, de las materialidades, deseos, pensamientos, etc. A modo de ejemplo la primer parte del film Novecento remite permanentemente a esta cuestión sociopolítica fundamental de división entre patrones y campesinos, ley y pueblo, privilegiados y explotados. Cabe aclarar que, a criterio personal, lo que el director de la obra pretende demostrar es cómo el ambiente cultural sobredetermina la psiquis del hombre, graficado esto en las lecturas particulares de acontecimientos idénticos hechas por Alfredo Berlinghieri (Robert De Niro) y Olmo Dalco “el bastardo” (Gerard Depardieu).

El poder se constituye y funciona a partir de poderes, de multitud de cuestiones y de efectos de poder, “(…) no es algo que pueda ser dividido entre los que lo poseen y los que no; debe ser analizado como algo que circula, o más bien, como algo que no funciona sino en cadena. El poder funciona, se ejercita a través de una organización reticular. Y en sus redes no solo circulan los individuos, sino que además están siempre en situación de sufrir o ejercer ese poder, no son nunca el blanco inerte o consistente del poder ni son siempre los elementos de conexión, en otros términos, el poder transita transversalmente”[Foucault, 1992: 144]. Vale tener en cuenta  también que es muy posible que las grandes máquinas de poder estuviesen acompañadas de producciones ideológicas. Es decir que son instrumentos efectivos de formación y acumulación del saber, métodos de observación, técnicas de registro, procedimientos de indagación y pesquisa, aparatos de verificación. esto quiere decir que el poder, cuando se ejerce a través de estos mecanismos sutiles, no puede hacerse sin formar, sin organizar y poner en circulación unos aparatos de saber que no son construcciones ideológicas.

Sostiene el autor francés en el libro mencionado que en las sociedades modernas, desde el siglo XIX hasta nuestros días tienen, por un lado, una legislación, un discurso, una organización del derecho público articulado en torno al principio del cuerpo social y de la delegación por parte de cada uno; y por otra parte, una cuadriculación compacta de coacciones disciplinarias que aseguran en la práctica la cohesión de ese mismo cuerpo social. Ahora bien, esta cuadriculación no puede, en ningún caso, transcribirse en el interior de este derecho que es, sin embargo, su compañero necesario. En un derecho de soberanía y una mecánica de la disciplina: entre estos dos límites se juega el ejercicio del poder.

Así mismo las disciplinas tienen su discurso, son creadoras de aparatos del saber y de múltiples dominaciones de conocimiento; siendo extremadamente inventivas en el orden de los aparatos que forman saber y conocimientos. Las disciplinas son portadoras de un discurso, pero “éste no puede ser el del derecho; el discurso de las disciplinas es extraño al de la ley, al de la regla efecto de la voluntad soberana. Las disciplinas conllevarán un discurso que será el de la regla, no el de la regla jurídica derivada de la soberanía, sino el de la regla natural, es decir, el de la norma. Éstas definirán un código que no será el de la ley sino el de la normalización, se referirán a un horizonte teórico que no serán las construcciones del derecho, sino el campo de las ciencias humanas, y su jurisprudencia será la de un saber clínico”.[Foucault, 1992:  151]

En el film anteriormente mencionado un escenario es realmente aplicable a esta situación: tras la tormenta de granizo las cosechas esperadas fueron del 50%, por lo que el cappo de la estancia le comunica a los campesinos que lo recibido será la mitad de lo que originalmente hubiesen obtenido. El descontento de los campesinos se resuelve con una huelga que ofusca de sobremanera al patrón a punto tal de que exclama a su esposa “lo que hacen atenta contra la civilización”; luego, ante la intransigencia de la medida,  el abuelo le dice a Olmo al ver a los patrones trabajando el campo: “¿Será esto Socialismo? Ricos sudando y trabajadores bajo un árbol. Es demasiado bueno para durar”. El discurso hegemónico ante una coyuntura tal determinó un abanico de acciones que concluyeron en una medida conjunta dada por reivindicaciones comunes de lo considerado justo, he allí la maduración de la conciencia colectiva, la permeabilidad al ideario socialista de personas estructuralmente explotadas, y la puesta en práctica de una acción violenta intransigente en desafío al concepto de civilización y orden imperantes.

2. ¿Por qué el fascismo?

2.1 El capitalismo y el campesinado italiano

Los movimientos populares italianos vinculados a la cuestión agraria fueron muy importantes entre finales del siglo XIX y la década de 1920. El capitalismo agrario italiano de dicha centuria no se había manifestado de una manera muy distinta del de otros países de la región, ya que los numerosos contratos existentes en la península poco a poco se habían modificado, o bien hacia la erosión de la parte en especie en los contratos de aparcería. Estas luchas se insertaban en un movimiento secular de tensiones de clase entre propietarios y campesinos, entre ciudad y campo cristalizadas en revueltas en la época napoleónica, usurpaciones de los bienes públicos meridionales en 1847, invasión de feudos y bienes públicos después de la caída del régimen borbónico, que revelaban la aspiración campesina a la propiedad de la tierra. El análisis gramsciano del Risorgimento como “revolución agraria fallida” es clave para comprender el peso que conserva la renta del suelo en el desarrollo político del nuevo reino de Italia. La película Il Gatopardo refleja los conflictos en el Reino de las dos Sicilias, en donde se da cuenta de una nobleza tradicional en decadencia pero dueña de importantes latifundios, y de cómo se lograron adaptar a los nuevos tiempos de monarquía constitucional.

Los años anteriores a la primera guerra mundial fueron un periodo de intensa transformación capitalista en el campo y de fuertes luchas contraculturales, que llevaron a un aumento de salarios de los jornaleros en el norte y a una mejoría del modo de vida de los campesinos arrendatarios, medieros y pequeños propietarios. Teniendo como modelo la experiencia alemana y austriaca, surgieron y proliferaron gran cantidad de cajas de ahorros, y fueron el medio de reunión del dinero de los agricultores no afectados por la crisis, permitiendo una reinversión en términos de maquinaria, fertilizantes y semillas seleccionadas. Ello, en tanto, aumentaba la dependencia de la agricultura campesina respecto a los productos industriales y a los mecanismos crediticios. En otras partes, sobre todo en las regiones donde predominaba el régimen de medieros, se seguía proponiendo dicho régimen como medio para superar la crisis económica y sobre todo como medio para frenar la transformación de esos sujetos económicos en asalariados, lo que representaría su inevitable adhesión al socialismo. “Se trataba de una reestructuración técnica que era al mismo tiempo una reorganización de la sociedad agraria y que encontraba aceptación por parte de los representantes más avanzados de la industria” [Bobbio, 2008: 401]. El sujeto social promotor de esta nueva dinámica eran empresarios y miembros de la vieja nobleza local que garantizaban las transformaciones capitalistas de la agricultura de la región.

La crisis producida por la primera guerra mundial, debida a la participación de las masas campesinas en los frentes de toda Europa y su mayor politización, llevó a un empeoramiento de las relaciones de clase en el campo, sobre todo en la Europa centro-meridional, donde la economía campesina seguía teniendo fuertes rasgos de autosuficiencia socioeconómica. “Entre 1919 y 1920, las numerosas huelgas desembocan en ocupaciones de tierras, sobre todo en la Italia centro-meridional contra los bienes públicos y latifundios” [Bobbio, 2008: 402].

2.2 La revolución fascista

Dos condiciones necesarias, aunque no suficientes, hacen falta para el éxito de cualquier revolución: un grado extremo de desorganización social y una falta de fe, por parte de todos los afectados, en la dirección política existente. “Lo que hace a una revolución específicamente fascista son sus slogan y llamamientos a cierto tipo de gente que se considera a sí misma como derrotada en la civilización tecnológica moderna” [Tannembaum, 1972: 13].

La escena en Cristo se detuvo en Éboli retratando el momento de lo épico del relato de la guerra a Etiopía da cuentas de aspectos fundamentales de la cultura fascista, de su glorificación del genio latino, de la epopeya imperial. Al mismo tiempo ese film muestra la apreciación del italiano promedio del atrasado sur al confesarle al intelectual confinado en esa ciudad que la capital de Italia para ellos debía trasladarse a Nueva York, testimonio que evidenciaba una incredulidad muy fuerte para con el fascismo. Evidentemente para hacer la América había que cruzar el charco, no había perspectivas de futuro promisorio en estructuras agrarias que asemejaban a prácticas feudales aún iniciado el siglo XX: Una vez movilizada esta gente, un movimiento fascista que ha tomado el poder debe mantenerla tras él en organizaciones apolíticas y con insistencia primordial en el nacionalismo.

En las primeras elecciones luego de la unificación, en noviembre de 1870, para la IX legislatura, los electores eran el 2% de la población; en las últimas elecciones antes del ascenso del fascismo, en mayo de 1921, para la XXVI legislatura, fueron el 28,7% [Bobbio, 2006: 34]. “Mussolini había sido designado legalmente, había jurado fidelidad al rey y a la Constitución, y había presentado su programa ante el Parlamento, al que había pedido, y del que había obtenido plenos poderes” [Sassoon, 2008: 8]. La seducción del poder se le había manifestado tiempo atrás, cuando tomó conciencia de que podía obtener lo que deseaba de un modo más fácil y rápido si lograba un compromiso con la monarquía. Y ésta fue una de las actitudes que indujeron a buena parte de la clase política a otorgarle plenos poderes. Para justificar su lealtad a la corona Mussolini afirmaba que sólo pretendía evitar una guerra civil, aunque lo cierto es que no hubiera podido ascender al poder de ningún modo, pues su “ejército” de fascistas no era lo bastante poderoso.

En 1922 Italia tenía un complejo de instituciones que, si no siempre habían desenvuelto sus funciones de modo ejemplar, eran el resultado de una conciencia democrática que había ido madurándose y que permitían esperar, una vez sosegadas las agitaciones de la posguerra, la estabilización de un orden civil.

La interpretación de historiadores marxistas, con la cual concuerda Bobbio, arguye que los fascismo han sido un acontecimiento que debe ser visto en el vasto cuadro de la lucha de clases encendida en toda Europa luego de la formación de los partidos socialistas y que alcanzó la incandescencia tras el éxito de la Revolución de Octubre. Se explica al fascismo como la reacción violenta de la clase burguesa a la amenaza cada vez más intensa y cercana de la conquista del poder por parte de las clases populares, dadas sus prácticas de gobierno y el interés de clase se catalogó a esta experiencia como dictadura de la burguesía. Cuando la oposición anti-sistema aumenta (Novecento es un relato de ello), ya no alcanzan las medidas de policía esporádicas: es necesaria la violencia directa de las escuadras de acción a su sueldo. Y cuando ya no alcanza siquiera el garrote, será el turno de la ley marcial: el fascismo como ley marcial extendida durante veinte años para reprimir el incontenible ascenso de las masas populares hacia la conquista del poder político y económico. Sostendrá Bobbio que “el fascismo como fenómeno histórico que tuvo lugar entre las dos guerras mundiales luego del éxito de la primera revolución socialista de la Historia, es en primer lugar en defensa a ultranza del orden social consolidado a través de la expansión de la economía capitalista correspondiente a la primera revolución industrial” [Bobbio, 2006: 77]; donde quiera que se presente en escena, el fascismo lo hace como anticomunista.

Es fascismo surge en Italia porque la democracia en ese país era más frágil que otras, la libertad nunca había llegado a ser una costumbre nacional, sino que siempre había sido un privilegio y una concesión. El conformismo no fue inventado por el fascismo, era un vicio atávico de un pueblo sujeto por siglos a dominaciones extranjeras. En un país donde todas las revoluciones habían sido sofocadas al nacer, es lógico que la primera revolución que tuviera éxito fuera la revolución al revés de aquellos que querían permanecer a toda costa en el poder, y se tomase por un jefe revolucionario a la enésima encarnación del condottiero.

No hay duda que los años de posguerra son particularmente favorables al desarrollo de un régimen autoritario que suspenderá las libertades constitucionales (aunque realmente las abolió) en nombre de la restauración del orden y que sofocará al movimiento obrero en nombre del interés nacional.

En primer lugar, el desafío del movimiento obrero, que en toda Europa en los años precedentes a la primera guerra mundial había sido sólo proclamado, desde 1917 en adelante, con el estallido de la Revolución Rusa y con la instauración del primer Estado socialista en un inmenso país, se había convertido en una dura realidad, imposible de suprimir. Para los gobiernos burgueses, el socialismo ya no era solo un fantasma sino ya un poder real.

Al ser la democracia italiana débil, y al sumarse el hecho de que en los años inmediatamente posteriores al fin de la guerra se atravesaba una crisis de la cual de la cual había salido aún más debilitada. En las elecciones de 1919, celebradas por primera vez de acuerdo a las normas del sistema de representación proporcional, dieron como resultado que el primer partido formado fuera del parlamento, el Partido Socialista, había obtenido una mayoría relativa de 156 escaños; y el segundo, el Partido Popular, que había sido formado unos meses antes de la elección, hubo de lograr la no despreciable cifra de 100 escaños. Otro dato concluyente era que las estructuras de poder clásicas del gobierno italiano había sido derrotadas, por lo que se requirió de una nueva clase dirigente. En teoría, “sólo la alianza de estos dos nuevos partidos en el parlamento hubiera favorecido la consolidación de un nuevo gobierno en forma estable; sin embargo sucedió lo contrario, que un parlamento nuevo continuó siendo gobernado por hombres viejos y por viejos métodos       ” [Bobbio, 2006: 79].

La facilidad para la toma del poder se explica también por la extensa masa de maniobra propia para oponer al movimiento obrero organizado, constituida principalmente por personas de clase media,  oficiales de licencia, estudiantes, empleados mal pagados, ex combatientes incapaces de insertarse en la vida del país, que temían la llegada del comunismo no menos que la alta burguesía, e incluso más, y que, no teniendo ideales propios, eran particularmente inflamables al viento insinuante de la retórica nacionalista. En conclusión, “la conquista del poder por parte del fascismo fue el resultado de una fecunda alianza entre precisos intereses de clase y turbios ideales, favorecidos por la crisis moral, social y económica que atravesaba un país como el nuestro, con larga tradición más acostumbrado a la opresión que a la libertad” [Bobbio, 2006: 80].

Bobbio argumenta que hubieron dos fascismos, uno conservador y otro extremista. La diferencia esencial era que el segundo quería o quería querer un orden nuevo; el primero quería pura y sencillamente el orden..

La revolución era veleidosa porque no estaba inspirada y guiada por una doctrina, una ideología constructiva o un programa: el nacionalismo, que era la única ideología de los extremistas, no era tanto un programa de política interna, sino de política internacional, y más que un programa de cosas para hacer, era una excitación de los sentimientos. Para que se pueda hablar de revolución se necesitan dos elementos, la violencia destructora del viejo orden y la instauración de un orden nuevo. Los fascistas extremistas poseían de revolucionarios solo la primer condición, aunque como fin en sí mismo, siendo incapaces de construir un Orden nuevo; el cual fue construido por los fascistas conservadores.

El fascista típico durante la primera parte de la década del veinte, era “alguien que no había encontrado lugar en la sociedad o alguien cuyo status socio-económico se encontraba entre la clase media baja y clase media (en especial empleados de cuello blanco), y su media de edad por encima de los treinta años” [Tannembaum, 1972: 87]. La cinematografía complementa lo dicho anteriormente con la caracterización del personaje principal de el conformista, Marcello ClericiEn la película ambientada en 1937 se refleja un Yo abatido por la liberalidad, ya devenido en Yo egoísta y se ve perfectamente reflejado en el personaje principal quien aprecia tener roce con la muerte, que es carente de orden y que presenta un círculo familiar en decadencia (incluso con un padre militar devenido el loco). El antiliberalismo y la ideología de la violencia lo hacen sentirse parte de un orden nuevo que concordaba con su personalidad criminal. El personaje principal se alisa al movimiento y es mandado a asesinar a un profesor disidente exiliado en París, lo cual no lo puede realizar por su cobardía y falta de convicción ya que era miembro del partido para pertenecer al grupo de aquellos que, siendo históricamente desplazados, le tocaba ahora si engrosar las filas de la burocracia.

Después de su discurso del 3 de enero de 1925 Mussolini liquidó la oposición e instauró una dictadura de hecho. En la nueva empresa de la construcción jurídica de un nuevo Estado Alfredo Rocco jugó un papel fundamental. Provenía del nacionalismo de derecha, un conservador amante del orden que desciende desde lo alto, autoritario sin términos medios y estatista convencido. Desde 1925 a 1929, “año de la conciliación”, fueron promulgadas todas las leyes constitucionales necesarias para transformar un régimen liberal, como era el del estatuto Albertino, en un Estado totalitario.

Agotada la tarea del fascismo como represión comenzó una nueva etapa del régimen: el fascismo como aventura. De 1935 a 1940 sucedieron hechos como la guerra de Etiopía, la guerra de España y la participación en la segunda guerra mundial. Licenciados los grandes ideólogos del nuevo Orden (Gentile cayó en desgracia), conquistaron el predominio las nuevas levas fascistas, educadas en el clima del fascio, que, aturdidas por la retórica oficial, creyeron ciegamente en los destinos imperiales de la Italia fascista. La llegada de Hitler a Roma es descrita en Un día muy particular, cuya discursividad será analizada luego.

La complejidad del fascismo explica también la complejidad del antifascismo, que siempre debió combatir en dos frentes: el frente de la defensa de las libertades tradicionales contra el fascismo conservador y el frente de la defensa del movimiento obrero y del socialismo contra el fascismo extremista. “El fascismo no era solo una dictadura, sino que era una dictadura de clase que defendía ciertos intereses (los de la alta burguesía) y reprimía otros (los del movimiento obrero, que había venido luchando desde hacía decenios por una mayor participación del pueblo en el poder y ahora veía deshechos sus esfuerzos por leyes represivas sobre la libre formación y la libre acción de los sindicatos)” [Bobbio, 2006: 85].

3. Discurso social. Acto y potencia

Hablar de discurso social es abordar los discursos como hechos sociales y, a partir de allí, como hechos

históricos. También es ver, en aquello que se escribe y se dice en una sociedad, hechos que funcionan independientemente de los usos que cada individuo les atribuye, que existen  imponen. En consecuencia, esta perspectiva retoma lo que se narra y se argumenta, aislado de sus manifestaciones individuales, y que sin embargo, no es reductible a lo colectivo, a lo estadísticamente difundido: “se trata de extrapolar de esas “manifestaciones individuales” aquello que pueda ser funcional en las “relaciones sociales” y que, en el plano de la observación, se identifica por la aparición de las regularidades, de previsibilidades”[Angenot, 2010: 23]. Por lo tanto, “todo discurso concreto (enunciado) descubre siempre el objeto de su orientación como algo ya especificado, cuestionado, evaluado, envuelto, si así pudiera decirse, por una bruma ligera que lo oscurece o, al contrario, como algo esclarecido por palabras ajenas a su propósito. Está envuelto, penetrado por las ideas generales, las perspectivas, las apreciaciones y las definiciones de otros (Bajtin, 1978: 100)” [Angenot, 2010: 24]. He allí el porqué de lo enriquecedor del análisis del discurso de representaciones artísticas tales como las que aparecen en El inocente  Un día muy particular.

Para un análisis de tipo bajtiniano, el lenguaje es la expresión material de la conciencia y, por lo tanto, no sólo puede ser estudiado científicamente sino que es la forma científica de abordar el estudio de la conciencia humana. Recupera el lenguaje como un todo, sin separar significantes materiales de significados meramente conceptuales, lo considera íntimamente relacionado con lo social. El lenguaje por su parte, no es un sistema de signos, porque la vida del signo está en el entorno social dentro del que circula. Por lo tanto es “el lenguaje tal como existe en una sociedad concreta, vivo, porque es usado por hablantes reales que producen enunciados históricamente situados, vivo en las instituciones sociales y constitutivo de éstas, sujeto al cambio histórico -como lo están todas las sociedades de clase- y determinado, en última instancia, por el modo de producción dominante en la continuidad lingüística” [Raiter: 17]. El valor para Bajtin, entonces, está dado por la ideología dominante, y por tanto llamará a los signos ideológicos, en tanto tienen el valor que la comunidad de hablantes les otorga.  Tales son los casos del concepto civilización y socialismo mencionados en el punto 1.

Que todo lo que se analiza como signo, lenguaje y discurso es ideológico significa que todo lo que puede identificarse allí, como los tipos de enunciados, la verbalización de los temas, los modos de estructuración o composición de los enunciados, la gnoseología subyacente en una forma significante, todo eso lleva la marca de “maneras de conocer y de representar lo conocido que no van de suyo, que no son necesarias ni universales, y que conllevan apuestas sociales y ocupan una posición (dominante/dominada para simplificar) en la economía de los discursos sociales” [Angenot, 2010: 28].  Acentuar la fluidez, la desviación creativa hacia una representación de lo social como un lugar donde las conciencias (“respondientes” y dialogizadas) están en constante interacción, un lugar en el que las legitimidades, las jerarquías, las restricciones y las dominantes sólo se consideran en la medida en que proporcionan material a la heteroglosia y, en orden estético, al texto polifónico.

3.1 Hegemonía

Hegemonía debe entenderse como un conjunto complejo de reglas prescriptivas de diversificación de lo decible y de cohesión, de coalescencia, de integración. Es aquello que produce lo social como discurso, establece entre las clases la dominación de un orden de lo decible que mantiene un estrecho contacto con la clase dominante. La hegemonía es social porque produce discursivamente a la sociedad como totalidad. No es propiedad de una clase. Pero como instituye preeminencias, legitimidades, intereses y valores, naturalmente favorece a quienes están mejor situados para reconocerse en ella y sacar provecho.

Intertextualidad debe entenderse en este esquema como circulación de ideologemas, es decir,  de pequeñas unidades significantes dotadas de aceptabilidad difusa en una doxa dada, como la interacción e influencia mutua de las axiomáticas del discurso. La hegemonía es entonces “el conjunto de los “repertorios” y reglas y la topología de los “estatus” que confiere y argumentos que contribuyen a su aceptabilidad. [Es] sistema regulador que predetermina la producción de formas discursivas concretas. Debe describirse formalmente como un “canon de reglas” y de imposiciones legitimadoras y, socialmente, como un instrumento de control social, como una vasta sinergia de poderes, restricciones y medios de exclusión ligados a arbitrarios formales y temáticos” [Angenot, 2010: 32].

Conjunto de reglas y de incitaciones, canon de legitimidades e instrumento de control, la hegemonía que “apunta” ciertamente a la homogeneidad, a la homeostasis, no solo se presenta como un conjunto de contradicciones parciales, de tensiones entre fuerzas centrífugas y centrípetas, sino que, más aún, logra imponerse justamente como resultado de todas esas tensiones y vectores de interacción. La hegemonía no corresponde a una “ideología dominante” monolítica sino a una dominancia en el juego de las ideologías. En la hegemonía intervienen “intereses estructurales, tradiciones (porque la hegemonía es siempre un momento de readaptación de un estado hegemónico anterior), posiciones adquiridas y defendidas, “pereza” intelectual y necesidades de adaptación a la doxa” [Angenot, 2010: 34]. La hegemonía engendra hegemonía: de las rutinas a las convergencias, se refuerza con el solo efecto de masa.

En tanto que el discurso hegemónico impone nuevos signos ideológicos y les otorga un valor determinado: todo otro signo se verá entonces extraño o ajeno, por lo tanto será considerado falso o no creíble. desde este lugar privilegiado surgen todas las calificaciones (verosímiles) posibles; de acuerdo con una determinada distancia respecto de un eje que el discurso dominante impone. Y la debe imponer y aceptar como tal, porque “el discurso dominante no supone ni puede ser una unidad autoconsciente ya que perdería su condición y principal función. un discurso dominante puede serlo precisamente porque es diverso, porque no tiene monopolio de la referencialidad para proscribir sino para calificar o, dicho en otros términos, para otorgar grados de verosimilitud a los otros discursos” [Raiter: 28]. La imposición de nuevos signos ideológicos será imprescindible para la conformación de un nuevo discurso que cuestione la referencialidad existente, amén de que debe poseer necesariamente capacidad de cuestionamiento y la fuerza de obligar una respuesta del discurso dominante, es decir, lograr posicionarse en lugar de iniciativa discursiva. La dialéctica permite brindar un mapa objetivo del estado de la conciencia social e individual.

3.2 Elementos que componen el hecho hegemónico

La lengua legítima ya que no la consideramos como un sistema de categorías gramaticales abstractas,  sino como “un lenguaje ideológicamente saturado, como  concepción del mundo, incluso como una opinión concreta, como lo que garantizan un máximum de comprensión mutua en todas las esferas de la vida ideológica. (Bajtin, 1978: 95)”. [Angenot, 2010: 38] Determina al enunciador aceptable.

La tópica produce lo opinable, lo plausible, pero también esta presupuesta en toda secuencia narrativa, constituyendo el orden de la veridicción consensual que es condición de toda discursividad, y que sostiene la dinámica del encadenamiento de los enunciados de todo tipo. Sin solución de continuidad engloba implícitos y presupuestos propios de una determinada época y sociedad. “No hay ruptura de continuidad entre todas las preconstrucciones argumentativas, más o menos densas semánticamente, que forman el repertorio de lo probable y que llamaremos la doxa” [Angenot, 2010: 40]. Ella es lo que cae de maduro, de carácter impersonal pero necesario a la hora de pensar lo que se piensa y decir lo que se tiene que decir, denota el orden de lo implícito público.

Gnoseología es entendido como un conjunto de reglas que determinan la función cognitiva de los discursos; las maneras en que el mundo puede ser esquematizado sobre un soporte de lenguaje, esquematizaciones que constituyen la precondición de los juicios, es decir las estructuras mentales.

La hegemonía es un “ego-centrismo” y un etnocentrismo. Es decir que engendra ese Yo y ese Nosotros que se atribuyen el “derecho de ciudadanía”, desarrollando ipso facto una vasta empresa xenófoba alrededor de la confirmación permanente de un sujeto-norma que juzga, clasifica y asume sus derechos.

Lo que habitualmente se llama “cultura” se compone de contraseñas y temas apropiados, temas que permiten disertar, sobre los que hay que informarse, y que se ofrecen a la literatura y a las ciencias como dignos de meditación y análisis. La hegemonía se presenta entonces como una temática, con conocimientos de aparatos, “problemas” parcialmente preconstruidos, intereses ligados a objetos cuya existencia y consistencia no parecen ofrecer dudas, ya que el mundo entero habla de ellos. Tratar de mostrar la génesis y los lineamientos de un paradigma  socio-hermenéutico general. Las ideologías del momento suministran versiones sucesivas o variantes.

La hegemonía se aprehende como un sistema de división de las tareas discursivas, en los cuales los dispositivos interdiscursivos aseguran la migración de ideologemas variados y las adaptaciones de las formas del lenguaje y tópicas comunes. Es necesario pensarla como convergencia de mecanismos unificadores y a la vez como diferenciación regulada, no anárquica; otra forma de armonía cultural que puede compararse, por su lógica, con la división económica del trabajo y que, por otro lado, resulta de ella. Todo discurso legítimo contribuye a legitimar prácticas y maneras de ver, a asegurar beneficios simbólicos, por ello la coerción material más desnuda va acompañada siempre de símbolos, eslóganes y justificaciones, siendo la experiencia fascista bastante gráfica para esta afirmación. Los discursos sociales, más allá de la multiplicidad de sus funciones, construyen el mundo social, lo objetivan y, al permitir comunicar esas representaciones, determinan esa buena convivencia lingüística que es el factor esencial de la cohesión social. Al hacer esto rutinizan y naturalizan los procesos sociales, de ello se desprende que “el discurso social actúa, en su conjunto, formando los espíritus y desviando las miradas de ciertas “cosas”” [Angenot, 2010: 67].

El discurso social está sometido a dos lógicas concomitantes (aglutinadas bajo el concepto de hegemonía); “una reúne los factores de cohesión, repetición metonímica de recurrencia, coninteligibilidad; la otra, los factores de especialización, disimulación, migración por avatares, distinción gradual, y también confrontaciones reguladas y particularismos. (…) la paradoja fundamental es que el discurso social produce su cohesión “monopolista” con un solo movimiento en el que selecciona y, al mismo tiempo, excluye, comenzando por su imposición de la norma lingüística, de la lengua “oficial”. Separa a los hombres según su grado de sofisticación cultural y les procura identidades “totémicas”” [Angenot, 2010: 72]. La hegemonía impone temas y estrategias cognitivas, al mismo tiempo que rechaza y escotomiza la emergencia de los otros.

El desciframiento de los textos “[trae a la luz cuestiones] que solo pueden ser resueltas por el análisis de las condiciones sociales en las cuales se han producido e, inversamente, el análisis de las características sociales de los productores y de los lugares de producción introduce permanentemente nuevas interrogaciones sobre los textos (Bourdieu, 1976: 10)”. [Angenot, 2010: 74]. Textos y discursos coexisten, interfieren, se posicionan unos en relación con otros y solo cobran significado en ese contexto, sino también porque una problemática sociohistórica sólo puede concebir las representaciones que comunican textos si no se disocian los medios semióticos de las funciones desempeñadas: el sentido de un texto es inseparable del hecho de que tenga una función social y de que sea el vector de fuerzas sociales.  Discursos y enunciados tienen una cierta aceptabilidad ya que eligen a sus destinatarios socialmente identificables, confirman sus “mentalidades” y sus saberes; lo que se dice en una sociedad no solo tiene sentido, sino también encantos, una eficiencia más que informativa o comunicacional.

El mercado discursivo provee a los ideologemas un valor de cambio. Los objetos ideológicos encuentran nichos de difusión y se esfuerzan por captar públicos fieles, cuyas necesidades moldean según la naturaleza de la oferta. Las personas están naturalmente “dispuestos hacia la doxa, las ideologías y los géneros discursivos de distintas maneras; el discurso social se organiza para llegar a ellos e involucrarlos de diferente modo, para estimular o para objetivar de manera variable sus simbolizaciones primarias” [Angenot, 2010: 83].

4. Análisis de discurso

  1. El inocente

Tullio (Giancarlo Giannini) es un respetado médico de origen pobre de la Toscana esposado con Giuliana pertenecientes a una clase aristocrática en decadencia. Ambos habían practicado el formalismo hasta en sus momentos de intimidad durante su juventud, se aprecia que es una constante en él particularmente la búsqueda del momento negativo, la necesidad de pertenecer y las consecuencias agradables de la verdad, a punto tal que es natural el juego de la doble moral en él al presentarse como un “Hombre de Familia” ante la sociedad, y un ateo libertino en su vida privada (al confesarse infiel le manifiesta a su esposa que la quiere como a una hermana). La apreciación de la mujer como objeto y la omnipotencia de la posición social son rasgos salientes de la caracterización de este personaje que pretende ser un estereotipo de la época, de tal modo  que en la primer escena el príncipe comenta a una asistente de la gala “(…) mi mujer se ofende mucho si no me ve en la sala, en el fondo es tan fácil poder hacerlas felices”.

Su vacío existencial se plasma en la afirmación a su amante, la condesa Raffo, “lo más peligroso es que mi estado de desesperación es tal que me siento desgraciado per al mismo tiempo quiero luchar, vivir. Es la primera vez que me encuentro en una situación como ésta“. Ella lo cataloga como “un enfermo que se recrea de su propia enfermedad” y lo llama “egoísta, orgulloso, despótico, el amante dueño”.

La situación clave se da cuando Giuliana queda embarazada del escritor Filippo D’Arborio, fallecido por una enfermedad exótica contraída en una travesía al África. El aborto es la única solución posible ante tal escenario puesto que es inconcebible el delito de que la criatura lleve apellido propio cuando es fruto de una relación que, a juicio de Tullio, ella rechaza y, de hecho, no puede ni recordar, él argumenta: “te atormenta el remordimiento del adulterio pero tú no quieres librarte de esa culpa y empiezas a atormentarte con las consecuencias de esa relación y esta vez condicionas la absolución a un castigo que dura toda la vida nos solo para ti ¿te das cuenta de lo absurdo de tu comportamiento? Yo soy ateo, eso no significa que los problemas morales no me preocupen, al contrario, me los planteo con plena conciencia de lo que suponen. Nunca delego a nadie las decisiones que tengo que tomar. Asumo la responsabilidad conscientemente y yo sé que mis pecados, si es que los tengo, no se remedian con el arrepentimiento o imponiéndome un castigo, “io sonno un uomo libero”. (…) Mi sola patria es la tierra por la que no vivo provisoriamente, no tengo un infierno que temer ni un cielo que esperar, [debemos encontrar] una solución que afronta la verdad de la existencia”, prosigue sosteniendo: ¿Te das cuenta qué pasará si decides dejarme? No me importa nada el escándalo. En cambio tu situación de mujer sola que se hace ilusiones de salvar a su criatura privándole de su padre. Si estuviera seguro que tu decisión es dictada sólo por tu religión, o tu concepto de moralidad, llámalo como quieras, si sintiera que por encima de todo eres mía podría soportar cualquier cosa. Los hijos son de quien los cría y los educa. (…) amándolo a él estas amando a su padre, la angustia te atormenta porque ves en él la materialización del desvío”.

Dado el discurso manifestado y presuponiendo que la afirmación de que la hegemonía es social porque produce discursivamente a la sociedad como totalidad, que no corresponde a una “ideología dominante” monolítica sino a una dominancia en el juego de las ideologías, y que produce un Yo y un Nosotros que se atribuyen el “derecho de ciudadanía”; es un esquema discursivo como el transcripto quien grafica de un modo eficiente a un estereotipo social clave para entender el porqué de un fenómeno totalitario de las características del Movimiento Fascista. El relativismo moral, la necesidad de pertenecer, el narcisismo exacerbado hacia una configuración etnosocial determinada -masculino, adulto, aristócrata, europeo-, son elementos que (si bien imposibles de cuantificar) predisponen a la tolerancia de un extremismo de la violencia y el control estatal a fin del logro de un objetivo concreto como el orden social y de la defensa de intereses particulares como los del bloque hegemónico italiano. Aunque no factores exclusivos, ellos dan cuenta de una configuración ideológica determinada.

Dentro de la capilaridad del análisis y entendiéndose que discursos y enunciados tienen una cierta aceptabilidad ya que eligen a sus destinatarios socialmente identificables (en este caso Giuliana) que confirman sus “mentalidades” y sus saberes; lo que se dice en una sociedad no solo tiene sentido, sino también encantos, una eficiencia más que informativa o comunicacional. La redefinición de  ideologemas como religión, moralidad, trascendencia y finalidad responden a una lógica utilitaria a fin de legitimar un discurso sobre una situación crítica como es la definición de la posibilidad de supervivencia de un bebé; por ello, la imposición de nuevos signos ideológicos será imprescindible para la conformación de un nuevo discurso que cuestione la referencialidad existente para la destinataria.

En la escena final, consumado el asesinato del niño le dice Teresa Raffo “Tus dos rivales son invencibles porque están muertos”, a lo que él contesta “ella decidió vivir en los fantasmas del cementerio en lugar de vivir libremente su vida negándose a creer que los problemas se arreglan en la Tierra”. Acto seguido se dispara Tullio al corazón.

  1. Un día muy particular

Película contextualizada el 3 de mayo de 1938 durante la visita de Hitler a Roma. En el homenaje al soldado ignoto, durante la ceremonia preparada por el régimen fascista el anunciador relata “es un hecho en el que el solemne rito guerrero tras el soldado que hizo levantar una multitud de puños, surge de los legionarios lento y lleno de una dulzura viril. Al oírla, se comprende como la voluntad guerrera de los legionarios de Mussolini es considerada hoy como mística del heroísmo y el sacrificio [la alemana y la italiana son] dos razas nacidas para entenderse”.  He allí la fusión del mito romano con la retórica nazi, discursos provenientes de los regímenes en alianza.

Gabrielle (Marcello Mastroianni) al hablar por teléfono durante la primer visita de Antonieta (Sophia Loren): “La vida, como sea, vale la pena ser vivida (…) es como un sueño, cuando quieres gritar y no puedes porque te falta la respiración. Pero tengo ganas de hablar, de hablar ¿te das cuenta? O salir a la calle y contarle al primer extraño mis problemas”. Acto seguido en su conversación con ella él argumenta: “cuando te desalientas tienes que hallar la fuerza de reaccionar enseguida, sino, no hay nada que hacer, estas liquidado”. De los dichos precedentes y de la contextualización hecha sobre los alcances del fascismo en su etapa madura, busco afirmar lo sostenido anteriormente que cuando se produce una profundidad tal de la regimentación de la vida del individuo, a punto tal de censurar la posibilidad de un diálogo abierto interpersonal, de dar cuentas de un Estado que se atribuye la misión de operar sobre los rincones más íntimos de la voluntad humana; se da cuenta de un fenómeno que por sus ambiciones resulta novedoso a la historia de las relaciones de poder a causa del alcance de aquello que compete a una Autoridad social y políticamente investida. El fascismo como búsqueda de una totalidad sintetizada desde el vértice superior de la pirámide de poder.

Al enterarse del motivo de su despido ella, incrédula, exclama: “Una persona tan decente no puede ser antifascista”. Esta expresión, no inocente, manifiesta un orden de lo implícito público, una configuración específica del ideologema antifascista. Como se ha afirmado anteriormente, la tópica produce lo opinable, lo plausible, pero también esta presupuesta en toda secuencia explicativa, constituyendo el orden de la veridicción consensual que es condición de toda discursividad, y que sostiene la dinámica del encadenamiento de los enunciados de todo tipo. Sin solución de continuidad ella engloba implícitos y presupuestos propios de una determinada época y sociedad (valoración popular de lo decente en este caso particular). Si la gnoseología ha sido descripta como un conjunto de reglas que determinan la función cognitiva de los discursos; las maneras en que el mundo puede ser esquematizado sobre un soporte de lenguaje, esquematizaciones que constituyen la precondición de los juicios, puede encontrarse allí la eficacia del discurso hegemónico fascista sobre el campo popular al ejercer el monopolio de la significación de dicho fonema [antifascista].

Al hablar Antonieta con Cecilia, la anciana del edificio, la geronte le comenta a la actriz protagónica el caso de un ladrón que ahora era un capposquadra de una milicia, a lo que concluye: “qué importa si alguien es un cretino, lo importante es ser fiel al partido”. En el álbum posesión de Antonieta con recortes de Mussolini, uno de las frases más contundentes es “Dios nos da el pan y él nos lo defiende” (en una escena temprana durante los preparativos de los infantes para el desfile, uno de ellos irrumpe en escena cantando “Yugoslavia dijo que Dalmacia era suya/ y nosotros le respondemos: nos cagamos en tus muertos”). Luego, en un nivel de confesiones más íntimo ella le manifiesta a Gabrielle que su marido con ella no habla, sino que da órdenes, que no se ríen desde que eran novios, que era más conocido en los burdeles que en las oficinas del Ministerio del África Oriental donde era Jefe del servicio de ordenanzas, que la engañaba con una maestra; pero que todo ello era lógico puesto que, argumenta ella: “a una ignorante se le puede hacer cualquier cosa porque no se la respeta”.

Tal como ha sido sostenido, los discursos sociales, más allá de la multiplicidad de sus funciones, construyen el mundo social, lo objetivan y, al permitir comunicar esas representaciones, determinan esa buena convivencia lingüística que es el factor esencial de la cohesión social. Si al hacer esto rutinizan y naturalizan los procesos sociales, he allí el porqué de la aceptación de tal situación por parte de la protagonista, puesto que en la Italia de esa época la valoración social de una mujer de esas características puede ser equiparable a la de Giuliana en El inocente; mujeres que, si bien diferenciadas por el nivel socioeconómico, en cuanto a género eran valoradas de similar modo por la institución marido. A causa de lo anterior creo correcta la afirmación que el discurso social hegemónico actúa, en su conjunto, formando los espíritus y desviando las miradas de ciertas cosas, que su paradoja interna fundamental es que él produce su cohesión “monopolista” con un solo movimiento en el que selecciona y, al mismo tiempo, excluye, comenzando por su imposición de la norma lingüística, y que gracias a ello separa a las personas según su valoración cultural y les procura identidades totémicas, como lo expresa el film para la condición de la mujer y el homosexual.

Conclusión

Desde mi punto de vista el poder es aquel factor que atraviesa las relaciones políticas y que debe ser central a

la hora de analizar un proceso político determinado. Ante situaciones diversas el politólogo se encuentra con escenarios adversos: para hacer un análisis de la actualidad necesita despejar la bruma interpretativa de un Acontecimiento en movimiento y la miopía propia de la finitud del entendimiento humano; para describir un Momento anterior se debe confiar en los registros a los cuales uno pueda tener acceso y, de ese modo, concluir en un juicio que enriquezca el debate.

Tal como se ha manifestado la naturaleza del poder es interpersonal y opera sobre voluntades de sujetos libres, por más formal que se interprete dicha libertad. Qué elementos pueden clarificar ese panorama me han llevado, conducido por la cursada, a indagar en el bagaje conceptual de la literatura citada, el análisis histórico, el discursivo y los aportes brindados por las obras de arte cinematográficas han sido los pilares del presente trabajo.

El fenómeno fascista ha tenido lugar en una cultura y  un momento histórico preciso, aunque la conceptualización de la experiencia remite a un debate permanente sobre los alcances de las fronteras del Estado, las inclinaciones sociales hacia formatos de autoridad específicos y sobre las condiciones objetivas para la aparición de experiencias de similares características.

Creo existen dos lógicas de poder, la autoritaria y la democrática, en donde el factor decisivo en cada una de ellas se da en los procesos de tomas de decisión, en el estado real de solidaridad inter pares y en la voluntad política de construcción de un proyecto colectivo de grandeza de un Pueblo.

Remitiéndome a los ejemplos históricos no existe clase dirigente alguna que haya colectivizado las decisiones fundamentales por mera convicción particular, las élites sociales han determinado desde tiempo inmemoriales hasta nuestro presente la dirección político-económico-ideológica de cada sociedad en particular, por lo que apelar a una buena voluntad estilo kantiana de las mismas no parece ser la mejor de las soluciones a la hora de pensar qué principios pétreos deben regir el juego político si es que lo que se desea es orientar el mismo hacia una lógica democrática. El factor clave es el poder popular.

Si el poder ideológico remite al discurso social en tanto hegemónico, el económico a las disposiciones coyunturales de los bienes materiales, y el político a la institucionalización de la coerción para una dirección de las fuerzas sociales y que tiene capacidad de incidencia sobre las dos formas anteriormente descriptas, es el poder popular aquel que emana de la sociedad civil organizada quien tiene capacidad de incidencia sobre el mismo. Los factores que influyen sobre el poder popular son la conciencia colectiva y la capacidad de organización para la presión sobre el bloque hegemónico. Creo, a juicio personal, que esas son las claves para evitar la tendencia natural hacia el autoritarismo.

Ha demostrado la experiencia fascista que una sociedad en época de crisis estructural se encuentra predispuesta a la aceptación de soluciones sistémicas radicales ante factores como la amenaza de la pérdida de privilegios por parte de la clase dominante, una internalización en las masas populares de una prédica de tinte nacionalista y polarizante [Ellos y Nosotros], de soluciones mesiánicas a atrasos estructurales en materia de cohesión social, de una inexperiencia de las bases a la hora de hacer frente a avasallamientos de las libertades no solo individuales sino colectivas, la carencia del valor que merece el ser humano en cuanto tal y de lo comunitario en tanto pilar de la construcción de una justicia social; cada una de ellas (más aún si se combinan todas) presentan un caldo de cultivo ideal para la emergencia de un fenómeno de características autoritarias y, a mayor extremismo de la crisis, mayor será la tendencia hacia un totalitarismo.

Queda a nuestra tarea y de las generaciones futuras mantener permanente el debate sobre cuáles son los aspectos en los que debemos reflexionar y actuar a la hora de fortalecer la democracia, puesto que ella no es un fin, sino un medio para lograr el objetivo de glorificar al Pueblo, a modo de entender esta empresa como vanguardia a seguir por las demás sociedades a fin de demostrar una filosofía de las prácticas de poder que tiendan hacia una radicalización de la política como definición colectiva de los asuntos públicos fundamentales y una autodidáctica comunitaria permanente en las prácticas más eficientes para el fomento de lazos de solidaridad horizontal.

Bibliografía

  • Bobbio, Norberto (comp.), Diccionario de Política, Siglo XXI, 2008
  • Tannembaum, Edward, La experiencia fascista: Sociedad y cultura en Italia (1922-1945); Alianza; 1972
  • Sassoon, Donald, Mussolini; Crítica, 2008
  • Bobbio, Norberto, Ensayos sobre el Fascismo, Prometeo, 2006
  • Foucault, Michel. Microfísica del poder, Ed. La Piqueta, Madrid, 1992
  • Alejandro Raiter, Lenguaje y política
  • Angenot, Marc. El discurso social, ed. Siglo XXI, 2010.

Filmografía

  • Novecento (parte 1), Bernardo Bertolucci, 1976
  • El inocente, Luchino Visconti, 1976
  • Un día muy particular, Ettore Scola, 1977
  • El conformista, Bernardo Bertolucci,  1970

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