Todos los caminos conducen a la institucionalización

Publicado el 21/nov/11

El caso de la Coalición Cívica-ARI es paradigmático para la política argentina, los resultados del 14 de agosto han provocado una crisis de legitimidad del liderazgo que hacen peligrar la supervivencia de la agrupación.

A la hora de graficar la composición interna de una agrupación política, la teoría de los incentivos distingue a los colectivos, que pueden ser de identidad, de solidaridad e ideológicos y a los incentivos selectivos que son de status, de poder y materiales. Dentro de una organización política quienes se encuentran motivados por los primeros Angelo Panebianco los tipifica como creyentes y a los que persiguen los de segundo tipo como arribistas.

Hasta producido el magro desempeño electoral,  la figura de Elisa Carrió gozaba de envidiable salud al interior de la agrupación, si bien existía una coalición de gobierno, lo cierto es que el poder de decisión pasaba por su exclusiva voluntad, es decir que detentaba prácticamente el monopolio de los recursos del poder, los cuales están ligados al control sobre “áreas de incertidumbre organizativa”, es decir sobre todos aquellos factores que, de no ser controlados, amenazarían o podrían amenazar la supervivencia de la organización y/o la estabilidad de su orden interno. Tal como sostiene Panebianco “los líderes, en cuanto detentores del poder legítimo del partido, representan el signo visible y tangible de la identidad organizativa” (Modelos de partido, 1995: 78).

La configuración del partido debe ser analizada desde la cohesión, la estabilidad y el mapa de poder. Siguiendo la línea argumental del modelo organizativo propuesto por el autor, el grado de cohesión define la cantidad de personas que determinan los intercambios verticales (élites-seguidores) y el grado de estabilidad refiere a los intercambios horizontales (entre élites), y en particular el carácter estable o precario de los compromisos en el vértice de la organización.

Producida la crisis de legitimidad (que por extensión es también crisis institucional), es menester dar paso al proceso de institucionalización, el cual da cuenta de que “con el paso del tiempo el partido tiende a transformarse y deja de ser un sistema de solidaridad para convertirse en uno de intereses: con la burocratización y la implicación progresiva en la rutina cotidiana, la organización se diversifica y crea, sobre las cenizas de la igualdad inicial, nuevas desigualdades”. (Ibíd.: 55)

Al estar analizando una agrupación que, al margen de sus diferentes denominaciones lleva diez años de vida, la variable independiente del análisis ya se encuentra consumada que es el modelo originario, entendiéndose por ello a los factores que combinados dejan su huella en la organización y definen características originales. En el caso del ARI, es relevante entender que fue un partido formado al calor de un carisma de situación de Elisa Carrió producto del fracaso de la Alianza y de la crisis de representatividad de los partidos políticos tradicionales. Dicho carisma da cuenta de una inferior capacidad del líder para plasmar a su gusto y discreción las características de la organización, que permitió en su composición interna coexista una coalición dominante con la figura del líder.

La variable dependiente refiere a la institucionalización propiamente dicha, o a la rutinización del carisma. Dirá el autor que “cuando el nivel de sistematización es elevado, una crisis que golpee una parte de la organización está llamada a repercutir rápidamente sobre todas las demás (…) en un partido fuertemente institucionalizado los cambios son lentos, limitados, penoso; es una organización que fácilmente puede romperse por su excesiva rigidez antes que proceder a cambios repentinos y profundos” (Ibíd.: 122). Lo cual demuestra que la agrupación en el proceso previo a la crisis no ha sabido solidificar su institucionalización ya que un factor ambiental provocó una crisis del calibre que se describe. Panebianco sostiene que “cuanto más institucionalizado se halle el partido, menos organizados serán los grupos internos” (Ibíd.:125), y el alto grado de cohesión de quienes pretenden ser la nueva conducción de la agrupación es notable e inédito para la historia de ese movimiento.

En el orden del deber hacer, a lo que se debe apuntar es a un proceso de fortalecimiento de la

institucionalidad, lo que correspondería un predominio de la integración vertical de las elites, es decir que se debería entrar en la organización en los niveles bajos y subir así hasta el vértice; las élites deben nacer y “criarse” dentro de la organización, ya que a una institucionalización débil corresponde una integración horizontal de las élites, como ha ocurrido hasta la actualidad mayormente. En efecto,  “mayor institucionalización significa, en efecto, mayor autonomía del ambiente” (Ibíd.: 127),  y un debido encauzamiento de los conflictos redundará en salud para cualquier organización ya que, como sostuvo Maquiavelo, Roma se volvió libre y poderosa a causa de la desunión entre la Plebe y el Senado y la correcta institucionalización de esos humores (Maquiavelo, Discursos sobre la primera década de Tito Livio: Libro I, Cáp. IV).

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