“Bárbaros, las ideas no se matan”

Revista Alrededores, julio de 2008

“¡Hasta cuando esperamos declarar nuestra independencia! ¿No le parece a usted una cosa bien ridícula, acuñar moneda, tener pabellón (bandera) y cucarda nacional y, por último, hacer la guerra al soberano de quien en el día se cree dependemos? ¿Qué nos falta mas q decirlo? Por otra parte ¿Qué relaciones podremos emprender cuando estamos a pupilo? Los enemigos (y con mucha razón) nos tratan de insurgentes, pues nos declaramos vasallos (…).
Animo que para los hombres de coraje se han hecho las empresas. Veamos claro, mi amigo: Así no se hace, el congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo éste la soberanía es una usurpación que se hace al que se cree verdadero, es decir, a Fernandito1 (sic)”

Muy poco mesuradas son las anteriores líneas que comprenden un fragmento de la carta que le envió el General José de San Martín a su amigo personal, que participaba en el Congreso de Tucumán de 1816, don Godoy Cruz.

La explicación a esta actitud del prócer no se debe a que el General tuviera un ataque de ansiedad o algún trastorno emocional similar, sino que el contexto en el cual se desenvolvían los episodios hacía imperiosa la desvinculación definitiva y la conformación de un estado soberano.

1810 ha quedado muy atrás en el tiempo y el espíritu revolucionario ha mermado entre los criollos lo suficiente (debido a las inconsistencias políticas de la experiencia de autogobierno colonialista) como para pensar seriamente en apurar los trámites de la independencia. La primera junta, la junta grande, los triunviratos y el directorio habían sido las formas de ejercer el poder político que los criollos habían implementado; de hecho, la asamblea del año XIII había reconocido insignias patrias como la bandera, el himno y hasta la moneda; además de haber sancionado leyes de fondo como la abolición de la esclavitud y la libertad de imprentas, que comprendían un avance más que importante en post de la independencia. Sin embargo, la confrontación interna entre filo y anti porteños impedían (a juicio de muchos de los principales criollos) tal acción y decidieron auto-gestionarse pero reconociendo la autoridad del rey depuesto Fernando VII.

El ambiente se tornó mucho mas tenso cuando llegaron las noticias desde Europa en 1815 de que Napoleón Bonaparte había caído derrotado en la batalla de Waterloo (Holanda) con la consecuente restauración monárquica en Francia. Esta noticia causo gran estupor en el virreinato, no por su consecuencia en Francia, sino porque lo que ésto significaba era que “Fernandito” volvía al trono español desplazando al hermano de Napoleón, Luís Bonaparte.

San Martín, Belgrano y tantos otros entendían que si volvía el rey seguramente volvería el virrey, por lo que el pretexto de “la máscara de Fernando”2 quedaría caduco, y que si no se actuaba con velocidad se dejaría pasar esa oportunidad histórica. Por eso no es de extrañarse el ultimátum al Congreso de Tucumán de San Martín en el cual si no sancionaban la independencia con rapidez iba a rodear la casita tucumana con el ejército de los Andes y a obligarlos por la fuerza a hacerlo. Y asi que como para los hombres de coraje se han hecho las empresas (y como además a ninguno le simpatizaba la idea de tener un ejercito furioso en la puerta de su casa) Juan José Paso (el mismo de la primera junta, el triunvirato y el directorio) pronunció la siguiente frase: “¿Queréis que las provincias de la Unión sean una Nación libre e independiente de los reyes de España y su metrópoli?”. La respuesta unánimemente afirmativa de los congresales oficializaba, finalmente, la independencia del territorio del ex Virreinato del Río de la Plata.

Luego de tal hecho no se habían solucionado muchos problemas, de hecho se habían agregado otros y potenciado otros tantos.

Como se ha mencionado líneas atrás, J.J. Paso hizo jurar a los congresales por la independencia de España y su metrópoli, sin embargo esto no contentó a todos los participantes, pues habían sospechas internas de que algunos de ellos eran simpatizantes del imperio portugués, ya que poseían oscuros negocios secretos con ellos y eran sospechados de querer entregarles el país, por lo que en una sesión posterior exigieron agregarle al texto original la frase “y de toda dominación extranjera”.

La situación en las fronteras era bastante intranquila pues en el Alto Perú (actual Bolivia) venían avanzando los ejércitos españoles pero contenidos por Martín de Güemes en Salta, en el este los portugueses invadían la Banda Oriental con el siempre latente peligro de un traspaso de la frontera y además existía la amenaza constante de alguna incursión marítima de España financiada por la Santa Alianza (España, Rusia, Francia y Austria; los paladines europeos de la monarquía absolutista).

Cabe aclarar que muy particular era la situación que sufría la Banda Oriental y las demás provincias que conformaban los “Pueblos Libres” como Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Santa Fe. La coalición de provincias antes mencionada se encontraba enfrentada al gobierno centralista y porteñista del Directorio y era comandada por José Gervasio Artigas bajo el título de Protector. Existe una anécdota muy importante y poco conocida de que en 1815 (el año de su creación) los Pueblos Libres sancionaron la independencia, pero no de las provincias que la conformaban sino de todo el Virreinato, por lo que resulta una calumnia afirmar que Artigas no era un patriota y es una falacia total decir que deseaba la independencia de Uruguay; el caudillo oriental solamente se oponía al proyecto de país que pretendía Buenos Aires, proponiendo la alternativa federal.

Lejos de las fronteras pero pieza clave de la estrategia de emancipación libertaria, San Martín organizaba su ejército siendo gobernador del Cuyo para traspasar los andes y liberar a Chile. En tanto Manuel Belgrano había llegado hacia un par de meses de una misión en Europa y participó de las sesiones secretas del Congreso. Allí expuso su idea de una monarquía constitucional a manos de un indígena, Juan Manuel Tupac Amarú (sobrino del legendario guerrero inca).

La idea de una monarquía constitucional a manos de un originario no era tan descabellada como podría suponerse a priori, pues si bien no es la idea estereotipada de alguien que ha sido hijo de la revolución francesa (él se encontraba en España estudiando mientras acontecía dicho suceso) por lo que constantemente hacía público su amor hacia la libertad, de la imperiosidad de una reforma agraria, de los beneficios de una república y la democracia como valuarte político. Este proyecto tenía una finalidad temporal, ya que pretender una república en términos de lo que acontecía en el viejo continente con la restauración absolutista podría desencadenar una guerra no con el viejo amo, sino también con la coalición de países de la Santa Alianza. Además dotaba de un papel protagónico a aquel actor a quien él consideraba el legítimo dueño de estas tierras, y luego, en base a este esquema legitimante moldear el modelo de país que él soñaba.

Con la sanción de la independencia concretada el Congreso decidió que desde 1817 dicha institución se traslade a Buenos Aires, todo un simbolismo para la época. Quedaba a cargo de este congreso el sancionar una constitución, que se efectuó en 1819 pero que en absoluto logró muchos adeptos en el interior del país debido a su centralismo exacerbado, al margen de que en ningún pasaje de la misma se menciona la palabra república y cuyo Senado se encontraba compuesto tanto por representantes de las provincias como rectores de las universidades, obispos y generales del ejercito; es decir, un sistema muy elitista y poco grato para quienes tenían mas simpatías con las ideas federales y republicanas.

Concluye así, a breve modo, el análisis del párrafo de la historia que hace mensión al nacimiento formal de nuestra Patria.

Esta serie de acontecimientos pueden ayudarnos a descifrar un poco la incógnita de porqué somos como somos los argentinos; el analizar el pensamiento de algunos próceres nos ayuda a comprender que hubieron sujetos que soñaron una Nación grande y libre como es el caso de San Martín, Belgrano, Güemes o Artigas entre otros, y porqué no también, preguntarnos si ésas son ideas propias de sujetos del siglo XIX para la situación de ese momento o si conservan la suficiente vigencia actualmente como para repensar a la Nación y retomarlas para idear a la Argentina del siglo XXI.

Pues como decía Sarmiento “Bárbaros, las ideas no se matan”

Notas:

1 Fernando VII de España, depuesto monarca

2 auto-gobierno en nombre de un rey que no era rey porque estaba preso a manos de fuerzas invasoras

1 Comment

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